PERUANOS: SUS VICIOS MÁS SECRETOS

Publicado: 22 mayo, 2009 en Paranoias
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Se dice generalmente que un hombre honesto, o decente, o puro, o probo, o limpio, u honrado u honorable es aquel que no tiene vicios. Vicios conocidos, se entiende. Porque detrás de cada impoluto padre de familia hay un libidinoso en ciernes, un maníaco sexual en potencia, un pederasta reprimido, una verdadera porquería de tipo. Los autores de esta investigación, pecadores como el que más, se propusieron demostrar que nadie, nadie en estas tierras puede decir que no tiene un vicio secreto, una manía inconfesable. Y conste que los vicios que constituyen el objeto de esta nota no son ni el juego, ni las mujeres, ni la bebida, ni ningún tipo de papelón más o menos público o narrable, al menos, en el confesionario o en el diván. Uno puede contarle al sacerdote que ha deseado a la mujer del prójimo, pero no que se come los mocos.

EL  BAÑO:  ESE  ANTRO  DE  PERDICIÓN

El silencio y la soledad del baño son propicios para el pecado. Es allí donde, luego de trabar la puerta, los libertinos dan rienda suelta a sus más bajas pasiones. Así, hay quienes ofician ante el espejo el rito de ensayar expresiones artísticas, como sonrisas a lo galán de cine, portada de Cosas, mueca para asustar a los sobrinos, movida de oreja, señas para hacerles a las señoritas en la vía pública y otras degeneradeces. El espejo sirve también de interlocutor para futuras declaraciones de amor, futuros pedidos de aumento y futura puesta de puntos sobre las íes al cuñado.

Cuesta decirlo, pero en el baño hay otras tentaciones. Quién puede decir que nunca ha orinado en la bañera mientras se duchaba; quién no ha cedido a la impostergable necesidad de bailar desnudo frente al espejo, y quién no ha jugueteado voluptuosamente con el chorro del bidet. Uno no es de madera.

USOS  MALSANOS  DEL  PROPIO  CUERPO

Los viciosos vernaculares encuentran campo propicio para sus abominaciones en zonas de su propia anatomía. Solemnes ejecutivos palian su soledad rascándose la caspa con las uñas; y no termina ahí su espantosa lubricidad: los muy perversos culminan su infamia limpiándose las uñas con los dientes. Y hasta hay algunos que, no conformes todavía, escupen el excipiente contra la pared. O peor, contra una servilleta para luego examinar éste con malsano placer.

La nariz, y esto lo saben los pecadores, no sólo sirve para respirar. A uno se le van los dedos. El vicio de meterse las falangetas (por no decir las falanginas y las falanges) en la nariz, es viejo como el mundo. No así el de pegar el producto nasal debajo del escritorio, pues sabido es que los escritorios son de invención relativamente reciente. Es fácil reconocer la condición social de una persona con sólo espiarla cuando se hurga las narices. He aquí algunos ejemplos:

[Van aquí cuatro dibujos de Elmer Santos, el Chato. Habrá que imaginarlos…]

Pero el cuerpo no termina en la nariz. Ni siquiera la cara termina en la nariz. Ahí está, sin ir más lejos, la oreja, órgano parasexual productor de cera, que es tan divertida. Y la boca, que tanto sirve para besar como para hacer pedorretas o succionar los residuos de comida que quedan dejados de la mano de Dios, allá por las muelas. El cuerpo humano proporciona también un mayúsculo placer: el de rascarse. Hay partes que uno puede rascarse en público sin comprometer su buen nombre y honor. Otras, las más entretenidas, no.

USOS  PECAMINOSOS  DE  CUERPOS  AJENOS

El más habitual de los usos pecaminosos y secretos que puede llevarse a cabo sobre cuerpos ajenos sin que nadie se entere ni grite es el mirarlos. Este vicio, muy popular por otra parte, puede ejercerse de las más variadas formas y en las circunstancias más disímiles.

[Siguen otros cuatro dibujos; a ejercitar la imaginación]

OTRAS  VARIEDADES

Además de las abyecciones nombradas, podemos citar al vuelo muchas otras. Ahí van.

– Tocar timbres y darse a la fuga.
– Caminar por el sardinel de la vereda.
– Enamorarse de la maestra.
– Patear tachos de basura.
– Desnudar con la mirada.
– Raspar los stickers de la ventana de la combi.
– Escribir poemas de amor.
– Escupir por la ventana del tercer piso.
– Orinar haciendo arabescos.
– Etcétera.

Y el que esté libre de pecado, que entre primero al baño.

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