UNA CHICA BONITA ES COMO UNA MELODÍA

Publicado: 29 abril, 2009 en Litera-turas
 
Adriana era sexy. Melena negra, mirada imantada, boca porno, cuerpo salvaje. Cuando tenía dieciséis años su cura confesor se voló la tapa de los sesos y Adriana no volvió a confesarse.
 
Muy temprano Adriana descubrió que podía hacer con los hombres lo que se le diera la gana, y lo que se le dio la gana de hacer fue disfrutar de ellos. Jamás ejerció la prostitución, pero tampoco impidió nunca que sus amantes le regalaran dinero, joyas, autos, casas. Durante más de diez años exploró los límites de su desbordante sexualidad, alcanzando cimas de voluptuosidad en ocasiones casi intolerables. No dejó de vivir en la realidad una sola de sus fantasías sexuales. Un día se cansó de los abortos, de las familias destrozadas por su culpa, de la violencia generada a su alrededor, del omnipresente acoso masculino, de los riesgos graves en que incurría permanentemente. Decidió probar la respetabilidad.
 
De las páginas de una revista de negocios eligió un playboy multimillonario, se casó con él, le dio tres hijos y le fue fiel. Ahora tenía el mundo a sus pies. Familia, dinero, salud, posición social, todo. Con treinta y siete años recién cumplidos estaba en el apogeo de su potencial humano, era literalmente capaz de hacer lo que se propusiera. Pero estaba aburrida. Aburrida del Country Club, de las obras benéficas, de sus caballos, de su guardarropa, de su servidumbre, de sus autos, de sus viajes, de sus mansiones, de sus niños egoístas, del imbécil de su marido, de todos y de todo.
 
–o–
 
Se sentó en una mesa del bar de solteros. Todos los hombres –y varias de las mujeres– presentes percibieron inmediatamente su presencia electrizante. Todos menos uno. El querubín parado en el extremo del mostrador junto al teléfono, de jean, botas y camisa abierta al ombligo. Richard Gere joven. No, Richard Gere nunca tuvo ni para empezar con éste. Veinte años, no tiene más de veinte años, pensó Adriana. No parece estar buscando, ¿qué hace aquí? ¿Un estudiante despistado? Habrá que averiguarlo, se dijo.
 
Caminó sobre sus tacones de aguja hasta el querubín, luciendo un modelo negro diseño indecente. Pidió Marlboro Lights, pero el camarero no escuchó por el murmullo de voces que comentaban su paseo. A la segunda se los dio. Adriana extrajo uno y lo llevó a la boca. Con el cigarrillo sin encender entre los labios encaró a Apolo. Por primera vez sus miradas se encontraron. No fumo, dijo el joven, me estropea el aliento.
 
De vuelta a la mesa, Adriana observó como el dios griego ponía monedas en el teléfono y se enfrascaba en una larga, gesticulante conversación. Después colgó y se hizo servir dos whiskys largos. Con uno en cada mano se sentó junto a Adriana y le alcanzó un vaso. Brindaron en silencio. Los dedos de Adriana juguetearon con botones de su Rolex de oro macizo.
 
“Estás en celo mujer, estas enferma”, dijo, “pero ha llegado el médico, a 350 dólares la hora el tratamiento normal. Las cosas raras son negociables. Me llamo Fabián, pero las mujeres me dicen El Príncipe. Todas quieren ser amigas mías. Todas me hacen regalos. Todas quieren dejar al marido por mí. Soy adictivo, doy mucho placer, hago sufrir muchísimo más. Mañana de mañana te vas a colgar del teléfono para que te conceda otra noche como la que estás a punto de pasar, pero no estaré disponible.”
 
Adriana constató que nada de esto la tomaba de sorpresa.
 
“Te presentas dentro de dos horas, mientras arreglo unas cosas, en la suite Presidencial del Marriot, Te quiero de esclavo hasta el lunes a mediodía. Yo pago el hotel, comida y bebida. Tú traes la coca para el fin de semana.”
“Bueno, bueno, da gusto ver galopar una purasangre. Y tú pones 20 mil verdes arriba de la mesa, ahora.”
“Cinco mil, esclavo, porque no tengo ganas de regatear con un pordiosero.”
“¿Cuánto tiempo crees que podrás aguantar? Mira como te sudan las manos. Si te toco con un dedo te corres. Te tengo tan desesperada que me das lástima, así que te lo voy a dejar en 15 mil.”
“Te voy a ver arrastrándote por alrededor de la cama suplicando, molusco. 7,500 o se va la novia. Escoria. Basura. Inmundicia. Alimaña. Cucaracha. Bazofia.”
 
