LA TIRANÍA DE LA JUVENTUD

Publicado: 25 octubre, 2010 en Devaneos de cabeza

Los espíritus sensibles de este mundo viven –ya se sabe– amenazados permanentemente por las fuerzas del mal. A veces estas fuerzas vienen de frente y uno puede reconocerlas enseguida. Tal es el caso de los criminales, estafadores, atorrantes, malandrines y fumones. Pero también suele ocurrir que las filas infernales cobren formas de increíble belleza para engañarnos. Hay señoritas hermosas que son en realidad el diablo, aunque nosotros no lo sepamos ni ellas tampoco. Hay caballeros de sonrisa amplia y gestos amables que se comen a los niños crudos. El mal puede estar en cualquier parte, señores.

Y hoy, con vuestro permiso, quisiera hacer una advertencia a nuestros lectores bondadosos e inocentes: ¡Alerta! ¡Cuidado! ¡Atención!… Un grave peligro se cierne sobre todos nosotros. Los jóvenes están decididos a conquistar el mundo. Nada los detendrá. Se avecina la increíble y espantosa tiranía de la juventud.

La conspiración ya está en marcha. Ustedes no querrán creerlo, pero es cierto. ¿No lo ven? ¿No se dan cuenta? Todas las cosas que se hacen están destinadas a la juventud. Discos, libros, zapatillas, poesías, helados, balnearios. Todo. Usted me dirá que los mercaderes no son tontos y que los jóvenes siempre están dispuestos a comprar cualquier tontería. Es cierto. Siempre es más razonable venderle una bicicleta a un muchacho que a un viejo amarrete. Pero hay algo que no entiendo. ¿Es necesario hablar de “nuestra maravillosa juventud” para venderle una menudencia a un mocoso? Los comerciantes han desatado una campaña de adulación del borrego que ya alcanza límites demenciales. Y así pueden verse comerciales de televisión en los que se discurre torpemente sobre el papel de los jóvenes en la vida, con el pretexto de que se les quiere hacer tomar un energizante. ¿Qué tendrá que ver –digo yo– el candor de los romances quinceañeros con la resistencia que tiene un pantalón ordinario en la basta?

Algo debe estar ocurriendo. No sé bien qué. Pero debe ser algo malo. Los chocolateros disfrazan sus comprensibles apetencias mercantiles bajo la forma de cruzadas en favor de la dulzura, la ingenuidad y los nuevos vientos. Y yo sé bien que cuando un chocolatero filosofa, algo malo sucede. Pero no son sólo los comerciantes los que adulan a la juventud. Todos se han inscripto de un modo u otro en esta corriente

– Quiero que mi música llegue a los jóvenes –declara el guitarrista Oscar Avilés, al frente de su cuarteto criollo.
– El mío es un arte joven –confiesa el pintor Fernando Szyszlo.
– Es conmovedor ver cómo los jóvenes se acercan al teatro –solloza el primer actor Oswaldo Cattone.
– Este libro está dedicado a todos los jóvenes –ruge el poeta Jorge Eielson.
– Mentira, mentira –contesta el simpático autor de esta nota.

Esta obsecuencia es parte de un complot gigantesco. El más grande que se haya visto jamás.

“YO CON LOS CHICOS APRENDO MUCHO”

Es una frase que suelen soltarnos los señores modernísimos de quienes hablábamos hace algún tiempo. Es verdad, la compañía de personas muy jóvenes suele ser más alegre que esclarecedora. Porque la sabiduría es una fruta de invierno. Uno puede reunirse con los adolescentes para muchas cosas: para cantar, para bailar, para jugar al fútbol, para contar historias sucias, para tirar piedras a los perros. Pero difícilmente para instruirse. Por eso los que dicen aprender con los chicos se me antojan hipócritas o pelafustanes.

En realidad, mucho mejor que aprender con los jóvenes es enseñarles. Y al respecto pueden decirse algunas cosas: ¿qué es lo que sabe nuestra juventud? ¿Será cierto que los chicos de hoy son más instruidos que los de antes? Quién sabe. Algunos profesores me cuentan que sus alumnos saben tanto de historia peruana como un refugiado etíope llegado hace cinco días.

