La historia contemporánea lleva, escondido, un ritmo interno. Nadie es capaz de escucharlo porque el presente, rabioso, es un continuo bombardeo de ruidos y pedorreos sin gracia. Pero el ritmo está. Siempre hay manos que llevan el ritmo de los tiempos. Cuando pasan los años y contemplamos la Historia en perspectiva, el ritmo aparece inconfundible. Hace exactamente veintiún años, entre julio y setiembre de 1991, se editaron en el mundo cinco discos. En ese momento nadie supo que eran obras que cambiarían la forma de oír música y de vestir. Nirvana publicó Nevermind. Red Hot Chili Peppers puso a la venta Blood Sugar Sex Magik. Apareció Ten, de Pearl Jam. Los Guns N’ Roses editaron Use Your Illusion. Y Metallica trajo al mundo su Black Album. Ninguno de estos músicos se puso de acuerdo ni sincronizó los relojes. Pero en menos de cien días habían plasmado el ritmo de la época. Leo Ferri nos regala un ensayo al respecto con ritmo nostálgico y pertinaz.

ESCRIBE LEO FERRI
ILUSTRA MARTÍN TOGNOLA

Hay cosas que no recuerdo.

Mi memoria sabe poco de mi niñez, aunque un poco más de mi adolescencia. En 1991 yo tenía diez años, y vivía en ese limbo etario en el que uno empieza a definir sus gustos, hace sus propias elecciones de lecturas y disfruta las primeras músicas. No puedo precisar qué música escuchaba en 1991, pero de seguro no era rock, porque sí recuerdo bien cómo y cuándo llegó el rock a mi vida: fue casi al final de 1992 —el día en que Guns N’ Roses daba su primer recital en la Argentina— que la televisión mostró en directo aquella banda iniciadora para mí. Lo recuerdo bien porque ese fue también el día en que besé por primera vez a la chica que me gustaba. En aquel entonces, mi vida de preadolescente de clase media argentina se limitaba a ir al colegio, grabar casetes con la música que pasaban en la radio, andar en bicicleta y jugar al fútbol. No mucho más.

Por algún motivo que desconozco, el fútbol dejó de interesarme.

Además de ese primer beso con Natalia, recuerdo haber visto aquel noticiero de 1991 que anunciaba “Empezó la guerra”, la primera transmitida en directo por televisión. Mientras Estados Unidos y sus aliados bombardeaban Irak y todavía no quedaba muy claro quién era ni qué tan malo era Saddam Hussein, un grupo de policías cagaba a palos a un negro llamado Rodney King y, al otro lado de la ideología, los rusos metabolizaban el paso del comunismo a la democracia. Fue el mismo año en que Magic Johnson anunciaba al mundo que padecía HIV, y que Freddie Mercury moría a causa de la misma enfermedad, y que Boca seguía sin salir campeón en la Argentina. En Latinoamérica había presidentes como Menem, Collor de Mello, Fujimori y César Gaviria; y el mundo se enteraba de quién había matado a Laura Palmer el día en que terminaba Twin Peaks, la gran serie de David Lynch, que en la Argentina se vería por televisión un año después, porque todavía internet era solo una idea, y la televisión se miraba en el televisor, sin segundas opciones.

Todavía existían los VHS, los casetes y las doble caseteras.
Los discos compactos eran brillantes y modernos.
Los celulares eran gigantescos.
Los canales de cable no eran más de treinta, y MTV pasaba casi exclusivamente videoclips.
Y todavía faltaban diez años para que dos aviones se deshicieran contra las Torres Gemelas.

Pero hubo otra explosión, otro tipo de detonación diferente. Quizás la última gran revolución sonora. Durante agosto y septiembre de 1991, hace ahora exactamente veinte años, la Costa Oeste de Estados Unidos fue un hervidero musical. Casi en un mismo lugar, y casi al mismo tiempo.

Nirvana editó Nevermind.
Y Pearl Jam, Ten.
Y Metallica publicó su Black Album.
Y Guns N’ Roses lo hizo doble, con Use Your Illusion.
Y Red Hot Chili Peppers editó Blood Sugar Sex Magik.