El Príncipe rió.
 
“Va a ser divertido escuchar las cosas que se te van a ocurrir cuando te dé permiso para ponerme las manos encima. Te voy a dar una oportunidad. Me subo a 25 mil para que aprendas que El Príncipe es el que manda. Si no lo aceptas, le pido el dinero a la primera mujer que entre por la puerta. Me la llevo y no me ves más el pelo. ¿Te gusta mi pelo? Imagina tus manos enredadas en él mientras mi boca baja por tu cuerpo tan despacio que no llega nunca. ¿Te gusta mi boca? 25 mil a la una…”
 
La puerta se abrió para dar paso a una mujer espectacular enfundada en un trapo de Givenchy. El Príncipe le sonrió a quemarropa. La mujer tropezó, cayó y tuvo que ser depositada en una mesa por el camarero y varios voluntarios.
 
“¡Bingo!” dijo el Príncipe, “me voy con ésta, seguro que me da el billete. Y no está nada mal. Claro que tú eres otra cosa, me has puesto duro como una tabla. Te cuento una sola de las tantas cosas que pienso hacer contigo éste fin de semana.”
 
El Príncipe pasó el brazo por encima del hombro de Adriana y murmuró largo y tendido en su oído. A continuación amagó besarla en la boca, pero a último momento se retiró, para volver a sonreír a la del vestido de Givenchy, que no le había quitado los ojos de encima desde su caída. Por un instante, Adriana hizo el ridículo, con la boca entreabierta y los ojos semicerrados, esperando. La mujer escribió en una servilleta que entregó al camarero, que la dobló cuidadosamente antes de entregársela al Príncipe, que la guardó en un bolsillo de la camisa sin dignarse leer el contenido.
 
El Príncipe estiró las piernas. Levantó la derecha hasta que la punta de la bota estuvo alineada con sus ojos. La bajó. Hizo lo mismo con la izquierda. Eran piernas perfectas, musculosas, viriles, embutidas con calzador en el jean. Algún día les sobraría o les faltaría algo, por ahora nada. Miró la punta de sus botas. Miró a la mujer de la nota. Miró a Adriana.
 
“La tengo hipnotizada”, dijo. “Fíjate como tengo las botas. Alguna me las va a lustrar con la lengua ésta noche. 25 mil a las dos…”
“¡HECHO!”, gritó Adriana. “Hecho, hecho, hecho, hecho. ¿Y tú qué miras, zorra? Dame la servilleta, Príncipe, que se la voy a hacer tragar. Perra, golfa, canalla, te voy a enseñar a meterte con mi hombre, ramera sifilítica sidosa, suéltame Príncipe que la mato, te juro que te mato, puta, rastrera, serpiente…”
 
“¡Ahí va!”, dijo el camarero.
 
–o–
 
Adriana hizo que el taxista la dejara a tres cuadras de la entrada al Marriot. No tenía apuro, pocas veces había visto un pez tan enganchado como éste. Con el bolso rebosante de dólares falsos, se encaminó al Hotel. Habían tenido muchísima suerte. Su compañera había respondido a la llamada del Grabador/Beeper/Rolex en el instante preciso y después había desempeñado su papel a la perfección, no como la inútil de la semana pasada, que había llegado con las medias corridas. Anticipó la subida, el subidón, cuando al putito galancete un desconocido le metiera un pistolón por la boca mientras la modelo de Givenchy que creía haber conquistado le ponía las esposas. Había que reconocer que el niño estaba como un Ferrari sin frenos, pero ¡que cursi! ¡Lustrarle las botas con la lengua! ¡Qué falta de imaginación! Le faltó decir que una chica bonita es como una melodía, quizás hubiera sido preferible. Adriana jugó con la idea de pasar una semanita con él, cuando saliera, para enterarlo de lo que una mujer de verdad era capaz de hacer con el arte del sado. De repente se dio cuenta que con la grabación que ya tenían y el arresto in fraganti que estaban a punto de practicar, por más buena conducta que hubiera el pícaro no salía en menos de tres años. Tres años en la cárcel con esa cara y ese cuerpo y habría que ir a buscarlo a un bar de gays. Era una pena, pero la vida era así de dura.
 
El contrato de colaboración entre Adriana y la Brigada Antivicio para la lucha contra la prostitución masculina y los delitos asociados de extorsión y drogas, le había supuesto a su marido mover cielo y tierra y desprenderse de bastante más que un puñado de dólares. El entrenamiento pesadillesco, torturante, la había tenido un par de veces al borde del abandono, pero todo había valido la pena.
 
Adriana no recordaba haberse divertido tanto en su puta vida.
 
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