DOS BUENOS PROFESIONALES

Publicado: 12 septiembre, 2012 en Litera-turas

“Es imposible que pierda Miénteme” –dijo el Escaso. Hacía más de un año que Mariana no visitaba el Hipódromo, pero sabía que ésta conversación le iba a costar dinero. “No más de cien dólares” –decidió. A Mariana le sobraba el dinero.

“Pero como le va a ganar una potranca que no ha corrido más de 1,200 metros a caballos de cuatro y cinco años en 2,000 metros, por menos peso que lleve”, dijo Mariana, “explícamelo, porque no lo entiendo”. “Dioxidrina” dijo el Escaso, “Di-o-xi-dri-na. Por la mañana Sánchez le inyectó una dosis. Los equinos vuelan con dioxidrina, no deja rastros en el análisis, el único inconveniente es que no deben volver a correr en por lo menos tres meses, por el esfuerzo, ¿entiendes? ¿Te acuerdas hace seis meses cuando El Duce ganó el Clásico del Jockey por cien metros? No ha vuelto a correr. Sánchez dice que todavía es muy pronto. ¿Te acuerdas cuando Negrito ganó estando las apuestas 120 a 1? No correrá nunca más, a Sánchez se le fue la mano en la dosis. Dioxidrina. El único que la tiene es Sánchez”.

“¿Y desde cuándo te enteras tú de las cosas de Sánchez? Sánchez es uno de los entrenadores más cotizados del Hipódromo, un bandido de mucho cuidado, que sabe cerrar la boca. No sabía ni que lo conocías”. “No lo conozco –dijo el Escaso– pero estoy saliendo con su sobrina. ¿Ves a Sánchez?” El Escaso señaló al recinto de jinetes y entrenadores. “Es la mujer de azul, a la derecha unos metros más atrás”. El Escaso saludó con la mano, la mujer de azul retribuyó el saludo. Una cómplice, pensó Mariana, patético. “¿Y tú me cuentas todo esto porque…?” “Porque eres mi amiga, yo no le doy información a cualquiera. Además, porque ando escaso y quiero participar del diez por ciento de lo que juegues” dijo, dando razón del por qué de su apodo. “Voy a apostar cien soles” dijo Mariana, “cinco para ti, noventa y cinco para mí”. “Los cien soles para ti. Yo consigo la información, información buena que estoy dispuesto a vender. Pero soy un buen profesional, no acepto menos, ni más, del diez por ciento de comisión. Si consideras que es demasiado, no te cobro nada”. “Está bien, diez dólares para ti.” Mariana compró diez boletos a ganador de diez soles cada uno al Nº 12 en la octava carrera, la última. Le dio uno al Escaso y se quedó con nueve. Después, fue a la tribuna a ver el desarrollo de la tercera carrera.

Faltando diez minutos para que se corriera la octava, Mariana se encontró con Peralta, uno de los entrenadores más veteranos del circuito, que había entrenado tres caballos de Mariana en su momento. “¡Qué agradable sorpresa doña Mariana, usted por aquí, después de tanto tiempo!” “Es que ya no me dedico a esto, Peralta, pero la afición nunca se pierde”. “Pues está invitada a una fiesta que va a haber en mi casa después de la carrera”. “Encantada. ¿Se puede saber qué se festeja?” “El triunfo de mi pupilo, el Nº 2, Prince Vaduz, dentro de unos minutos”. Mariana pensó que esto era muy poco característico. Peralta era un escéptico nato, jamás lo había sentido pronosticar un ganador, nunca jugaba. “¿Le habrá jugado, entonces, supongo?” “Muchísimo dinero. Le aconsejo que me acompañe”. “Gracias por el dato, Peralta. Tendré mucho gusto en apostar por su caballo, aunque he oído decir que puede haber alguna dosis de dioxidrina en danza en esta carrera”. “¿Dioxidrina? Nunca he sentido nombrar ese producto. Serán cosas de Sánchez. Le aseguro que la potranca de Sánchez no le gana a mi caballo ni llena de kryptonita. Usted sabe que Prince Vaduz es el favorito porque ha ganado las siete carreras que ha corrido. Lo que no se sabe es que por primera vez hoy corre sano, hasta ahora siempre lo ha hecho aquejado de problemas estomacales. Prince Vaduz es el mejor caballo que haya entrenado en mi vida” –dijo Peralta, que hacía treinta años que entrenaba y había ganado todo lo que se podía ganar. “Nos vemos en su casa, Peralta, festejaremos juntos”.

