LOS ZOMBIES Y LA EXPERIENCIA HISTÓRICA MODERNA

Publicado: 5 agosto, 2012 en Devaneos de cabeza
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Los zombies están por todas partes. Bueno, no literalmente. Sin embargo, el resurgimiento de este fenómeno cultural en los últimos años ha sido sorprendente. Hemos visto la popularización de los zombies en los videojuegos, que van desde Left For Dead, juego carente de imaginación y –mismo tiempo– lucrativo ad infinitum, hasta el genial juego de bajo presupuesto Zombie Driver. La filmación de películas sobre zombies se ha contagiado de forma mucho más virulenta que la propia infección zombie. En Wikipedia se resume toda la cinematografía zombie disponible hasta la actualidad. Llama la atención la cantidad de películas que a partir de la década de 2000 tienen como argumento el tema zombie. Algunos, como 28 Days Later, 28 Weeks Later y 28 Years Later (bueno, esta última es un corto que parodia la saga de Danny Boyle) asumen el género de una manera muy seria. Otros, sobretodo Shaun Of The Dead y la encantadoramente irresistible Zombieland, son de carácter satírico. El campo literario da la impresión de no haber sido inmune a este fenómeno, tal como lo demuestra la muy leída Guerra Mundial Z de Max Brooks y su predecesora no tan popular I Am Legend de Richard Matheson. El apocalipsis zombie ha llegado a conquistar a la televisión con la aparición de la exitosa serie The Walking Dead.

Así que los zombies son muy populares. ¿Y a quién le interesa? Bueno, creo que el surgimiento de este tema particularmente fascinante apunta a una curiosa obsesión cultural sobre el concepto de un desastre zombie. Mucha gente en la cultura occidental moderna queda inevitablemente hechizada por el concepto de un pequeño grupo de supervivientes que luchan contra las hordas de no-muertos, a pesar de ser este –como yo lo entiendo– un evento sin precedentes en la historia. Teniendo en cuenta la calidad inferior de un gran número de producciones cinematográficas sobre el tema zombie (Zombieland sigue siendo una notable excepción), parece probable que se trata de algo inherente a la temática zombie en sí lo que hace que sea tan culturalmente conmovedora.

Es poco probable que los propios zombies sean el quid de la cuestión. Pocas personas podrán reclamar cualquier parentesco intelectual con una horda de muertos vivientes que van arrastrando los pies, y menos con el hecho que devoran la carne de sus vecinos. Por lo tanto parece que los zombies no son más que un recurso literario utilizado como guía por los verdaderos protagonistas de las películas de zombies: los sobrevivientes. Tal como lo observó una vez un amigo mío, los indiscutibles zombies en la producción televisiva The Walking Dead son aquellos que todavía no han sucumbido en el torrente de los muertos vivientes.

Estos supervivientes deben tener alguna cualidad fascinante que nos hace sentirnos atraídos hacia ellos. Hay algo en su lucha por continuar viviendo que nos permite asociarla con un significado en la mentalidad colectiva de esta generación. ¿Qué posee un pequeño y compacto grupo de personas que tratan de no morir ante nosotros? Seguramente no es la naturaleza profunda de su causa, ni la brillantez de sus tácticas, y ciertamente no su compasión. En su lugar, diría que tienen una cualidad nacida de la necesidad que muchas veces no aparece en nuestro contexto moderno: la Comunidad.

Vivimos en un mundo extraño, cada vez menos comunitario. Y lo digo superficialmente porque, al menos, este no parece ser el caso real. Internet nos enseña que tenemos decenas, si no cientos de amigos, sobretodo en las redes sociales. Pero ¿realmente son nuestros amigos? Después de todo, Facebook no las llamaría “solicitudes de amistad” si la mayoría de la gente que pulula en dicha red social sean realmente conocidos nuestros, ¿verdad? Por otra parte, ahora podemos mantener un contacto regular con nuestros amigos reales y nuestros familiares a pesar de las distancias asombrosas que nos separan de aquellos, algo impensable en otros tiempos. Y en la humanidad actual conviven de manera cercana más grupos que en cualquier otro momento histórico. Estamos rodeados de personas, inmersos en la gente, ahogados de gente. Así que sin duda todos pertenecemos a un algún tipo de comunidad, virtual o lo que sea.

