EL PARTIDO DE LA MUERTE

Publicado: 15 junio, 2009 en Mundo enfermo
LOS NAZIS NO SABEN PERDER

Corría el año 1941. El yugo de los nazis amenazaba a Europa, los ejércitos de Hitler habían invadido la Unión Soviética y Kiev, la capital de Ucrania, caía bajo el empuje de los tanques alemanes el 19 de setiembre. Durante los meses siguientes la ciudad se convierte en un infierno de miseria, muerte y desesperación. Sobre todo para los presos soviéticos liberados, a los que no se les permitía trabajar ni vivir en casas propias, condenándolos a la indigencia. Entre aquellos soldados, después de haber escapado con vida de un campo de prisioneros, se hallaba Nikolai Trusevich, el gigantesco arquero del Dynamo de Kiev. El estallido de la guerra había acabado por disolver su equipo, y Trusevich sobrevivía al frío y al hambre en condiciones de absoluta mendicidad. Vagaba por las calles de Kiev sin haber probado bocado en varios días, con agudos síntomas de desnutrición y sin techo alguno donde cobijarse. Fue entonces cuando Josef Kordik, un panadero de origen alemán, reconoció a su ídolo nada más verlo. En tiempos de paz le hubiera pedido un autógrafo, pero a Kodrik no le iba nada mal en tiempos de guerra, y decidió aprovecharse de él. Le ofreció algo de comida, le dio un abrigo raído y lo contrató como barrendero de su negocio. A cambio, le encargó encontrar a sus compañeros, los jugadores del poderoso Dynamo de Kiev, a los que fue contratando poco a poco para trabajar en la panadería. Allí, entre entre harina, levadura y sal, nació el FC Start, un equipo formado por integrantes del Dynamo y por futbolistas del Lokomotiv. Los integrantes originales de aquel heroico equipo fueron 8 nombres que pasaron a los anales de la historia del fútbol, primero, y de la Segunda Guerra Mundial, después. Ocho jugadores del Dynamo de Kiev formaban la columna vertebral del equipo. Eran Nikolai Trusevich, Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko, Makar Goncharenko, Mikhail Sviridovskiy, Nikolai Korotkykh, Aleksey Klimenko y Fedor Tyutchev; el resto del FC Start lo completaban 3 jugadores de otro equipo de Kiev, el Lokomotiv: Vladimir Balakin, Vasiliy Sukharev y Mikhail Melnik. Todos presentaban un lamentable aspecto físico, hasta el punto de que algunos de ellos estaban afectados de neumonía, y la mayoría no había comido de manera decente en los últimos 15 días. Makar Goncharenko, una de las estrellas del Dynamo, relataba así su “fichaje” por el FC Start, y su trabajo en la panadería número 3 de Kodrik

Me escondía en la casa de mi suegra. Nikolai me contó la idea y lo ayudé a encontrar al resto de los muchachos. Estábamos desesperados, necesitábamos comida y techo. No se podía elegir.

Una de las pocas fotografías existentes de aquel FC Start

Para ellos no había elección, pero, su salvador, el panadero Josef Kordik, estaba a años luz de comulgar con la conciencia del célebre Oscar Schindler. No había rescatado de las garras del hambre a los futbolistas por un fin altruista, sino todo lo contrario. Con el propósito firme de conseguir dinero, se reunió con miembros destacados del Tercer Reich alemán y les hizo ver la posibilidad de poder enfrentarse a través de partidos amistosos con el FC Start, el equipo soviético al que él mismo había decidido dar cobijo en su panadería. La propuesta de Kordik se convirtió en la coartada perfecta para perpetrar un crímen deportivo que ensalzara la propaganda nazi, con el balón de por medio. Los nazis, unos expertos en la materia, ya habían manchado la pelota en Austria, y se habían quedado con las ganas de organizar la Copa del Mundo en 1942. Ucrania era territorio conquistado, y qué mejor que una serie de partidos de fútbol para engatusar a la población con el opio del pueblo, para dar una falsa sensación de normalidad.

