LOS MONSTRUOS (YO AL AMANECER DEL SÁBADO, POR EJEMPLO)

Publicado: 10 agosto, 2010 en Paranoias
 
Los monstruos (los no sagrados) paramos el bus a golpes (tomamos prestada para ello –nos robamos, más bien– la faceta h-i-j-o-d-e-p-u-t-a), no importa, aunque el bus en el brusco frenazo que le obligamos a hacer, nos atropelle, aunque nos deje vueltos nada, un charco de sangre en medio de la pista. Lo paramos y después no sabemos para qué, lo dejamos detenido, con la gente protestando adentro, porque llegan con retraso al trabajo, al primer día de clases o a conocer a esa persona amada que quizás no espere en el próximo paradero y se devuelva harta de aguardar a nadie.
 
Los monstruos somos una mierda.
 
¿Será que dejamos de creer en el amor los monstruos? ¿O es que en quien no creemos es en el ser humano? ¿O probablemente no confiamos en nosotros, nos hemos ido desgastando en nuestra faceta de amadores, de atrevidos, de justicieros de lo imposible y nos volvemos desalmados, nos salen pelos verdes, escupimos fuego?
 
Los monstruos, los de verdad, valemos poco. No, no somos de confiar. Nos pegamos con chicle a otros monstruos. Pisoteamos ángeles y arcángeles y violamos santas patronas. En realidad nos pasamos por el rabo todo el santoral.
 
¿Estamos tranquilos con nuestra conciencia los monstruos? O acaso ¿tenemos conciencia? Eso sí, no nos disfrazamos de ovejas. No prometemos protagonizar una novela con gran audiencia y capítulo final con The End. Somos contradictorios y malnacidos y celosos y egoístas y obsesivos y psicópatas; los bichos malos de la película, pues. Lo reconocemos sin tapujos. Somos monstruos-monstruos y agarramos viada y vamos pa’tras y pa’lante.
 
Claro, que los monstruos casi todos –por lo menos los monstruos-monstruos, los que lo asumimos, los que no andamos con hipocresías– creíamos en el amor en negrita. Pero nos arrancaron las uñas una por una –y los ojos– y nos quedó ese vértigo, ese miedo a las alturas y la rabia como respuesta inmediata.
 
No podemos –no sabemos– competir con la bondad. Menos aún con la supuesta bondad. Con la bondad que se cree buena porque sí, y con derechos por ser buena y que nos disfraza de monstruos sin haberlo sido y nos deja así en la historia: Monstruos de pezuñas, gruñidos y veneno por dentro.
 
Los monstruos no fuimos monstruos (seguro), por eso casi todos lo terminamos siendo. Algunos obligados. Otros –finalmente– con mucho gusto.
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comentarios
  1. […] He preferido volverme el monstruo. […]

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  2. […] a la basura (no se lo deseo a nadie) el cargo de triste. Encierro bajo siete llaves el cargo de monstruo (hay que dejarlo allí, hibernando, que uno nunca sabe cuando requiere ponerse de nuevo el […]

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