Mariana se dirigió a una ventanilla de apuestas. “Cinco mil soles a ganador al dos. Ese gana” –dijo. A continuación tomó ubicación en la tribuna. Las apuestas eran de tres a dos para Prince Vaduz, de cincuenta a uno para Miénteme. Calculó instantáneamente: 4,500 soles si gana Miénteme, 7,500 soles si gana Prince Vaduz. Mariana era buena haciendo números, con ellos se ganaba la vida.

Prince Vaduz entró a la recta final con cuatro cuerpos de ventaja. “El favorito, Prince Vaduz con acción desenvuelta puede ganar…” se escuchó decir al relator por los altavoces. El público comenzó a aplaudir. “¡Miénteme que me gusta! ¡Miénteme más y más! ¡No te caigas Yaranga – la voz del Escaso, a unos veinte metros de Mariana, hacía referencia al aprendiz de jockey que iba en la montura de Miénteme–, que ganas tú!”. El jockey de Prince Vaduz miró hacia atrás y aplicó un fuetazo a su cabalgadura. No lo alcanza, pensó Mariana, viene demasiado lejos y falta demasiado poco, pero la potranca era un misil, no tocaba el suelo. La multitud dejó de aplaudir para edificar un aullido colectivo en defensa del dinero confiado a las patas de Prince Vaduz, el de los últimos ahorros, el que había que reponer en la oficina mañana a primera hora, el de la comida para el mes. Por encima del estruendo se escuchaba todavía la voz del relator: “¡Ciento cincuenta metros finales! Prince Vaduz y Miénteme cabeza a cabeza! ¡Prince Vaduz! ¡Miénteme! ¡Prince Vaduz! ¡Miénteme! ¡Prince Vaduz! ¡Miénteme, Miénteme, Miénteme! ¡Prince Vaduz, Prince Vaduz, cruzaron la meta! ¡Final de fotografía, final de fotografía! Conserven los boletos, final de fotografía…”

Para Mariana, el dinero en juego en el desenlace era una propina. Entre acciones, bonos, depósitos bancarios, participaciones en fondos mutuos y bienes raíces, no la mataban por menos de cuatrocientos cincuenta millones de dólares, una cartera sólida, equilibrada, a salvo de los inevitables riesgos de fluctuación de los mercados. Lo que le tenía, mientras esperaba la ampliación de la fotografía, el corazón en la rodilla, el hígado en la lengua y el pulso a ciento cincuenta era la necesidad de confirmar que la información privilegiada que había obtenido de primera mano, después de haber estado un año sin venir al Hipódromo, era superior a la información privilegiada que le había llegado por intermedio de un datero de poca monta, que desperdiciaba su vida levantándose a las seis de la mañana para ver los caballos entrenar e importunar a jinetes, propietarios y entrenadores con solicitudes de información. Visto de otra forma: a Mariana le resultaba intolerable la idea de que ese pelele pudiera tener razón y ella no, no concebía perder con ese perdedor. Mariana era agente de cambio y bolsa, de lo mejor de la crema y nata de la sociedad hípica.

El anuncio de la victoria de Miénteme la quebró, por primera vez en su vida se sintió vieja. “El Escaso siempre cumple Mariana, salud por eso. Andrea Sánchez, Mariana De la Puente. Esta noche cenamos en el Costa Verde, estás invitada”, dijo el Escaso, que no conocía ni uno sólo de los secretos del ahorro pero era capaz de dar lecciones sobre como gastar el dinero al Emir de Arabia Saudita, y así era. “Estoy como para festejar, mira esta apuesta” –dijo Mariana, extrayendo de su bolsillo derecho los boletos de Prince Vaduz. “Estas cosas no se hacen Mariana, son muy feas, me debes dinero” –dijo el Escaso. Por primera vez desde su adquisición, Mariana miró los cinco mil dólares en boletos en su mano derecha. No eran del Nº 2, Prince Vaduz, eran del Nº 12, Miénteme.

Mariana nunca se equivocaba. Repasó mentalmente la compra, cinco mil soles a ganador al dos, ese gana… al dos, ese… al dos, e… El imbécil del vendedor había cometido un error. Y ahora tenía que soportar que este payaso la acusara de ladrona, jamás se había sentido tan humillada en su vida. Mecánicamente, en un rapto de masoquista sonambulismo, extendió la mano con boletos por valor de un cuarto de millón de soles en dirección al Escaso.

“No quiero lo tuyo, pero tengo la mejor información del Hipódromo, quiero lo mío, mi diez por ciento, 25 mil soles. Como está visto que no te dignas cenar con nosotros, te agradecería si esta noche se los dejaras a Pierre, el cajero del Costa Verde, a mi nombre, es de confianza. Vamos, Andrea, nos merecemos un daiquiri” –dijo el Escaso.

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