EL FÚTBOL DE BARRIO

Publicado: 13 abril, 2008 en Devaneos de cabeza
 
Vengo trotando con la pelota en los pies. Alguien me ha dado un buen pase y ahora me acerco al área contraria. Presiento un galope detrás mío y apuro el paso, asustado. Miro. Lo que veo no me dice mucho. La defensa adversaria está bien ubicada. Si alguno se da cuenta que no se me ocurre nada, me marcará y me quitará la pelota. Podría tratar de cortársela al puntero derecho, por detrás del marcador, pero esas casi nunca pasan. También podría amagar el pase y seguir yo, pero noto en la cara del zaguero central que se trata de un individuo suspicaz: No se tragará ningún amague. De pronto, sin que nadie me lo diga, sé que alguien aparecerá desde atrás para ayudarme. Entonces pongo cara de centrodelantero, corro al arco. El zaguero se corre un poco para estorbar el tiro. Pero yo no pateo. La toco suave hacia mi izquierda. Y allí, por donde yo adivinaba, aparece el compañero, libre de marca, ganador, imparable. Casi sin acomodarla le mete un derechazo que entra por cualquier parte. Gol. Después de celebrar con un grito, mientras los rivales deslindan responsabilidades, mi compañero me sonríe. Al pasar me toca, apenas. He pensado como él. He confiado en él. Somos amigos. Sin mirarlo casi, le digo: “Bien, compadre”. Soy feliz.
 
Es hermoso el fútbol de la muchachada. El fútbol amateur, el de los equipos de barrio. El que se juega en canchas alquiladas. O en los pocos pampones que nos quedan. El que llena el Parque Zonal. O la cancha de Alianza. O la de atrás del cuartel de Barbones. O los descampados de San Miguel. Sobre ese fútbol se ha escrito poco y mal. No seré yo quien lo remedie. Mi humilde intención es trazar algunos apuntes para que algún estudioso de verdad empiece a escribir de una vez un tratado completo sobre el tema.
 
ORÍGENES Y DIFICULTADES
 
Un equipo de barrio puede nacer de mil maneras distintas. A veces se compone de caballeros que trabajan en la misma panadería. En otras ocasiones, sus integrantes van al mismo colegio. O viven en el mismo barrio. O los echaron de un equipo anterior. Hubo una época en que no se concebía un grupo de más de diez personas que no tuviera su propio equipo de fútbol. Empresas, oficinas, fábricas, sociedades literarias y simples patotas han dado nacimiento a equipos de tan glorioso recuerdo, que a veces uno sospecha que la fundación de ciertas entidades comerciales no ha sido sino el pretexto para la aparición del equipo de fútbol correspondiente.
 
Sin embargo no todo es tan fácil como parece. Hoy en día resulta bastante dificultoso juntar a once peloteros. Yo recuerdo épocas en que cada vez que aparecía una pelota, había que echar a patadas a los postulantes. Ahora todos son estrellas. Este no puede porque tiene que viajar a Chincha. El otro se va a la playa. Al de más allá, la mujer no lo deja. Después quieren que el fútbol ande bien con semejante gentuza. Otro inconveniente es conseguir rivales.
 
– No, nosotros estamos en un campeonato.
– No, nosotros jugamos solamente contra equipos de otras empresas.
– No, este fin de semana ya tenemos partido.
– No, nosotros jugamos nada más que los martes.
– No, a esa hora ni locos.
 
Es un infierno, se los garantizo. Pero supongamos que Ud. ha conseguido a once malandros y que ha concertado un desafío contra unos tipos de Villa María el domingo a las nueve de la mañana en la cancha del Parque Zonal. La noche anterior Ud. empieza a sufrir. Porque de golpe y porque sí, dos tipos se borran. Hay que conseguir otros dos. Entonces Ud. comienza un espantoso peregrinaje en busca de reemplazantes. Y llama por teléfono o toca los timbres de sujetos que Ud. jamás convocaría en circunstancias normales. Y –para peor– los muy canallas se hacen los difíciles.
 
– ¡No te pases, recién ahora me avisas!
 
Y Ud. ruega y se arrastra por el suelo ante troncos irrecuperables tratando de arrancarles la promesa de su asistencia. Al final, cerca de la medianoche, el equipo queda completo, con la desagradable presencia de un mocoso de once años y de un primo suyo que ni zapatillas tiene.
 
