OFICIOS

Publicado: 4 junio, 2009 en Infinita tristeza
 
La niña se nos quedó viendo. Bueno, tenía rato en eso, mirándonos callada, oyéndonos sin disimulo. Riéndose bajito (¿de nuestras ridiculeces?). La detonación había pasado hace rato, no había más que hacer en el barrio Nueva Esperanza. Las casas en peligro –el espectáculo– seguían en pie, como burlándose de los operativos del gobierno. Las fogatas, luminosas, desafiaron a los policías –militares, según la gente del cerro– y era como una especie de reivindicación, de venganza, de los habitantes de esa zona, obligados a mudarse porque de un momento a otro el cerro se viene abajo. Era otro día más a salvo del desalojo. pero la niña –en realidad ni tan niña, tendría catorce, a lo sumo quince– se olvidó por un rato de su drama personal, de que en unos días no tendría casa, de que siete duermen en la misma habitación, y se nos quedó mirando, compadeciéndonos. Realmente nos veía con infinita y pura lástima. Hablábamos del proyecto. Pendejadas. Que nos habíamos levantado temprano. Que no habíamos comido a las 2 de la tarde. Que tampoco teníamos hambre. Que estábamos estresados y hartos. Entonces se atrevió. Interrumpió. Dijo:
 
– Yo ni de broma quiero ese trabajo de ustedes.
 
Y aseguró que le gustaba comer a la hora aunque a esa hora tampoco había comido. Y nada de eso de estar caminando tanto.
 
– Yo quiero ser peluquera –confesó.
 
Y se sintió halagada cuando unánimemente le aprobamos su decisión, aunque amemos nuestro oficio. Hay perversiones, la nuestra es una. Hay masoquismos.
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