No hace falta ser muy despierto para darse cuenta de que algo intenso pasaba ahí.

Cuando mi hermana mayor cumplió quince años le regalé el CD de Use Your Illusion II, el de la tapa azul, el mismo que más tarde se convertiría en mío por decantación, y que hoy conservo en mi discoteca.

— Vos tenés un disco que es mío —me dice, todavía hoy, mi hermana.
— Para vos es lo mismo uno nuevo —le digo yo—. Ese es el original de la época, el importado, y para mí vale mucho. Te compro otro.

Mis padres, en cambio, le regalaron Romance, de Luis Miguel. En los primeros noventa, regalar un compacto era algo bastante original, sobre todo porque el formato recién empezaba a popularizarse. Y si bien los Guns N’ Roses ya habían golpeado las puertas del cielo con Appetite For Destruction —su primer y fundamental disco— era la primera vez en la historia que una banda publicaba dos discos en simultáneo. Aunque en realidad fueron cuatro, porque el vinilo era todavía un formato de calidad, y para lograr meter las treinta canciones que sumaban entre ambos, fueron necesarios dos LP para cada álbum. Pero en mi casa no había bandeja y sí había un flamante minicomponente que todavía hoy funciona, aunque ya no lee CD’s. Las ventajas de lo digital tenían como límite el hecho de que el láser dejara de funcionar.

Los Guns ya eran bastante populares. Tanto como para que los chicos un poco mayores que yo usaran pañuelos en la cabeza (como Axl, el paradigma rockero del momento) como para que el (hoy ex) presidente Carlos Menem los tildara de “forajidos” durante aquella primera visita al país. La leyenda decía que durante un concierto en Francia, el cantante Axl Rose había quemado una bandera argentina. Los diarios y noticieros habían amplificado la noticia a tal punto que todos la dieron por real, incluso el Jefe de Estado. Pero, como era de esperarse, era falso, y sin YouTube de por medio era casi imposible ver videos y filmaciones en tiempo más o menos real.

Durante esos años los Guns fueron apodados como “la banda más peligrosa del mundo”, un poco por su comportamiento fuera del escenario, y otro poco por lo que hacían sobre él (ambas cosas a veces eran las mismas). Más allá de los escándalos que —como buenas estrellas de rock— sabían generar, los Guns hacían buena música, y habían logrado concretar una obra extensa y compleja, tanto desde lo musical como en lo referente a su realización. Fue durante la intensa y prolongada grabación del disco que comenzaron a surgir los problemas entre Axl y Slash, Axl e Izzy (el otro guitarrista) y Axl con todos. La ciclotimia y el ego del cantante desorientaban al resto de la banda al punto que —cuando terminó la gira de presentación, que duró más de dos años— la banda comenzó a desintegrarse, y los músicos renunciaron uno a uno.

Al combo sexo, drogas y rock and roll de aquel primer disco, la banda sumó elementos de blues, country y de rock tradicional americano. Rose, por su parte, aportó sus propios traumas y recuerdos de una infancia (o un padre) que lo había golpeado duro. El cantante parecía ser uno de esos tipos que estaba obligado a sufrir para mostrar su arte y su genialidad. Sufría en “Don’t Cry”, sufría en “November Rain”, y sufría en “Estranged”. Y esa angustia quedó plasmada en una trilogía de videoclips millonarios, barrocos y trágicos que MTV puso en rotación permanente.

Dos de esas canciones —“Don’t Cry” y “November Rain”— funcionaban muy bien a la hora de los lentos, en los bailes escolares donde las jovencitas, vestidas de mujeres fatales, llevaban la comida, y los casi hombrecitos (como yo), la bebida. En los casetes que supe compilar para tales eventos tampoco faltaban “Yesterdays”, “Knockin’ On Heaven’s Door” y “Live And Let Die”, los hits que sonaban en todas las radios. Pero un poco después uno terminaría por darse cuenta de que había muchas otras buenas canciones, como “You Could Be Mine” (el videoclip con Schwarzenegger como Terminator era sublime), “Civil War”, “Pretty Tied Up” y “Back Off Bitch”. Fue entonces que aprendí que, a veces, hay que desconfiar de los rankings y las radios.