Algo más tranquilo, Ud. procede a preparar su ropa. Indumentaria clásica: Un par de medias llenas de agujeros. Otro par de medias para usar debajo, que también tiene agujeros, pero en otra disposición. Un short con tierra del partido anterior. Un par de zapatillas gastadas y otras decididamente inservibles, para prestarle a su primo. Hay también canilleras, pedazos de trapo, pasadores y otras basuras que suelen guardarse en el maletín, más que nada para no tirarlas. Después de esta operación, antes de acostarse, Ud. mira el cielo. Y con indignada consternación descubre algo espantoso: Se está nublando. Son las cuatro de la mañana y Ud. permanece despierto. Sopla viento. Hay neblina. ¿Lloverá? ¿Podremos jugar igual? ¿Desertará algún pusilánime ante la posible llovizna? Transpirando a causa de la incertidumbre, Ud. se duerme a las cinco. Pero a las ocho ya está en pie. Despierto y con el corazón ardiente. Ha sobrevivido a la ansiedad. Sin nada en el estómago, Ud. se constituye en la cancha del Parque Zonal. Cuando llega son las ocho y cincuentaicinco. Y le espera una sorpresa desagradable: Ud. es el primero. Pasan dos colectivos sin detenerse. El panorama es desolador. Sin embargo, en una punta del parque, como a cien metros de allí, hay unos sujetos peloteando. Ud. piensa que pueden ser sus compañeros que han llegado más temprano. Trota hasta llegar a ellos: Se trata de desconocidos. A las nueve y diez llegan otros peloteros como Ud.
 
– ¿No vino nadie? –preguntan inquietos.
– No –contesta Ud..
 
Entonces los recién llegados se desesperan y se indignan. Los contrarios tampoco aparecieron. El partido peligra. Cada vez que se detiene una combi, la esperanza ilumina a los reos. Desde antes que el coche pare, ya se van agachando para palpitar a través del parabrisas el arribo de algún otro calichín.
 
– A esta hora ya no viene nadie más –dice alguien.
 
Finalmente, a las nueve y cincuentaicinco, con los nervios destrozados, Ud. empieza a jugar.
 
NOMENCLATURA, INDUMENTARIA Y HERÁLDICA
 
Llega un momento, después de mucho padecer, después de innumerables desencuentros y partidos frustrados, en que el equipo tiene un elenco más o menos estable. Y aumenta la frecuencia de los desafíos. Entonces va creciendo el espíritu de cuerpo y el deseo de consolidar el grupo. Este sentimiento ha engendrado no pocos clubes de barrio, con sede y todo. Pero la primera medida que garantiza la existencia de un cuadro es la búsqueda de un nombre. Enseguida aparecen propuestas inevitables: “Deportivo Sacachispas”, “Club Once Amigos”. O sugerencias chuscas, casi lumpenescas: “Los Falsos del Perú”, “Destructores F.B.C.”. Me permitiré mencionar –a modo de homenaje– los inmortales nombres de algunos cuadros de barrio que he conocido:
 
“Los Halcones de Barranca”, “Los Guapos del Centro”, “Licorería Estrella Azul”, “Chicago Chico”, “Estrella del Sur”, “Tigres Saramura”, “El Rosarino”, “Estudiantes de Medicina”, “La Academia”, “Celtic de Zarumilla”, “Belco”, “Espartanos”, “Resto del Mundo”. Que el olvido perdone a todos ellos.
 
Otro hecho de importancia fundamental para la perduración de un cuadro es la adquisición de camisetas. No nos vamos a demorar en su elucidación. Ya todos sabemos los métodos que se emplean para reunir el dinero: Rifas, colectas, sustos y estafas de toda índole. Debo hacer notar –eso sí– dos tradiciones que se verifican siempre. La primera exige que las camisetas se estrenen perdiendo. La segunda, que se destiñan al primer lavado.
 
PERSONAJES DEL FÚTBOL DE BARRIO
 
Camus decía que uno es igual en la cancha y en la vida. No sé si esto será cierto. Con la gente –ya se sabe– es inútil proponer leyes inmutables. Los postulados sirven para triángulos y cotangentes, pero no para los hombres de carne y hueso. Allí fracasan. Pero volvamos a la cancha. Conozcamos sus personajes principales.
 
