RELATO DE L.F.A., REO DURANTE LA DICTADURA DE VELASCO (OCTUBRE ’96)

Publicado: 7 abril, 2008 en Mundo enfermo
 
Era una calavera india. Parecía un Cristo agónico, mal tallado en madera vieja y ya no tenia luz en los ojos hundidos como grutas, con la inmóvil boca abierta. El siniestro balón de oxigeno alentaba desganadamente la llama agónica que mantenía vivo al tuberculoso. Vino el nuevo sacerdote –el holandés formidable, con ideas revolucionarias sobre la iglesia de nuestro tiempo– para administrarle los santos óleos. En el hospital sólo hablábamos inglés él, Morris (un preso australiano reclamado por la INTERPOL) y yo. Me hizo llamar a la sala quinta, la de los tebecianos, para ayudarlo, porque el catorce –analfabeto, siete años preso sin que le abrieran juicio por el robo de una cabra– conocía escasamente el castellano. El sacerdote comenzó a ordenar la parafernalia útil para el sacramento, a los pies de la cama. Mire al catorce y lo vi con sus ojos inexpresivos puestos sobre el capellán.
 
– Padre –le dije– ¿no es lo mismo para ustedes administrar la extremaunción a un muerto que a un vivo?
 
Se detuvo con la Biblia en la mano, antes de responder.
 
– Sí… en cierto modo sí.
– Entonces ¿por qué no esperamos que este hombre muera tranquilo y usted cumple su obligación después? Ahora, su presencia aquí, rezando, es como si viniera a comunicarle una sentencia de muerte… el pobre ha sufrido bastante. ¿Para que asustarlo?
 
Se encogió de hombros ante la propuesta.
 
– Entiendo, pero… como cristiano debe sentirse más tranquilo si muere recibiendo los últimos sacramentos… ¿él cree en Dios, no?
– ¿Usted creería en Dios, padre, si fuera un pobre analfabeto, tuberculizado a patadas y hambre, violado en la cárcel, con siete años de prisión por una cabra y muriéndose como un perro sin que jamás se le haya abierto juicio…?
 
Seis o siete presos nos rodeaban, sin entender el idioma pero intuyendo, con esa fabulosa percepción que dan las cárceles, el contenido de nuestro diálogo. El capellán permaneció indeciso. Yo nada tenia que agregar y la resolución final era del sacerdote, pero fue el propio moribundo quien resolvió el problema con el más hermoso homenaje que he recibido de ser alguno, murmurando con un esfuerzo que debió consumirle el remanente final de sus energías.
 
– Don Lucho tiene razón…
 
Sonó como una impresionante letanía que los presos repitieron a coro: “Don Lucho tiene razón, Don Lucho tiene razón”. Le explique lo ocurrido al capellán y su respuesta fue una pregunta que yo mismo me estaba haciendo interiormente: “¿Si hemos hablado en inglés cómo ha podido saber lo que decíamos?” El catorce ya miraba hacia arriba (“cuando el tísico mira al techo, malo…”) y todavía murmuró, como para no dejarnos con el enigma en vigencia:
 
– Mina… Morococha… manan…
 
Fue lo ultimo que dijo. Y yo hubiera podido añadir por mi cuenta: “Pulmón de minero, silicosis, hambre, coca, alcohol, miseria y hombres que hablaban otro idioma”.
 
¡Que santos óleos ni un carajo! ¡Que persignarse ni echarle agua bendita a un ser humano despedazado por los buitres! ¡Cómo le hubiera rezado yo al pobre catorce, si fuera necesario hacerlo para encomendar su alma al viento: “Muere tranquilo, hermano preso, que ya se acabaron para ti los gritos, las patadas, el estomago vacío, el frío, la suciedad, las lagrimas… muere tranquilo que ya no habrá para ti un mañana de humillación y pena. Ya no sabrás de tu hermana violada, de tu madre convertida en una roca más sobre los Andes, ni de tu hija emputecida por el hambre… Muere tranquilo y róbate donde vayas todas las cabras que encuentres a tu paso, porque las cabras, reo anónimo, catorce, no son del que las tiene sino del que las necesita… Muere tranquilo porque te vas de aquí, de la agonía, del oxigeno que te asfixia, del centinela que en cada paso va aplastando tu inocencia contra el suelo… Muere tranquilo porque nunca supiste lo que era un juez, aquí donde la justicia es más triste y dolorosa que la injusticia… Descansa en ti… Catorce, amigo mío…” Pero, ¿hablarle de Dios? ¡No jodan!
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