RELATORES

Publicado: 21 octubre, 2010 en Litera-turas

Los griegos creían que las cosas ocurrían para que los hombres tuvieran algo que cantar. Las guerras, los desencuentros, los amores trágicos, los horrendos crímenes, las gestas heroicas: todo tenía para los dioses impíos el único fin de proporcionar tema a los trovadores. La Historia pone al alcance del menos docto centenares de ejemplos de relatos que fueron más ilustres que los sucesos narrados. Resulta difícil concebir una idea más triste del destino humano. Sin embargo, a los juglares, cantores, cronistas y narradores de cuentos, les complace pensar que el mundo se mueve para favorecerlos en su oficio.

 

Lucio Rosell, el relator deportivo de Flores, creyó pertenecer a la estirpe de Homero. Durante toda su vida se esforzó para que la narración deportiva alcanzara las alturas artísticas de la épica. En sus comienzos, Rosell hizo algo que nadie había hecho antes. Siendo lateral izquierdo del club Fray Ramón, acostumbraba relatar los partidos que él mismo jugaba. Era héroe y juglar, Aquiles y Homero, Eneas y Virgilio.

Según dicen, no era del todo imparcial en sus narraciones. Cuando tenía en su poder el balón, comenzaba a elogiar su propia jugada.

 

– Extraordinario, Rosell avanza en forma espectacular…


Muchas veces, por elegir las palabras e impostar la voz, se perdía goles cantados. Cantados incluso por él mismo.

A medida que pasaba el tiempo, el relator iba superando al jugador. Algunos viejos que lo vieron jugar cuentan que pasaba la mayor parte del tiempo parado en el medio de la cancha, relatando, casi sin tocar la pelota.

Finalmente fue excluido del equipo. Sin rencor ni tristeza, siguió acompañando las modestas giras del Fray Ramón, sólo para relatar desde un costado de la cancha el partido que jugaban sus antiguos compañeros. Lo hacía sin micrófono y sin radio, de modo que nadie lo escuchaba, salvo algún delantero peregrino que alcanzaba a oír de paso su voz emocionada.

Después, según se sabe, el Fray Ramón dejó de jugar y sus futbolistas pasaron a integrar otros equipos. Y en ese momento, cuando todo hacía sospechar la decadencia de Rosell, el hombre dio un paso genial: descubrió que su narración no necesitaba de un partido real. Era posible relatar partidos imaginarios, hijos de su fantasía. Parece una evolución previsible: los antiguos poetas cantaban hazañas más o menos reales. Después las inventaron.

Lo mismo sucedió con Rosell. Y al no tener que ceñirse al rigor de los hechos ciertos, los partidos que relataba empezaron a mejorar: se lograban goles estupendos, los delanteros eludían docenas de rivales, había disparos desde cincuenta metros, los arqueros volaban como pájaros, se producían incidentes cruentos, los árbitros cometían errores perversos.

De a pocos, el artista fue incorporando elementos más complejos a su obra. El tiempo, por ejemplo, manejado en un principio de un modo convencional, pasó a tener durante el apogeo de Rosell un carácter artístico y psicológico. Los partidos podían durar un minuto o tres horas.

Algunas veces, el relator omitía cantar un gol, pero daba claves y mensajes sutiles para que el oyente descubriera la terrible existencia del gol no cantado. Aparecían, cada tanto, unas historias laterales que provocaban un falso aburrimiento, que no era sino una trampa para asestar mejor la alevosa puñalada del gol sorpresivo.

Todos recuerdan el famoso partido Alianza-Municipal que Rosell relató en una parrillada del club Coresami. En esta obra mezcló jugadores actuales con glorias de nuestro pasado futbolístico. Los viejos hacían fuerza por Municipal, los más jóvenes por Alianza. Ganó Municipal, pero en su magistral narración, Rosell dejó –con toda sutileza– la sensación de que los aliancistas, por respeto a la tradición, se habían dejado ganar.