A pesar de todos estos supuestos beneficios, las comunidades actuales no son simplemente un asunto normal en la vida de las personas. Mi actual trabajo en un mercado mayorista me ha hecho muy consciente de cómo las personas dependían de sus semejantes por lo menos hace cien años atrás. Los comerciantes han forjado lazos comunitarios a través de vínculos religiosos, económicos, sociales e incluso simplemente geográficos. A menudo se reúnen periódicamente con otras personas con las que comparten algún tipo de propósito común. No es el egoísmo mutuo que se encuentra a menudo en las fiestas de estos días (“todos somos aburridos y solitarios, por lo que todos venimos aquí para curarnos de este mal”), sino una necesidad de sumergirse dentro de un todo más grande. Sin embargo, nuestra época carece de estos vínculos comunitarios que alguna vez fueron tan frecuentes. Gran parte de esto es resultado de la eliminación de la dependencia. Hace cien años, los habitantes de una granja se beneficiaban considerablemente por la cooperación de sus vecinos, hallándose detrás de esto las actividades comunales que realizaban. Ahora ya no necesitamos hablar con nuestros vecinos, directamente participamos en los proyectos de nuestro distrito y/o provincia o nos reunimos de manera aislada en algún ocasional evento social, sin ningún propósito más allá que la comunión fugaz detrás de él. Incluso, los supermercados ofrecen la posibilidad comprar nuestro alimentos sin interacción humana alguna. No necesitamos de la comunidad, por lo que muchas veces no hemos podido luchar por ella.

Los sobrevivientes de los zombies que asolaron –siempre hipotéticamente– la Tierra, por el contrario, deben unirse para sobrevivir. La alternativa es simplemente evitar ser devorados por dichos engendros, un resultado desagradable para todos excepto para los zombies. Por lo tanto los sobrevivientes se ven obligados a una situación que crea el trabajo en equipo, la camaradería y auténticas –muchas veces fugaces– relaciones comunales. Ahora, no estoy diciendo que los sobrevivientes del apocalipsis zombie sean, como con frecuencia son descritos, un equipo brillantemente orquestado. Muchas veces ellos son un peligro en sí mismos, belicosos sin causa alguna, ineficaces y francamente disfuncionales. Pero en tales defectos radica la brillantez de la cuestión: eso es lo que es una comunidad real. Una auténtica comunidad no es alcanzar la perfección sin fisuras, sino más bien la lucha para aprender a vivir y amarnos unos a los otros a pesar de nuestras imperfecciones.

El punto central de este post no es un llamado a un retorno a los estilos de vida antiguos, ni tampoco quiero arruinar la satisfacción de los que aprecian leer y ver acerca de sus come-carne preferidos. En lugar de esto, simplemente me gustaría recordar en nuestro viaje hacia el siglo XXI las palabras proféticas de Chesterton: “La metáfora fatal del progreso, lo que significa dejar las cosas detrás de nosotros, ha oscurecido completamente la idea real de crecimiento, lo que significa dejar las cosas dentro de nosotros”. Debemos recordar no sólo para progresar con respecto el pasado, sino para crecer mediante la celebración de los valiosos conocimientos que nuestros predecesores nos han regalado. Es evidente que nuestra sociedad cambia demasiado rápido, a pesar de no haber sido construida para la introspección, por ello tenemos que recurrir a algunos de los aspectos más valiosos del pasado para forjar un verdadero futuro. Hablo no sólo de nuestra necesidad de crear comunidades en nuestro ámbito local, sino a ir más allá y apoyar a otras comunidades, para que podamos compartir el eco de nuestras vidas con nuestros vecinos más cercanos, independientemente de cualquier ideología.

PD: Esta es una de mis citas favoritas pertenecientes a la modernidad, proviene de un escritor vietnamita que fue testigo de la transición de su comunidad rural tradicional a la sociedad occidental urbana:

“Nuestras vidas se encuentran ahora dentro de la esfera del “Yo”. Después de haber perdido amplitud, buscamos la profundidad. Pero cuanto más avanzamos, más frío hace”.

Hoai Thanh en “Western Individualism” (1941)

 

 

 

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