CONVERSACIÓN CON UN REO VCS EN LURIGANCHO (SETIEMBRE ’95)

Publicado: 25 octubre, 2010 en Mundo enfermo

En la cárcel destaca la ausencia de conservas enlatadas, están prohibidas porque estas latas se convierten en chavetas, tan filudas como navajas o sirven para fermentar comida o manzanas –que también están vedadas– y hacer licor. Los reos beben todo lo que encuentran: ron de quemar, kerosene, agua de colonia… Por eso, en la enfermería no hay alcohol sino yodo. Tampoco había tenedores ni cuchillos, tan fáciles de utilizar como instrumentos de agresión. Solo cucharas. Pero daba lo mismo. En Lurigancho pude ver cucharas tan afiladas que podías afeitarte con ellas. Había algunas que eran verdaderas joyas de ingenio y paciencia: dentadas, filudas, con el extremo del mango doblado en espiral para destapar botellas; prácticamente indispensables ante cualquier problema en la prisión. Y es que el preso, acosado como un animal, retrocede miles de años, hasta las cavernas y hace del ingenio una defensa natural que le permite subsistir. El preso es siempre más hábil que su carcelero. Y más agudo y más audaz. Y piensa con la velocidad supersónica que tiene el instinto de conservación. El guardia, el policía, son sólo una masa de reflejos condicionados. Pasa un oficial superior y se cuadra. Se indisciplina un reo y lo castigan. Les sirven la comida y sienten hambre. Mandan silencio y duermen. Al policía solo le compete acatar órdenes. El preso tiene que mantenerse vivo, alerta, despierto, con todas sus facultades en actividad. Súbitamente, alguien (la Sociedad, la Justicia o algún hijo de puta) le ha cercenado una parte vital de su mundo espiritual y físico. Para muchos, los que están libres, la Libertad es un concepto abstracto. Pero la libertad existe. Y existe únicamente cuando se le ha perdido, cuando se toma plena conciencia de lo que ella es y significa: la ausencia del aire propio en los pulmones, de las sábanas que entibia una mujer a nuestro lado. De la noche a la mañana el hombre no tiene mujer, come bazofia, siente las rejas como terribles costillas de hierro que le oprimen el pecho y sabe que ya no es más un ser humano sino un simple número en el registro penal. Entonces comienza a defenderse por todos los medios y en todos los terrenos.

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