Una revista de Lima ha recorrido todo el país visitando escuelas. Y parece que para encontrar un chico que pueda escribir su nombre y dirección sin faltas hay que andar leguas y leguas. También es posible que los jóvenes de hoy en día lean menos, a favor del auge de otras actividades menos frecuentes hace algunos años. Lo mismo pasa con las inquietudes artísticas. Hay menos muchachos guitarreros o pianistas.

Pero no quiero ser injusto ni caer en el deplorable vicio de argüir con ejemplos. Si yo le cuento que un vecino mío tiene 17 años y no sabe cruzar la calle, usted me contará que su sobrino, a los 8, ya pelaba naranjas solo. Entonces yo sacaré a colación un primo avispado para que usted me retruque con un hermano genial.

Habrá jóvenes brillantes como siempre los hubo. Pero esto no autoriza a nadie a creer que todos los jóvenes lo son. Como tampoco los desadaptados que uno encuentra por ahí alcanzan para sustentar la afirmación de que las nuevas generaciones están compuestas solamente por pastrulos, fumones y malogrados.

LO QUE ME GUSTA DE LOS JÓVENES

Cuando se aborda este tema muchas personas suelen referirse a “la frescura” de la juventud. ¿Qué quiere decir esto? No lo sé. Yo pensaba que un tipo fresco era más bien una especie de caradura. Sin embargo algunos amigos me han explicado que fresco es un señor espontáneo que se tira a la piscina vestido, que sonríe siempre y que corre por el parque tomado de la mano de su novia.

Yo lo que más admiro de la juventud es la belleza, que es su indiscutido patrimonio. Y la inmortalidad. Ningún joven es mortal. Tienen la muerte demasiado lejos. Un hombre empieza a pensar en eso después, cuando –como dice Bustos Domecq– uno no puede darse vuelta sin que alguien caiga redondo.

LivTambién me maravilla la esperanza. En los sueños de los chicos cabe todo. Uno a los quince años puede pensar que va a hacer todas las cosas de este mundo: tener su banda de rock, jugar en Alianza, actuar en Hollywood, explorar el delta del Indo. Después nos invade el nunca más. Y como la piel de onagro, el universo se nos achica. Cada día de nuestra vida es una elección. Y toda elección es una renuncia. El que elige ser guitarrista no podrá comandar un portaviones. El que elige casarse con Liv Tyler deberá renunciar para siempre a Kattya Arroyo Tello. Por eso admiro a los chicos. En su futuro están –boca abajo– todas las cartas de la vida. Ya tendrán tiempo para el desengaño, cuando al levantar las cartas vean que el as que palpitaban era un miserable cuatro de espadas.

Admirable es también el amor juvenil. Sin los presentimientos que señalaba Discépolo. Sin temores y sin cálculos, aunque también sin piedad.

LO QUE NO ME GUSTA

Odio su música. No sólo la música de estos jóvenes de hoy. La música juvenil de todas las épocas fue deplorable. Britney Spears es horrible, como era horrible Bill Haley.

Odio sus hábitos de imitación. Y su soberbia.

Y su ignorante obstinación: uno discute con un chico y sostiene puntos de vista opuestos a los suyos. Inmediatamente el tipo sospecha que uno piensa como piensa porque no está al tanto de ciertos hechos que él conoce. Y no se le pasa ni un segundo por la chirimoya la idea de que uno no sólo está al tanto de tales hechos sino también de otros que él ni siquiera se sueña y que son los que determinan nuestra opinión final. De cualquier modo, cabe reconocer que este defecto no es exclusivo de los chicos. Aparece también en un número prodigioso de grandulones.

Me molesta también su egoísmo. Y sus quejas por la incomprensión de los mayores. Todas las revistas fomentan tales lamentos.

“Hablan nuestros jóvenes” se titula una nota cualquiera.

– Ay, mis padres no me entienden.
– Ay, el diálogo con mi padre no me satisface.
– Ay, jamás hemos tenido una charla sobre temas sexuales.

Es cierto que hay padres que son unos verdaderos ogros. Pero es innegable que el diálogo que con tanta inocencia desean estos chicos es un tanto ridículo. ¿Alguien pensó alguna vez cómo sería?

Llega el padre a su casa y llama a su hijo.

