EL REY MIDAS

Publicado: 9 enero, 2012 en Devaneos de cabeza

Dos días en cama y, según el médico, prohibido usar los ojos, si, mi problema tiene que ver con el asesino que llevo en el ojo izquierdo. Pero que rayos, desobedezco porque necesito escribir, porque estoy como en desventaja, porque me quedé sin respuestas, no sin preguntas, pero sí sin respuestas. A veces creo que soy un bicho peligroso, algo así como el Rey Midas que tocaba las cosas y las convertía en oro, yo convierto a la gente en años luz de distancia.

Hoy soy transparente. Invisible. Como si hubiera desaparecido del mundo. Como si nunca hubiera existido, como si no hubiese dejado un reguero de migajas por ahí, por la vida, a mi paso. ¿Dónde está el camino? ¿Por qué se perdió mi rastro? ¿Por qué dejé de existir en esa, su alma? ¿Qué error fue el que cometí? Es que no entiendo, de tan equivocado ya ni sé cuál de mis tantas torpezas la alejan a setecientos mil kilómetros por hora. Probablemente escribir este post sea otra más de mis torpezas.

Quizás pase a su lado algún día (porque Lima es grande pero suele ser pequeña también) y no me vea. ¿Quién soy? Invisible. Al fin y al cabo puedo ser cualquiera, los seres humanos, a fin de cuentas, somos un producto con el mismo ADN, lo demás es accesorio.

Recuerdo a Yeats, un poema suyo que dice algo así como que se ama hasta lo que desaparece. Es cierto, yo sé querer así, sé cómo se quiere a un fantasma. Sólo que este fantasma me miró con unos ojos tan verdaderos que no siento nostalgia, ni necesidad (como otras veces) sino la más verdadera pasión humana. Debe ser así cuando uno le ve los ojos a la muerte. La muerte es algo en estado puro. Bueno, yo le vi los ojos a la verdad, también en estado puro. y eso no se olvida, puta mare.

Yo no entiendo qué sucedió. Y sin embargo no quiero tocarla, como el rey Midas, para no convertirla no en oro sino en ceniza. Sin embargo necesito entender, al menos para seguir teniendo esperanzas, para creer que, con ella, sin ella, a pesar de ella, a pesar de mí, el amor existe. El amor, ese, el irreverente, el absoluto, el que no pide ni pregunta. El amor que se ríe contigo y te abraza y te calma y te entiende y no te juzga y no te reprocha y no te culpa de nada.

Me sometí a la prueba del desamor para jurarme solemnemente y convencerme (convencidísimo estoy) que prefiero el amor ese (el distante, el fantasmagórico, al que no puedo tocar porque lo arruino, lo convierto no en oro, sino en desazón y en insomnio), prefiero ese amor, ese, el que le tengo, aunque no sea para mí y le deseo la felicidad toda. Aunque en realidad quiera verla y tocarla. Usaré guantes. No soy el Rey Midas. Me guardo la avaricia.

(Me descubrieron, tendré que revisar este post luego)

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