– El amarrabola: Azote de las canchas. Egoísta y obcecado. Jamás pasa la pelota. Únicamente lo hace cuando está perdido. Sus pases son imperfectos, de mala gana, mordidos y con efecto. Algunos han querido ver en el amarrabola una concepción individualista del fútbol. Yo creo, simplemente, que un amarrabola es un imbécil.
– El tronco: No sabe nada. Es torpe. Y cada partido es para él una humillación.
– El sobrado: Cobarde en la adversidad y fanfarrón en el triunfo. Este jugador suele aparecer cuando el equipo gana tres a cero. Entonces hace huachas, intenta lujos y se burla de los rivales.
– El pecho frío: Ausente de barullos y entreveros. Nunca se ensucia. Nunca grita. Nunca se enoja.
– El loco: Suele ser puntero. Es eléctrico e imprevisible. Jamás hace caso, habla solo y se ríe de sus jugadas absurdas.
– El arquero: Nunca supe qué es lo que hace que alguien se vuelva arquero. Quizá alguna oculta vocación de trapecista. Hay algo curioso: Los niños más chicos se desesperan por ir al arco. Conforme crecen abandonan los tres palos y ya grandulones, hay que mandarlos a atajar a la mala.
– El tipo que pasaba por ahí: Personaje cuya importancia pocos han comprendido. Es el undécimo hombre. Cada vez que falta uno, los muchachos miran a su alrededor, eligen al muchacho más aparente y le lanzan la invitación. “¿Quieres jugar?” Y el tipo acepta. Lo ponen de cualquier cosa, por allá adelante. Nunca le dan un pase. Lo ignoran. Ni siquiera le reprochan nada. Cuando termina el partido todos se olvidan de él, como si no hubiera jugado. Y quien sabe cuántos triunfos se han cimentado en el humilde trabajo de los tipos que pasaban por ahí.
– El chibolo: Es el más chico que todos y por eso abusa. Sabe que no lo van a tocar y que hay diez grandotes dispuestos a defenderlo. Lo mejor es darle sin asco.
 
Hay muchos más: El referí, el matón, el héroe, el caudillo, el delegado, el gritón, el que reparte las camisetas, el llorón, el lesionado, el suplente, el lauchero y otros mil. Basta, por favor.
 
MENTIRAS CRIOLLAS
 
Flotan en el aire algunos conceptos equivocados sobre la táctica y estrategia del fútbol de barrio. Y los futuros tratadistas deberán refutarlos. Veamos algunos de ellos.
 
Es lo mismo perder uno a cero que diez a cero: Axioma que pretende inducirnos a atacar desesperadamente aunque nos revienten a goles. Es falso. Es mejor ir perdiendo uno a cero. De este modo con un gol de casualidad, empatamos. En el otro caso, nos ponemos diez a uno.
Venimos a divertirnos: Frase que le sueltan a uno cada vez que se pone un poco nervioso. Y aquí nos hallamos ante un punto fundamental.
 
¿Venimos a divertirnos o a hacernos mala sangre?, me preguntan a veces cuando me enojo. Y yo contesto: A hacernos mala sangre. Sí señor, yo no vengo a divertirme. Para eso está el ludo, el cine o el bingo, pero nunca el fútbol. Yo quiero sufrir ante el resultado incierto. Padecer la angustia del dominio rival. Sentir miedo ante los golpes y aguantármelo. Quiero imaginar que cada partido es terrible y decisivo. Sé que deberé poner inteligencia y fortaleza. Que hay compañeros que necesitan socorro y adversarios dispuestos a todo. Esta realidad me excita, me entusiasma, me indigna y me enfervoriza, pero no me divierte. Y quienes van a la cancha a divertirse han equivocado el lugar.
 
UNA RECETA PARA GANAR SIEMPRE
 
No se trata de un esquema posicional. Es algo emocional. A tomar nota los técnicos, porque esta receta nunca falla. Pues bien: Sostengo que el afecto entre los integrantes de un equipo lo torna invencible. Por eso no debemos burlarnos socarronamente de aquellos que hablan del “grupo humano”. Algo sospechan estos caballeros. Yo recién lo descubrí hace poco. Una frase de Menotti me lo reveló. El Flaco le puso nombre a algo que yo sentía desde hacía mucho tiempo. ¿Por qué uno quiere en su equipo a ciertos tipos? ¿Porque juegan bien? ¿Porque se adaptan mejor al juego de uno? No. Uno los elige porque los quiere más. Ahora lo sé bien. Y sé que nunca podría jugar un buen partido con compañeros a quienes detestara. Es así. Uno está dispuesto a alentar al que se equivoca, si hay afecto. Uno ayuda al que está en apuros, si hay afecto. Uno se mata cuando escucha al amigo que le grita Bien, Negro. Y este afecto, este viril cariño, es lo mejor que tiene el fútbol. Este juego, señores, no es una escuela de vida, ni una filosofía, ni una cosmovisión, como pretenden hoy en día los deportistas presuntuosos. Pero el solo hecho de aprender a correr por un fin común y sacar la cara por el compañero basta para recomendar su práctica con todo calor.
 
El puntero llega al fondo de la cancha. Se dispone a lanzar centro. Yo estoy en el medio del área. Muy marcado. El puntero no centra. Elude a su marcador y se viene hacia el área. Uno de los que me marcaba lo va a buscar. En ese momento me la toca. La pelota viene rasante, firme. Yo presiento algo detrás de mí. Amago el remate, pero abro las piernas y la dejo pasar. A mis espaldas entra, imparable, el compañero. Le pega un derechazo terrible. Gol. Cuando vuelve me sonríe. Al pasar me toca, apenas. Casi sin mirarlo le digo: “Bien, compadre”. He pensado en él. He confiado en él. Somos amigos. Soy feliz.
 

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