Estar triste no estaba del todo mal. Una generación entera llevó el desencanto y la angustia como una bandera militante durante el poco tiempo que duró la onda expansiva de la explosión grunge. Todo lo relacionado con mujeres y diversión (temáticas muy propias del rock de los ochenta) dejó de vender, y la atención se trasladó hacia Seattle, que a fines de esa década era más conocida por ser la capital mundial de los asesinos seriales que por sus bandas. En una ciudad aburrida —en la que todos coincidían en decir que “no pasaba nada”— nombres como Charles Manson (solía vacacionar ahí junto a su familia) y Gary Ridgway (el mayor asesino en serie de la historia de los Estados Unidos, con cuarenta y ocho mujeres como víctimas) lograron darle algo de triste celebridad.

Y nadie expresó tan bien como Nirvana la frustración y la desesperanza de una generación. Kurt Cobain y Krist Novoselic se habían conocido en Aberdeen, un pueblito del mismo estado de Washington, donde no había mucho para hacer. En un lugar donde las lluvias son casi permanentes, juntarse en algún sótano a tocar canciones parecía ser un buen plan. Y todo resultó mejor aún cuando la banda firmó con un sello independiente (SubPop) y grabó Bleach, su disco debut, por la suma de seiscientos seis dólares.

Nirvana era punk, pero un punk atravesado por la genialidad pop de un Cobain, admirador de John Lennon.

— No quiero doblar voces —se emperraba Cobain—. No suenan naturales.
— Eso hacía John —le decía Butch Vig, el productor de Nevermind.

Y Kurt terminaba aceptando.

El desencanto de la Generación X estaba en contra del modelo de sociedad consumista que se había popularizado en la década anterior, y contra eso luchaban los jóvenes. Kurt sintió que de pronto estaba inmerso en ese sistema, y sufrió la culpa de haber grabado un disco demasiado perfecto para ser punk, y de haber vendido millones de copias en el mundo, a caballito de “Smells Like Teen Spirit”, una canción simple, anárquica y perfecta a la vez. Tan perfecta como todo el disco: Nevermind no tenía fisuras, puntos débiles ni canciones de más. Las había rabiosas, melódicas, sombrías y catárticas. Nirvana creó un disco tan intenso y vertiginoso como lo fue su breve existencia. Pero la culpa de Kurt por sus millones y por haberse convertido en el portavoz de una generación pesó más. ¿Acaso alguien está preparado para la fama repentina con solo veinticuatro años?

Tres años después de aquel estallido inicial, en medio de unos insoportables dolores de estómago, que los médicos nunca pudieron diagnosticar, y una adicción a la heroína en la que cada vez estaba más sumergido, Cobain decidió no extinguirse de a pocos, arder de golpe y, según la versión oficial, se pegó un tiro con su escopeta en su casa de Seattle.

Si mis cálculos no fallan, debo haber conocido a Nirvana poco antes que dejara de existir. Mi amigo Gonzalo, que era un poco mayor que yo y tenía el oído atento, me había prestado Nevermind. La tapa con el bebé sumergido en la pileta era genial, y ya por eso merecía ser escuchado. Recuerdo el riff inicial, y haberme sentido cautivado por los alaridos ardientes de Cobain, que parecía romper su garganta en cada canción. Intenté hacer que mi guitarra criolla sonara tan encantadoramente mal como la de “Polly”, y practiqué la intro de “Come As You Are” hasta que me salió, o al menos eso imaginé. Vi esos videos en los que Cobain rompía sus guitarras y se zambullía sobre la batería de Grohl, y años después supe que Pete Townshend, de The Who, lo había hecho primero. Quise entender las letras, saber de qué hablaba el portavoz de la Generación X, el propulsor de la movida de Seattle, pero no entendí, sino hasta bastante tiempo después, que Cobain la mayoría de las veces disfrutaba jugando con el doble sentido, la ironía y el humor absurdo, y que las letras no le parecían lo más importante de la canción. “Primero está la música, después todo lo demás”, explicaba.

