QUISIERA UN CASTILLO SANGRIENTO

Publicado: 12 junio, 2008 en Litera-turas
 
Je voudrais un chateu sanglant
Julio Cortázar
 
Es una mezcla de desdén y violencia de pájaros. “¿O vas a dejarme así?” –dice Alicia mientras golpea la mesa nuevamente y hace caer el castillo. Alicia pregunta y Pablo no contesta. Él se dedica a observar cómo se parte el castillo de colores, hace un gesto de enfado y vuelve a mover los dedos sobre las ruinas regadas en la mesa. Coloca los ladrillos azules sobre el perímetro negro marcado en el cartón. Es una raya negra y gruesa formando un rectángulo. Pablo vuelve a empezar. En silencio recoge otro ladrillo azul. “¿Piensas dejarme así?” –pregunta Alicia. Con la mano izquierda extendida sobre la mesa, Pablo levanta un poco la vista y mira a Alicia con una mezcla de amor antiguo y perro encadenado. Cierra el perímetro con ladrillos azules. Ahora toma fichas rojas. Empieza a encimarlas siguiendo el plano mientras escucha a Alicia. Cierra de nuevo el perímetro y toma ahora fichas amarillas. Alicia guarda silencio mientras, con dos dedos, Pablo levanta poco a poco la cúpula del castillo y la hace descender con cuidado. Toca el techo suavemente. Alicia grita otra vez y da de nuevo un manotazo. “Pablo, ¿vas a dejarme así?” El castillo vuelve a caer partido en cementerios de colores. Pablo mira a Alicia con una mezcla de nostalgia compartida y perro echado. Se impacienta, levanta la vista y le pregunta: “¿Qué te pasa?” “Pablo ¿piensas dejarme así?” “¿Cómo así, Alicia?” “Pues… así… yo todo te lo he dado. Todo lo mejor que he tenido. Te aprovechaste de mí y destrozaste mi vida”. Pablo baja la vista. Se lleva la mano izquierda a la frente. Toma nuevamente una primera ficha azul y la acomoda en la esquina del rectángulo. Le tiembla el pulso mientras toma otra. Ella insiste: “¿O vas a dejarme así?” “Mira… las… lo que ha pasado, es cierto… fuiste mía, pero…” “Pero ¿qué?, ¿no me lo pediste?” “La culpa es de los dos” –dice él convencido mientras coloca un ladrillo rojo. “Mira, Pablo: yo no te voy a molestar, pero ayúdame. No me dejes así”. Pablo encoge el brazo derecho empuñando otra ficha. Su mano izquierda está extendida. Escucha la súplica con una revoltura de amor arrepentido y perro suelto. Ella añade: “Quiero que me dejes algo de qué vivir. No voy a molestarte. Nunca más sabrás de mí pero ayúdame…” Pablo mira el castillo. Mueve el brazo derecho para acomodar otro ladrillo rojo. “… ¿o vas a dejarme así?” Pablo oye la súplica y mira al soldado con una mezcolanza de dicha ida y perro incorporado y luego la mira a ella con una revoltura de perro muy furioso y niña cerca. Alicia mira a Pablo y deja caer su puño sobre la mesa preguntando: “Contéstame, Pablo ¿piensas dejarme así?” El castillo vuelve a caer. Pablo respira profundo y toma lentamente otro primer ladrillo azul y lo coloca sobre la esquina del rectángulo negro mientras, nervioso, golpea con la punta de los dedos la mesa de madera. “Alicia: sabes que no tengo dinero. Lo único de valor que puedes ver es el soldado de oro que está allí. Es una herencia familiar”. “Está bien, Pablo. No creas que es ambición. Con eso me conformo”. “Mira: está pesado. Lo voy a limpiar y a envolver en mi recámara. Cuando esté listo te llamo”. “Ajá. ¿Te puedo dar un beso?” “Claro” –dice Pablo, y siente en la mejilla el beso frío que le parece una mezcla de perro repentino y niña muerta. Toma la cúpula azul y la acomoda en lo más alto del castillo. Mira a Alicia y le pregunta: “¿Ya no lo vas a derribar?” “Ya no”. “Espero que sea cierto”. “Claro que nunca más lo haré. Eres mi mejor amigo. Nadie haría lo que haces por mí”. “Desde luego” –dice él. Pablo sale hacia la recámara. Mientras está a solas con el soldado de oro se convence de que todo está terminado. Limpia la mochila. Se da tiempo limpiando la bayoneta como queriendo arrepentirse. Llama a Alicia mientras termina de pulir las botas. Toma con fuerza al soldado entre las manos y, alzándolo, se esconde tras la puerta. Alicia entra, da tres pasos y siente el primer golpe en la nuca. “¡Toma tu soldado!” –grita Pablo. Ella trastabilla y huye. Pablo la alcanza. Tropiezan con un florero y el segundo golpe se pierde en el aire. Alicia busca la salida y bruscamente tira el castillo otra vez, desesperada por vivir. Pablo golpea de nuevo. “¡Trágate el soldado!” Ella cae y queda en el suelo boca arriba. Pablo le golpea la cara con el soldado de oro ensangrentado mientras ella siente que la vista se le nubla y pierde fuerzas. Sólo atina a levantar levemente las rodillas, a esconder vagamente la cara mientras Pablo golpea otra vez. “¡Cómetelo, trágate el soldado!” Pablo descansa el brazo. Pablo vuelve a golpear. Se sienta después en un sillón cercano. Alicia le lanza a Pablo una mirada simultánea de muñeca embarazada y hojas secas. Pablo recoge el florero y las fichas de colores. Extiende el cartón rayado marcado con el perímetro negro del castillo. “Pablo, ayúdame…” Pablo mira a Alicia por última vez con una mezcla de odio molido y perro ensangrentado. Sabe que va a morir. “… ¿o piensas dejarme así?” Pablo sigue en silencio mientras se le escurre una lágrima. Recoge y limpia al soldado. Acomoda un ladrillo azul…
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