VIDAS AL MÁXIMO

Publicado: 24 julio, 2010 en Infinita tristeza
Si la nada es lo que nos espera después de la muerte,
vivamos tratando de hacer que esto sea una cosa injusta.
 
Unamuno
 
 
Vivir es melancólico. Porque uno sabe, por ejemplo, que se va a morir. Vivir es como una pelea que uno sabe que va a perder. Luchamos diariamente contra la muerte y casi siempre la vencemos. Hasta que un día nos gana y no nos da revancha. Vivir es triste. Porque uno no sabe bien para qué vive, aunque le mienta a sus amigos que vive para pintar, para cantar, para viajar, para seducir señoritas. No, uno no vive para eso. Debe haber funciones universales que se nos han asignado, pero no las conocemos. Y este desconocimiento nos provoca la angustia en contra de la Gloria del Universo. Otra posibilidad todavía más cruel es que tales funciones no existan. Y que el Universo sea una mezcolanza de casualidades sin ton ni son, entre las cuales, estaría nuestra vida misma. Triste destino el del pobre cristiano. Trabaja, sufre, padece los rigores del calor, se enferma, el día menos pensado se muerte. ¿Y todo para qué?
 
Desde chicos, nomás, el establishment procura ocultarnos la crueldad de nuestro destino. Por todos los medios trata de convencernos de lo útil que resulta estudiar inglés, labrar la tierra, seguir una carrera o hacer deporte. Estas minucias sólo sirven en realidad para resolver problemas menores, cuales son: el buen pasar, el prestigio y la salud. Pero no aclaran ni un poquito el misterio capital, el sentido mismo de la vida. El establishment no responde a nuestras curiosidades metafísicas por dos razones. Uno, no le conviene revelar la inutilidad de cualquier esfuerzo humano, para que la muchachada no tire al abandono. Dos, desconoce por completo el sentido del Universo.
 
Muchas veces, los autores de esta nota han sospechado que hay alguien que lo sabe todo, pero que es demasiado piadoso o demasiado perverso como para revelarlo. En realidad, digámoslo de una vez, lo que el hombre quiere saber es si es inmortal. Si no lo es, querrá saber por lo menos por qué. Y si lo es, querrá saber de qué manera ejercitará su inmortalidad. Teorías hay muchas. Está ese viejo cuento chino que dice que el hombre es eterno porque la humanidad es eterna. En primer lugar, eterna ni de vainas. Cualquier bomba miserable, cualquier dedo nervioso puede terminar con el género humano en un dos por tres. Y en segundo lugar, el perdurar de la raza será muy gratificante para la raza pero no para uno. Esto uno puede percibirlo claramente cuando se muere algún ser querido. La humanidad sigue en pie, pero uno sabe que no es lo mismo (Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando… – Alfredo Le Pera). Es que cada individuo es irreproducible, al menos para él mismo. Y algunos para todos: la muerte de Ramón Castilla no la arregla el nacimiento de un Piérola. A la de Vallejo, la aparición de un Leo Zelada.
 
Otro tipo de inmortalidad bastante indeseable es la que se desprende de la Teoría de las Reencarnaciones. Ser inmortal en estas condiciones es más cruel que morirse para siempre. Solamente el pensar que lo que uno más quiere en esta vida no será siquiera un recuerdo en la próxima, nos produce un profundo encono contra el individuo que seremos en el futuro. No nos vengan tampoco con la historia de la inmortalidad por las obras. ¡Qué clase de inmortalidad es esa que su mismo titular no alcanza a disfrutarla!…
 
De todas maneras, la alternativa que aparece como más viable ante el sentido común es la de que todo termina con la muerte. Debemos desconfiar sin embargo, de todo aquello que aparezca como probable ante el sentido común. Dice Sábato que la verdad debe ser extraña. Y aconseja el filósofo argentino alejarse de las cosmovisiones verosímiles, anotando que el sentido común auspició todas las teorías erróneas que en el mundo han sido: la planicidad de la tierra, su inmovilidad, su carácter de centro del Universo.
 
Por otra parte, y esto lo decimos nosotros, el hombre sospecha su eternidad. Parece hecho para ser eterno, aunque se rompa. Cuando uno es chico cree que va a poder hacer todas las cosas, como si presintiera que va a vivir siempre. Los mayores nos advierten de nuestra fugacidad, y uno crece, elige, desecha destinos y contrae fatalmente la melancolía y la tristeza por los hombres que uno no será.
 
El apetito de permanencia es una constante en la condición humana. Proust decía que lo vergonzoso en este mundo es el poquísimo tiempo que uno está vivo, comparado con lo mucho que uno va a estar muerto. Y no sólo esto es terrible, porque además de que se vive poco se vive como la parte de atrás. Y a la condena de su brevedad, el hombre añade de la injusticia, el desencuentro, la miseria, los amores imposibles y otros azotes.
 
A todo esto, Ud. se dirá, amigo lector: “¡Pero, vivir es lo máximo!” Sí, le respondemos nosotros. Y será inútil que usted nos venga con que es artista y se cree más valioso que los recaudadores de impuestos. Será inútil que usted esgrima el pretexto de que es rico y se crea más afortunado que los miserables. Será inútil porque su destino no es mejor que el de nadie. Por lo menos a los efectos de esta nota.
 
Pero no se nos entristezca, compañero, que alguna esperanza queda. En lo esencial, el hombre sospecha que el pasado permanece en algún sitio y el futuro ya existe en algún otro lugar. Esto no es un elemento cultural. Es un presentimiento. También es un presentimiento –a veces– la existencia de Dios. Pero el ejercicio de la razón nos impide casi siempre gozar de los beneficios de la fe. Un personaje de Bioy Casares decía: "Sólo pido un pequeño milagro para tener fe". Es la misma postura de los escépticos de barrio que aseguran que nadie volvió para contarlo.
 
Si somos inmortales, no los sabemos y esta ignorancia nos angustia. A esta altura ya debemos estar pareciendo descreídos. No es así.
 
Quisiéramos creer en la Misericordia Divina. Y aún cuando el aspecto visible del Universo denote una gran perversidad, seamos humildes y pensemos que nuestro conocimiento de la realidad es infinito para sacar conclusiones. Todo esto que se ha dicho hace más admirable al hombre.
 
Él sabe que va a morir, pero vive.
Él sabe que va a perder, pero juega.
 
El consuelo que nos queda es perder con dignidad. Jugar todo el tiempo como si pudiéramos ganar. Y una vez desplumados, levantarnos de la mesa sin una protesta, tan dignamente como para que al Destino, que nos estafó, le remuerda la conciencia.
Anuncios
comentarios
  1. Mario Ariján dice:

    Por eso soy ateo, para evitar toda esta paranoia post-mortem. Y estudiar ingles si paga, al menos entiendes el buen rock and roll.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s