Kordik puso una vela a dios y otra, al diablo y, después de cobrar un buen dinero por adelantado, obligó a los futbolistas a jugar contra los equipos de fútbol de los nazis. Gracias a los generosos donativos de sus compatriotas, los jugadores del FC Start consiguieron 11 camisetas rojas, 11 pares de medias remendadas y unos cuantos pares de botines viejos. El 7 de junio de 1942, jugaron su primer partido en la liga local ante el Rukh. La liga estaba dirigida por el colaboracionista Georgi Shvetsov, un ex jugador de fútbol e instructor deportivo. Los futbolistas del FC Start, pese a estar famélicos y haber trabajado hasta altas horas de la madrugada el día anterior, vencieron 7-2. Su siguiente rival fue el equipo de una guarnición húngara. Los magiares tampoco fueron suficiente enemigo y cayeron goleados por los presos ucranianos por 6-2. Más tarde, cuando muchos de los jugadores del FC Start recuperaron sus mejores condiciones físicas, fueron capaces de anotar hasta 11 goles a un combinado rumano, reforzado por varios alemanes. Después de 3 goleadas consecutivas, lo que había arrancado como un negocio para el panadero Kodrik y como un pasatiempo para el yugo nazi, se estaba empezando a convertir en un estorbo para la supremacía de los alemanes en Ucrania. Habían ocupado Kiev, sí, pero aquel equipo, el FC Start, se había convertido en un ejemplo de orgullo, en un símbolo de resistencia, en el último bastión de la esperanza local. Aquellos 3 triunfos provocaron que Trusevich, el portero, arengara a sus compatriotas a seguir la línea mostrada en sus primeros compromisos…

No tenemos armas, pero venceremos en la cancha a los fascistas bajo los colores de nuestra bandera.

Las palabras de Trusevich se clavaron como un puñal en el Tercer Reich, y el verano de 1942 sirvió para que los alemanes comprobaran, frustrados una y otra vez, cómo aquel FC Start vencía, uno por uno, a todos los combinados que los nazis presentaban. El 17 de julio, el Start dio buena cuenta de un equipo integrado por soldados alemanes, el PGS, al que encajaron un humillante 6 a 0. Ocho días después, el Tercer Reich los instó “amablemente” a enfrentarse al MSG.Wal húngaro. Pero el poder de persuasión de los nazis que quedó sin efecto ante dos nuevas exhibiciones de Trusevich y sus compañeros, que vencieron primero por 5 a 1 y, dos días más tarde, certificaban su victoria en la revancha, dominando por 3-2. Después de aquellos resultados, el valeroso FC Start había colmado la paciencia de los nazis. Derrotar a aquel conjunto de fútbol se había convertido en una cuestión de estado para el Tercer Reich, y los nazis se aplicaron para llevar a cabo una venganza deportiva que sometiera, de una vez por todas, a aquellos prisioneros de guerra que vivían en una panadería, vigilados por guardias. La venganza de los nazis se cocinó a fuego lento, y el brazo ejecutor fue la policía secreta alemana, las brigadas de élite conocidas como las SS. El 6 de agosto de ese año, en el Zenit Stadion, los nazis organizaron un partido en el que, con el balón como pretexto, se jugaban algo más que el honor. Por el lado alemán compareció el invicto Flakelf, formado por miembros de la temible Luftwaffe alemana, las fuerzas aéreas nazis, reforzado por varios futbolistas profesionales de Baviera. Presentaban un magnífico aspecto, una dieta equilibrada y unos flamantes uniformes negros, con una esvástica bordada en el pecho y medias con ribetes blancos. Enfrente, estaba el FC Start, el equipo de los presos soviéticos que se negaban a perder, y que presentaban un aspecto físico lejos de estar en condiciones mínimas para poder competir. Lucían uniformes rojos algo descoloridos, vestían overoles recortados y calzaban botas de trabajo. A pesar de que los prisioneros no habían comido el día antes, y de que la mitad del equipo estaba en evidente estado de desnutrición, algunos oficiales alemanes decidieron dar las instrucciones pertinentes para coaccionar a los soviéticos. A Trusevich y compañía les “aconsejaron” que no se emplearan a fondo, y el árbitro fue designado a dedo, con la recomendación de mirar hacia otro lado en caso de que los alemanes cayeran en el juego brusco. Con nada que ganar y mucho que perder, los de Kiev salieron al campo, recibieron una tormenta de patadas en contra sin rechistar, y golearon sin piedad a los alemanes por 5 a 1. Al día siguiente, los periódicos locales de la Ucrania ocupada no hicieron eco de la victoria ucraniana, y los propios futbolistas se reunieron en la panadería, sabedores de que sus vidas tenían las horas contadas. Esa confirmación les llegó cuando, al día siguiente, las SS les informaron de que el 9 de agosto se celebraría un partido “definitivo” de revancha. Era una declaración de intenciones. Un ultimátum.

