LO ADMITO, SOY UN COPIÓN

Publicado: 28 marzo, 2008 en Devaneos de cabeza
 
Lanzar entre los amigos esa pregunta, a manera de reto, sobre ¿quién no ha copiado alguna vez en su vida? resulta tan fácil de formular si lo que se busca en esa confesión tácita, es, en realidad, pasar piola una falta personal a través de una compartida. Y bueno, es cierto, es difícil encontrar algún mortal dentro de la universidad que se jacte de nunca recurrir a medios ilícitos a la hora de rendir un examen; y es aun más difícil encontrar a un copión que no deje de sentirse aliviado con semejante consuelo.
 
Hablemos claro: Nos sentimos mejor con nuestras faltas sólo cuando éstas no son exclusividad de uno mismo; nada como el refugio de la masa culpable. No intento formular una crítica moralista sobre el asunto, no me queda semejante papel; debido a que, quien escribe ha sido un empedernido copión, o mejor dicho, lo aprendí a serlo con el paso del tiempo. Me atrevería a decir (con absoluta seguridad) que nosotros no solamente somos copiones; sino también, exitosos en dicha labor (al menos quienes lo admitimos).
 
La complejidad del plagio empieza por la capacidad individual que se despliega en el clásico copión solitario, el que –por ejemplo– es un perfecto codificador y decodificador de acordeones de papel, que logran ser útiles medios que circunscriben, entre sus pliegues, el conocimiento de semestres de universidad. Se necesita "agallas" para ser un copión estepario, si no tienes la seguridad para serlo, entonces la asociación es el siguiente paso. Nada como la tranquilidad que un amigo te puede brindar, en especial si sabes que él ha estudiado más que tu. Y mejor si son más de dos. Es de resaltar que la complejidad de semejante operación requiere preparativos previos: Algunos coordinan la más inteligente distribución de los participantes sobre las carpetas a ocupar en el salón; éstas, pueden ser fácilmente reservadas, claro está, con el silencioso cinismo de un cuaderno solitario. Los criterios para dicha distribución pueden ser varios. Hay ocasiones en la que se determina quiénes en el grupo son buenos pasando las claves sin denunciarse ante los profesores o los jefes de práctica, por tener precisamente un tono de voz lo suficientemente discreto (bajo y audible); otros, en cambio, se determinan tareas de husmear sobre exámenes ajenos. Me refiero de los de aquellos que no pertenecen al grupo, con el fin de comprometerse posteriormente a compartir la información, marcando bien grande para el resto (sólo si el examen es objetivo y si el habilidoso tiene ojos de caracol).
 
Por otro lado, el plagio en comunión tiene también sus contras. En todo grupo de copiones existe una columna vertebral de chancones, compuesta a veces de 2 o 3 personas. ¿Sin embargo, qué sucede cuando existe la dependencia de una sola, rodeada de un montón de rémoras ávidas de aprobar? Lo más saludable es disolver dicha sociedad y buscar otros métodos o nuevos socios. Las sociedades de este tipo son exitosas sólo si todos colaboran estudiando siquiera lo mínimo; está de más decir que resulta molesto mantener al típico ocioso de siempre, a ese que nunca te pasa nada.
 
El problema y la maldición del plagio es que su efecto es efímero; es decir, sales del examen contento de lo que has marcado, pero jamás en sí de lo que respondiste. Al único que terminas engañando es a uno mismo. Además, el vacío interior (como el intelectual) pasa por paños fríos cuando hallamos refugio en ese consuelo con el que abrí este artículo. Insisto en no dar lecciones de moralismo; quiero que el aporte de este copión que siempre odié ser, sea más bien por la exaltación de lo personal. ¿O es que acaso nadie sabe lo diferente que se siente uno cuando aprueba estudiando? ¿No es acaso cierto que la sensación de triunfo, sobre el curso derrotado, es de esta forma más intensa, más primaria? Quiero concluir que ser transparente no debe ser pues alguien que hace sólo lo correcto; sino más bien, ser alguien que se sienta intenso con lo que decide hacer, como ser honesto; porque al fin y al cabo, esa pequeña recompensa te galvaniza el amor propio. Es difícil, lo sé, eso de dosificar tus tiempos para poder estudiar y no depender de nadie más que de uno mismo es, muchas veces, un discurso de excelencia que uno percibe como un discurso acalambrado, insonoro.
 
Es por eso, que no tengo reparos en expresar que siempre he extrañado esa sensación de gloria que te ofrece la nota limpiamente ganada (perdonen lo melodramáticamente huachafo de mis sentimientos; pero los copiones existimos por ser personas desorganizadas); es por eso que me he propuesto para este 2008, volver a vivir la experiencia del festejo, del verdadero, mientras ansioso dentro de unos meses camine de hombros con mis amigos, todos juntos rumbo al bar de turno, mientras dejemos atrás los restos del último y aniquilado examen. Hasta eso debe ser distinto ¿no?; semejante reto que me he impuesto. No tengo pues otra; deséeme suerte.
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