A partir de aquel estruendo, Seattle comenzó a ser todo menos una ciudad. Era una marca, un estilo, un sonido, una moda y cualquier cosa que sirviera para vender revistas y ocupar horas de programación. De buenas a primeras, la ciudad que hasta ese momento solo había parido a Jimi Hendrix tenía un montón de músicos y montones de buitres que buscaban nuevas bandas para madurar de un golpe. Y aunque allí todo sucedía a puro vértigo, acá todo tardaría un poco más en llegar. Soundgarden, Alice In Chains y Stone Temple Pilots aparecieron en aquel tiempo (y todas se separaron y volvieron a reunir hace pocos años). Pero otra vez mi amigo Gonzalo sería mi influencia con Ten, de Pearl Jam.

Los Pearl Jam se vestían un poco diferente, parecían más serios que el resto, y más enojados también. El cantante Eddie Vedder hacía caras raras mientras cantaba, y quizás desafinaba un poco, pero tenía mucha —demasiada— onda. Era curioso leer en las revistas que todas estas bandas hacían grunge, porque no se parecían demasiado. Con Pearl Jam era más fácil saber qué pensaban, de qué hablaban sus canciones. “Even Flow” decía cosas sobre la gente que vive en la calle, “Alive” sobre la muerte, “Oceans” sobre el mar y el surf, y “Jeremy” relataba la historia de un chico que se suicidó frente a sus compañeros de colegio. Su video era impactante, y más tarde sería censurado por MTV por ser demasiado explícito.

La apatía y el grunge tenían una relación simbiótica. ¿Pearl Jam debía ser una banda feliz ahora que ganaban millones, recibían premios y pasaban sus videos por televisión? Quizás debía, pero no lo hizo, y se enfrentó con todo el que intentó decidir por ellos y presionarlos para que hicieran algo. Eligieron no grabar videos, y cancelaron una gira cuando supieron que Ticketmaster cobraba un plus por cada entrada vendida.

La Costa Oeste estaba tan saturada de grupos, que muchas veces compartían músicos entre ellos. Y los casi dos mil kilómetros que separan Seattle de Los Ángeles no fueron un obstáculo para Jack Irons, uno de los nombres fundamentales por detrás de la historia en común que tienen Pearl Jam y los Red Hot Chili Peppers. A principio de los ochenta, Irons formaba parte (junto a Flea, Alain Johannes y Hillel Slovak) de What Is This?, la banda que luego mutaría en los Peppers.

Al mismo tiempo, en Seattle, el bajista Jeff Ament y el guitarrista Stone Gossard intentaban formar una banda, sin la suerte de tener a Irons como baterista, pero con la fortuna de haber logrado que este les presente a un cantante llamado Eddie Vedder. Años después, Irons terminaría por sentarse en la batería de Pearl Jam, y el círculo cerraría perfecto.

Red Hot Chili Peppers era una banda con una buena reputación de funk rockers hiperquinéticos y heroinómanos. El cantante Anthony Kiedis y el bajista Flea se habían conocido en la secundaria, y aún hoy son los dos únicos miembros originales de la banda. Tanto Slovak como Irons se habían incorporado a la banda en distintos momentos, pero cuando Slovak murió de una sobredosis de heroína, Irons renunció a la banda, y sus reemplazantes fueron los que terminaron por definir su sonido: el baterista Chad Smith y el guitarrista John Frusciante. En 1991 la banda ya tenía casi una década de historia, y con esta formación habían grabado el exitoso Mother’s Milk.

Mi amigo Leandro fue el primer fanático de esta banda que conocí. Aunque él diga hoy que no lo es, yo creo que alguien que se hace los mismos tatuajes que Flea en la espalda y el tobillo, lo es. Como sea, fue Leandro quien me contó que para hacer Blood Sugar Sex Magik, los Peppers habían alquilado una casa que usaron como estudio, y vivieron ahí durante todo el tiempo en que duró la grabación. Incluso se decía que la casa estaba embrujada. Mi amigo también insistía en que muy en el fondo de una canción podía oírse el ruido de un auto que pasaba (cosa que nunca pude comprobar), o cómo Kiedis aclaraba su garganta con una suculenta escupida antes de cantar (eso sí lo escuché, cuando empieza el disco).