– Roberto, Roberto… ¿Cómo anda ese sexo?
– Bien, papá… ¿Qué te parece si me cuentas algunas porquerías?
– Con mucho gusto, hijo mío… Cierta vez estaba yo en un burdel del Callao…

Es grotesco, señores. Por otra parte, es bien sabido que las relaciones entre padres e hijos se componen de un sinfín de matices que abarcan el amor, la envidia, el resentimiento, la ternura, la abnegación. Los choques son inevitables. Hasta parece haber algo biológico que en ciertos momentos de nuestra vida nos separa de nuestros padres. Estos conflictos se superan con el tiempo. El amor triunfa. Pero entonces lo peor ya ha pasado. Uno ya tiene treinta años y puede llegar a su casa en cualquier hora y juntarse con quien desee.

Juventud implacable, descortés, intolerante. Me doy cuenta que lo que más detesto en ella es aquello que yo también compartí. Y –como en aquel verso de Manzi– siento que el chico que llevo en mi hombría quisiera estrangular al hombre que hubo en mi adolescencia.

CONSIDERACIONES FINALES

Ser joven no es ninguna virtud. No es el resultado de un gran esfuerzo, ni el colofón de una empresa titánica. Cualquier desgraciado puede ser joven en algún momento. Entonces, ¿por qué enorgullecerse? ¿Por qué tanto escombro? No es bueno ser sectario. El mundo no es –no debe ser– de los jóvenes, sino de todos.

Sin embargo, en todos los países del mundo se repite a cada momento que debemos construir un mundo mejor para las generaciones futuras. ¿Por qué no nos apuramos un poco y tratamos de ligar algo nosotros?

Unamuno vio mejor que nadie este asunto. Esta generación –decía– se sacrifica en aras de la felicidad de la próxima. Y la próxima lo hace pensando en la siguiente. Y así siglo tras siglo, hasta que una catástrofe destruya el linaje humano para siempre. La adoración de la juventud y la adoración del futuro se parecen. Y tienen sus mismos feligreses. Yo ya he aprendido a desconfiar del futuro. Y siento que por pertenecer a esta sufrida estirpe de los hombres, tengo mis obligaciones para con los que serán. Pero también para con los que son y los que han sido. Esto nos coloca en las mismas puertas de la metafísica y la filosofía barata. Pero, reculando humildemente, hay que apresurarse a advertir que si la rebeldía de los jóvenes es inevitable, lo peor que puede hacerse es fomentarla con adulaciones y festejos. Y nosotros, los limeños, menos que nadie.

Porque todavía estamos en la peliaguda tarea de afirmar nuestra identidad, como quien dice. Y entonces debemos cuidar muchísimo nuestros incipientes rasgos distintivos. La tradición no es jugar a las escondidas y bailar el alcatraz. La tradición es la transmisión que una generación hace a otra de sus costumbres y su sabiduría. Y cuando una generación se rehúsa a aceptar el legado hay algo que se interrumpe, hay un camino cortado.

Por eso me alarma que muchos de nuestros chicos se parezcan más a un joven de Miami que a un chibolo de Balconcillo. Que reconozcan como suyos los modelos extranjeros. Que con el pretexto de sus arrebatos juveniles pierdan su esencia criolla. Y mucho más me alarma que haya grandulones que les fomenten sus delirios y aún los imiten. Como esos pelados que andan con polos metaleros o esos veteranos que dicen que se sienten jóvenes y frecuentan la caterva de subtes que rondan Quilca. O los cantantes de música criolla que se ponen lentes de contacto azules y se cuelgan aretes. Basta de mentir.

Dejemos ya de aplaudir defectos. Recordemos por un momento qué es lo verdaderamente deseable en este mundo: la bondad, la sabiduría, el buen gusto, la templanza.

Imitemos al virtuoso. Joven o viejo. Y tratemos de ser capitanes de nuestro barco, sin preocuparnos por las motos japonesas, los ritmos de moda o los idiotismos del lenguaje que más se usan.

Sé que de ahora en adelante seré perseguido por hordas de menores que tratarán de lapidarme. Sé que las Kawasakis se me tirarán encima. Pero hay algo que me salvará de las sanciones juveniles. Los indignados lectores de este opúsculo buscarán a un viejo pelado y barrigón. Jamás sospecharon que su autor era un muchacho joven. Aunque su juventud –impaciente– ya está mirando el reloj y la puerta.

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