Las audiencias de Rosell no siempre fueron numerosas. Algunos partidos los relató solo, en una mesa del bar Queirolo, ante el estupor de los mozos y parroquianos. Pero poco a poco, los muchachones del barrio fueron descubriendo sus méritos y con el tiempo hubo quienes prefirieron escucharlo a él antes que ir a la cancha.

En 1985, Lucio Rosell organizó su campeonato paralelo de fútbol. Todos los domingos narraba el encuentro principal mientras un colaborador lo interrumpía para comunicar lo que sucedía en el resto de los partidos.

Algunas firmas comerciales de Flores lo ayudaron a solventar los nulos gastos del certamen a cambio de avisos publicitarios.

Las narraciones tenían lugar en la puerta de la casa de Rosell y, cuando llovía, en la sala. Hay que decir que el relator poeta nunca trabajó para ninguna emisora y jamás utilizó micrófono, salvo en la grabación que realizara del segundo tiempo de AELU-León, ya en el final de su carrera.

El campeonato paralelo terminó en un desastre. El artista no tuvo mejor ocurrencia que sacar campeón a CNI y mandar al descenso a la U, lo que irritó a muchas personas, que hasta llegaron a agredir a Rosell.

 

Pero todos los que saben algo del relator coinciden en afirmar que su mejor partido fue Alemania-Selección de Surco, relatado en el Colegio Humboldt de Higuereta, a pedido de la Asociación de Ex-Alumnos.

Ese encuentro fue un verdadero canto a la hermandad entre los hombres. Los zagueros entregaban banderines a los delanteros rivales en cada jugada. El árbitro abrazaba llorando a los futbolistas que quedaban en off-side. Los de la Selección de Surco soltaron palomas blancas a los quince minutos del segundo tiempo para celebrar el segundo gol de la selección alemana. En el final, todos se abrazaron e intercambiaron obsequios.

Fue inolvidable. En el Colegio Humboldt, los padres lloraban de emoción añorando la tierra de sus antepasados. Algunos miembros de la Asociación de Ex-Alumnos pidieron a Rosell que volviera a relatar el encuentro en diferido, pero el artista se negó.

 

En el esplendor de su actividad, tal vez advirtiendo el carácter efímero de su obra, resolvió escribir libretos detallados que luego archivaba prolijamente. Desgraciadamente, sus familiares quemaron este valiosísimo corpus argumentando que juntaba basura. Nos queda apenas un breve fragmento, correspondiente al encuentro Alianza 3 – Universitario 3.

– Solidario, agradecido, ayuno de envidias, Pacho Bustamante entrega la pelota a Escobar. El viento agita las banderas en los mástiles del Coloso de José Díaz. Escobar tira un centro rasante… Arremete Tomasini, pero ya es tarde… tarde para remediar los errores del pasado… tarde para volver a unos brazos que ya no nos esperan… Ya es tarde para todo.

Según sus seguidores, el libreto le quitaba frescura a Rosell y –como hemos visto– recargaba un tanto su estilo.

 

Un día desapareció. Algunos dicen que se mudó, o que se murió, es lo mismo. La gente volvió a preferir los partidos contantes y sonantes de la radio.

Los relatores de hoy tienen la posibilidad de seguir al maestro e intentar la ficción y la fantasía en sus narraciones. ¿Por qué depender de la actuación, muchas veces mediocre, de los futbolistas? ¿Por qué no crear con la voz jugadas más perfectas? ¿Por qué no dar nacimiento a deportistas nobles, diestros y mágicos que nos emocionen más que los reales?

Se puede ir más allá. Todo el periodismo podría tener un carácter fantástico y abandonar los vulgares hechos de la realidad para aludir a sucesos imaginarios: conflictos, tratados, discursos, crímenes e inauguraciones de ilusión.

En este último instante comprendo que nadie me asegura que estos artistas no existen ya. Tal vez, todo cuanto uno lee en los diarios no es otra cosa que un invento del periodismo de ficción.

Sin embargo, esta clase de incredulidad conduce a sospechar la falsedad del Universo mismo. Suspendamos semejante astucia porque algunos hasta podrían pensar que el propio Rosell es imaginario y sus partidos sombras de una sombra.

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