Sus videos eran geniales. Los chicos los mirábamos porque nos gustaban los tatuajes, y las chicas los miraban porque les gustaba ver a Anthony en cueros. Y por la música, claro. En este disco los Peppers dejaban de ser solo una banda de funk metal, con canciones como “Breaking The Girl”, “I Could Have Lied” y “Under The Bridge”. La crítica los alabó y el público los hizo populares, y sería Frusciante quien no soportaría la presión de tener que cumplir con una agenda de compromisos, y de a poco se fue envolviendo en su propia locura y su adicción a la heroína, hasta que abandonó la banda en medio de una gira.

El ir y venir de músicos terminaría por repercutir en la escena. A mitad de los ochenta, en el estado de California convivían el funk de los Peppers, el hard rock de Guns N’ Roses y el glam metal de bandas como Mötley Crüe y Ratt. Pero la marca más violenta la dejó un género que combinaba los elementos del metal más clásico con la velocidad y furia del punk. No fue Metallica quien inventó el trash, pero sí fue el grupo que supo desarrollarlo y llevarlo hacia la masividad.

Metallica era una banda con una merecida reputación de borrachos quilomberos y ruidosos. Al igual que los Red Hot Chili Peppers, ya habían grabado cuatro discos, pero con un sonido muy distinto al que los haría famosos. El propio cantante James Hetfield admitiría después —en el momento de comparar al Álbum Negro con sus predecesores— que había buenas ideas, pero mal concretadas. Y junto al baterista Lars Ulrich (los dos jefes de la banda) eran grandes cabezaduras que solo sabían hacer las cosas de una manera: la propia. Pero dejó de suceder cuando Bob Rock, que había trabajado con bandas como Bon Jovi y Mötley Crüe, fue elegido productor artístico. ¿Había acaso un mejor apellido que Rock para que Metallica convirtiese su bola de ruido trash en su gran obra maestra?

El mérito de Rock fue enfrentar a la banda y decirles cómo tenían que hacer las cosas, y presionarlos hasta lograr lo que buscaba. Después de Metallica (el álbum), el heavy metal nunca fue el mismo. Todas las bandas que surgirían desde entonces tomarían como ejemplo su sonido. Y fue una canción —“Enter Sandman”— la que marcó el tono de un disco que resulta irresistible y asfixiante. La temática de las pesadillas, el riff siniestro del comienzo, esa voz que parece hablarte cada vez que dice “olvídate de ese ruido, solo es la bestia que está debajo de tu cama, en tu armario y en tu cabeza” hacían de Metallica la banda perfecta para temer, al menos mientras uno tuviese diez años.

En 1991 mi cerebro no era capaz de decodificar el rock pesado y, para ser honesto, esa imagen de vikingos salvajes me daba un poco de miedo. Si bien ya conocía las clásicas baladas del disco (“Nothing Else Matters” y “The Unforgiven”), llegué por completo a la máxima obra de Metallica al mismo tiempo en que ellos entraron en decadencia, o en su etapa menos festejada, la del disco Load. El formateo cerebral llegó a los quince o dieciséis años, cuando empecé a escuchar el heavy metal que pasaban en Tiempos Violentos, un programa de radio nocturno no comercial de la FM Rock & Pop, conducido por Alejandro Nagy, Gustavo Olmedo y Miguel Mora, tres tipos que parecían saber todo de música, y que me influenció como ningún otro.

Llegué tarde. No puedo culparme, ni culpar a mis padres por haber demorado su encuentro, casamiento y posterior consumación de mi concepción, no. Queda claro que no es necesario haber vivido los hechos para poder contarlos, porque si así fuese, no existirían los historiadores ni Stephen Hawking podría teorizar sobre el big bang. Pero a pesar de eso —y ya que en 1991 tenía solamente diez años— no hubiera estado mal tener tres o cuatro más. Hace no mucho un compañero de trabajo una década menor que yo se sorprendió al enterarse de que los de mi generación estábamos obligados a comprar revistas eróticas si queríamos ver una mujer desnuda.