El cartel del Partido de la Muerte

El domingo 9 de agosto no cabía un alfiler en el graderío del Zenit Stadion. Las tribunas estaba ocupadas por oficiales nazis y las galerías, por miles de ucranianos, custodiados por alambres de púas y cientos de soldados. Antes del choque, un oficial de las SS entró en el vestuario ucraniano, miró a los prisioneros de guerra y se dirigió a ellos en ruso, utilizando un tono autoritario y solemne.

Soy el árbitro, respeten las reglas y saluden con el brazo en alto. Es un orden.

Los alemanes, camiseta blanca y pantalón negro, siguieron las instrucciones al pie de la letra. Pisaron el campo, presentaron formación y saludaron a las autoridades del palco con el brazo en alto. Todos gritaron “¡Heil Hitler!”. Los ucranianos, camiseta roja y pantalón blanco no pusieron precio a su dignidad. Saltaron al campo en fila india, alzaron el brazo… y obedecieron las órdenes de su corazón. Ignorando la advertencia del árbitro, se llevaron el brazo al pecho y en lugar de gritar a favor el Führer, aunaron sus voces en un desgarrador grito que resonó por las gradas del estadio:

¡Fizculthura!

Era el enésimo desprecio de los prisioneros hacia los consejos de sus vigilantes. Y en esa atmósfera comenzó el encuentro. Con los ucranianos mostrando rebeldía y con los alemanes deseosos de pisotear el orgullo de aquellos prisioneros de guerra. Los teutones marcaron primero, luego de que Trusevych recibiera una patada en la cabeza por parte de un delantero del Flakelf, dejándolo atontado, pero el FC Start reaccionó con varias combinaciones de contragolpe y consiguió darle la vuelta al marcador, marchándose a los vestuarios con 2 a 1 a su favor. Una vez en los camerinos, los soviéticos recibieron varias “visitas” de oficiales alemanes que se afanaban en exigirles que levantaran el pie del acelerador en la segunda mitad, so pena de perder la vida. Incluso les amenazaron con asesinarlos si se atrevían a salir al campo en el segundo tiempo. Sin embargo, los jugadores del FC Start declinaron sus miedos y decidieron saltar al terreno de juego. Estaba en sus manos humillar al ejército invasor, derrotar en el campo a los que les habían arrebatado la vida a sus compatriotas, y era un partido que querían ganar. No importaba a qué precio. No importaba si se perdía la vida. El FC Start salió al campo, pisó el acelerador, jugó como nunca y marcó más goles. Con 5-3 a favor de los presos, el habilidoso Klimenko realizó una incursión en la zaga alemana, dribleó al arquero y, cuando todos esperaban el gol, se dio la vuelta y pateó hacia el centro del campo. Las tribunas del Zenit Stadion se vinieron abajo. Klimenko había encontrado el modo de machacar el orgullo alemán y dar una bofetada brutal a las SS. El estadio se volvió un pandemónium y se escuchó una ovación atronadora por el valor de los prisioneros de guerra. El comandante de ocupación alemán, Eberhardt, era insultado por un verdadero coro popular, y decidió abandonar el estadio absolutamente avergonzado.

Una nota de prensa de las SS resumió el choque de manera tan escueta como tendenciosa.

Fue un partido entre el FC Start local y el Flakelf, un encuentro, lo de menos fue el resultado. Fue un partido lleno de deportividad e igualdad. Enhorabuena a ambos bandos.

