YO NACÍ EN CAJAMARCA

Publicado: 5 julio, 2012 en Infinita tristeza
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Por Gonzalo Pajares

Yo nací en Cajamarca, en los 70, cuando abundaban los jóvenes idealistas, como mis padres, admiradores del Ché y de todas las revoluciones, incluida la sexual. Sí, soy un hijo de la revolución.

Yo nací en Cajamarca, en los 70, cuando era un pueblo de menos de cien mil personas y nos orgullecíamos de tener el agua y el aire más puros del país.

Yo nací en Cajamarca, en los 70, cuando no había delincuencia y las puertas de las casas siempre estaban abiertas.

Yo nací en Cajamarca, en los 70, cuando aún era posible abrir un grifo y beber el agua sin temor a que esta estuviese contaminada.

Yo nací en Cajamarca, en los 70, cuando sentíamos que si el cielo existiese debía parecerse a su verde campiña y a su noche estrellada.

Yo nací en Cajamarca, en los 70, cuando las fortunas se medían en cabezas de ganado, en hectáreas de tierra.

Yo crecí en Cajamarca, en los 80, cuando el país empezó a irse al despeñadero, por García y Belaunde, y una botella de Coca Cola costaba más que un galón de leche pura o una arroba de papas nativas.

Yo crecí en Cajamarca, en los 80, cuando las rondas campesinas evitaron que Sendero se apoderase de varias provincias cajamarquinas y, al hacerlo, nos demostraron que vencer al miedo y al terror era posible.

Yo me fui de Cajamarca, en los 80, cuando el lugar ya no ofrecía más futuro para mí que ser un profesor con un salario de hambre o un ingeniero sin tierras que sembrar.

Yo volví a Cajamarca, en los 90, cuando me enfermé de Lima, de los pulmones y del corazón.

Yo volví a Cajamarca, en los 90, cuando necesité recuperar el paraíso perdido de mi infancia y, por unos días, lo encontré.

Yo volví a Cajamarca, en los 90, cuando Yanacocha se había apoderado de la ciudad y del destino de cientos de personas.

Yo volví a Cajamarca, en los 90, y me encontré una ciudad llena de forasteros, donde los ideales habían sido remplazados por la ambición, donde no se hacía el amor sino se pagaban prostitutas, donde las fortunas no se medían en ganado o tierras sino con camionetas 4×4, donde no era posible tomar un vaso de agua sin el temor de enfermarse, pero donde una Coca Cola seguía costando más que un galón de leche o una arroba de papas nativas.

Yo volví a Cajamarca, en los 90, y me encontré con un nuevo patrón: el minero, que era un forastero, que no tenía el ‘encanto paternalista’ que lucía el ganadero y que, fiel representante del nuevo orden pero de la vieja explotación, seguía embaucando al campesino, al maestro, al ciudadano de a pie.

Yo salí de Cajamarca, en los 90, muerto de pena, porque el país estaba en manos de dos delincuentes, y Newmont, una de las empresas dueñas de Yanacocha, corrompía a jueces y políticos con el fin de deshacerse de su incómodo socio francés y de seguir llenándose los bolsillos de oro.

Yo salí de Cajamarca, en los 90, porque no soportaba ver que mi paraíso infantil se había transformado en un campamento minero, donde el dinero se imponía sobre la dignidad, donde se le rendía pleitesía a todo aquel que usase un casco o bajase de una 4×4, donde el abuso de Yanacocha estaba institucionalizado (y autorizado).

Yo volví a Cajamarca, en el 2000, y me encontré con una realidad que indigna: mansiones de lujo en los Baños del Inca, un congestionamiento de camionetas 4×4, colegios bilingües en las zonas más bellas de la campiña y campesinos recibiendo dos soles por 11 kilos de papa o un sol por un litro de leche.

Yo volví a Cajamarca hace dos meses, me fui a Celendín, y allí comprendí el resentimiento de muchos de mis paisanos: me contaron que, de la noche a la mañana, les dijeron que sus tierras eran suyas pero no la riqueza del subsuelo, que sus vacas desnutridas y sus carneros mal alimentados debían irse a otro lado, que se olvidasen de sembrar papas y menestras porque en esas tierras había oro y cobre (pero cuyo brillo ellos jamás verían), y que se convirtiesen en obreros, pues la mina que allí se iba a instalar iba a pagar mejor, pero, eso sí, no había trabajo para todos.

Yo volví a Cajamarca hace dos meses, y aunque se nieguen a reconocerlo, en Conga se están repitiendo los vicios que hicieron de Yanacocha, y con razón, una empresa detestable. Por eso, a pesar de creer en la minería responsable, hoy Conga se hace inviable. Primero, porque ya nos cuesta cuatro muertos. Segundo, porque no tiene la ‘licencia social’, el VºBº de la mayoría de los cajamarquinos: no hay que pedir unanimidad, pero al menos consenso. Y, tercero, porque no quiero vivir -de acá en adelante- la decadencia y la miseria humana, institucional y empresarial de los últimos veinte años, aquellas que hicieron de Cajamarca, a pesar de la riqueza de su subsuelo, de su verde campiña y de su cielo estrellado, un lugar donde brillan las 4×4 pero no el alma de sus ciudadanos.

Fuente: Para Comerte Mejor

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