Internet lo cambió todo. Eso de conseguir un CD antes de su fecha de salida y poder tenerlo de manera gratuita era inimaginable. Al menos en mi caso, las computadoras estaban en la NASA, no en las casas, y no servían para escuchar música. ¿En qué mente cabía la posibilidad de tener un aparato que permitiera buscar a cualquier artista, y poder tener sus canciones al instante? ¿Un sistema de compresión de audio? ¿Una red mundial que conecte todas las computadoras? Si uno de mis amigos se compraba un disco, ninguno de los otros adquiríamos el mismo. Existía entre nosotros el préstamo, la excursión hasta la disquería Vía33 de Ciudad Jardín, la decisión obligada de elegir en cuál invertir, y la paciencia de saber esperar a que llegue. No era mejor ni peor: era distinto.

Pero mejor tarde que nunca, diría mi abuela. Y seguro es también que el tiempo permite tener cierta perspectiva que la inmediatez no posee. Nevermind, Ten, Blood Sugar Sex Magik, Use Your Illusion y Black Album no necesitaron del tiempo para ser reconocidos (las críticas y las ventas los marcaron como éxitos instantáneos), pero sí para ser considerados clásicos fundamentales, hitos ineludibles para una generación y para la historia de la música en general.

¿Por qué estos discos fueron tan influyentes, y a qué se debe que hayan aparecido casi en un mismo lugar y al mismo tiempo, hace ahora veinte años exactos? No hay una única respuesta. Sin dudas el rock tendría algo para decir sobre un país que estaba en guerra y que salía de la era de Reagan para meterse en la de Bush padre. Sin ser obras de gran contenido político, tanto las letras como el discurso de las bandas (e incluso las mismas tapas de los álbumes) reflejaban desencanto, tristeza, escepticismo.

Pero no todo fue música. La Generación X quedó reflejada en el cine, en películas como Reality Bites (1994) y Singles (1992), dirigida por Cameron Crowe. Esta última era vendida como una comedia romántica en la misma línea que la primera, pero en realidad escondía una suerte de documental sobre el nacimiento del movimiento grunge. En ella participaban bandas como Alice In Chains y Soundgarden, y actuaban Eddie Vedder y Jeff Ament, de Pearl Jam.

La irrupción de MTV también posibilitó la aparición de muchos nuevos directores. Mientras que algunos se dedicaron a cosechar fama dirigiendo videoclips, unos pocos encontraron la veta del documental para contar la historia por detrás de la grabación de cada disco, o para retratar todo un movimiento. Los Peppers se mostraron en Funky Monks y Metallica lo hizo en A Year And A Half In The Life Of Metallica. Los esenciales Hype! y 1991, The Year Punk Broke hurgaban en los comienzos de la movida de Seattle, y más de una década después, cuando la nostalgia se convirtió en un gran negocio, la serie de documentales Classic Albums haría lo mismo con Nevermind y el Black Album. El último paso lo daría el canal VH1, cuando en 1996 empezó a emitir su clásico programa Behind The Music.

El revisionismo fue casi impulsivo, y las raíces musicales de la explosión de 1991 quedaron expuestas para toda una nueva generación consumidora de música. Conocer a Neil Young y The Who fue casi inevitable después de escuchar a Pearl Jam, y todos supieron que Nirvana no hubiera aparecido sin los Sex Pistols y Pixies como antecedentes; que era muy difícil divorciar a Metallica de Black Sabbath y Motörhead, y a los Peppers de George Clinton. Y no hay dudas que los Guns N’ Roses existieron gracias a Mötley Crüe y Led Zeppelin.

Si no fuera por ellos, yo no habría comprado discos ni escuchado la radio, ni aprendido a tocar la guitarra para darme cuenta (después) que no servía para eso. Sin esa frustración de no poder ser músico, seguramente no me habría dedicado al periodismo, ni habría escrito estos recuerdos melómanos que ahora un lector curioso está leyendo en estas páginas. La historia continuará cada vez que alguien apriete play y vuelva a sorprenderse, o lo haga por primera vez.

Esos momentos no se olvidan, no señor.

Fuente: Orsai 3

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