Días después, los alemanes los hicieron jugar contra el Rukh, en un choque donde volvieron a amenazarles de muerte si ganaban. El FC Start habló en el campo. Lo hizo de manera contundente. Con un 8 a 0. Fue el desencadenante de una visita sorpresa de la Gestapo a la panadería de Kodrik. Había comenzado la cacería humana. Nikolai Korotkykh fue el primero que murió. Lo torturaron con saña, hasta matarlo, aunque no consiguieron que de su boca saliera el nombre de algunos colaboradores comunistas. Los otros diez jugadores del Start fueron enviados al infierno de Sirtez, un campo de concentración de dureza extrema. Ivan Kuzmenko, delantero centro, fue ejecutado después de que una brigada alemana sufriera el ataque de un grupo de partisanos. Más tarde llegaría el turno para el orgulloso Klimenko, el que se negó a marcar el gol después de haber dribleado al arquero, al que asesinaron a sangre fría. A Trusevich, el guardameta y fundador del FC Start, le llegó la hora un día después. Cuenta la leyenda que murió con la cabeza bien alta, y dejando para el recuerdo una última frase que perseguiría hasta el final a sus verdugos.

Pueden matarme a mí, pueden asesinarnos a todos, pero el deporte rojo nunca morirá…

Goncharenko, Tyutchev y Sviridovsky sobrevivieron de milagro a las ejecuciones de los alemanes. Cuando los nazis abandonaron Kiev y el Ejército Rojo de Stalin venció a los nazis, todo parecía indicar que el infierno de los futbolistas del FC Start había acabado. No fue así. De manera tan injusta como sorprendente, los supervivientes del horror fueron acusados de colaboracionismo, por jugar fútbol con el enemigo en época de guerra. Ninguno de los tres fue ejecutado por la policía represora de Josef Stalin a cambio de silencio absoluto. Los stalinistas no sólo no consideraban que aquellos prisioneros de guerra no habían tenido un comportamiento heroico, sino que fueron acusados de “confraternizar” con el nazismo y las SS. Hasta 1959, Goncharenlo, Tyutchev y Sviridovsky, así como el resto del equipo ya fallecido del FC Start, tuvieron que vivir con la vergüenza de ver cómo eran repudiados por sus propios compatriotas, después de haber dado su vida por resistir al enemigo. Un libro editado en Ucrania, “The Final Duel”, investigó el caso del FC Start, después de una minuciosa investigación acerca de cómo fueron los hechos y de qué modo encontraron la muerte aquellos futbolistas. Cuando cayó la Unión Soviética, la URSS, el periodista Andy Dougan decidió escribir la novela “Dynamo: El Partido de la Muerte”, en cuyas páginas se detallaba, de manera exacta, la tragedia de los jugadores del FC Start. Dougan contó con el testimonio del único futbolista vivo del FC Sart, Makar Goncharenko que, poco antes de fallecer, en 1996, seguía pensando que no era un héroe

Mis amigos no murieron porque fueran grandes jugadores, murieron como tantos otros porque dos regímenes totalitarios se enfrentaron. Estábamos condenados a ser víctimas de una masacre a gran escala.

En 1961, la película húngara “Két Félidő A Pokolban” se basó en esos hechos reales para honrar la memoria de aquel equipo, y veinte años después, el director de cine americano John Huston usaría la historia para construir el guión de su película “Escape A La Victoria”. En aquella cinta se dieron cita futbolistas famosos como Pelé, Bobby Moore o Ardiles, mezclados con actores de talla internacional como Silvester Stallone, Michael Caine o Max Von Sydow. La película de Huston fue un gran éxito en la taquilla, pero no reflejó el lado más crudo del triste relato del FC Start ucraniano. Huston prefirió ignorar que, en la vida real, los malos sí pueden ganar.

El día de hoy, en Ucrania, los jugadores del FC Start son héroes de la patria, y su trágica historia forma parte del temario de los libros de texto que se estudian en los colegios de Kiev. En el Zenit Stadion se mandó esculpir en mármol una placa con la siguiente leyenda:

“A los jugadores que murieron, con la frente en alto, ante el invasor nazi”.

Quienes fueron testigos de “El Partido de la Muerte”, quienes conservan una entrada de aquel partido, el más triste de la historia, tienen asegurado, de por vida, un pase vitalicio para asistir a todos los encuentros del Dynamo de Kiev. En los escalones de la cancha hay un monumento que recuerda a los héroes del Start, el equipo al que nadie venció entre 1941 y 1942. Una foto los recuerda y la leyenda queda grabada en la frase que se lee debajo:

“De la rosa sólo nos queda el nombre”
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