FÁBULA DEL INCREADO

Publicado: 28 diciembre, 2012 en Paranoias

The OneEn el principio solo había oscuridad. Dios nadaba entra las tinieblas dispuesto a fabricar un mundo habitado por personas hechas a su imagen y semejanza. Conocía perfectamente todos los detalles sobre la fabricación de ese mundo, desde la carga exacta de un protón, la forma adecuada de la pluma de un ave, el efecto gravitatorio de un agujero negro… Lo sabía ab-so-lu-ta-men-te todo acerca de lo que iba a crear.

Sin embargo, cuando se ponía a pensar en dirección opuesta solo hallaba oscuridad, dudas. Por ejemplo ¿por qué Él existía? Dios no sabía el por qué de su propia existencia y estaba tan perdido en su infinidad como el humano en su pequeño mundo azul. No recordaba haber nacido en ningún momento, los recuerdos de su origen se iban haciendo más borrosos a medida que avanzaban los eones.

Pero cierto día, tras arrasar un par de ciudades con meteoros de fuego, Dios se quedó en actitud reflexiva con un dedo bajo su nariz. Entonces se acercó a un hombre que estaba sentado debajo de un olivo y le dijo:

— ¿Usted me podría decir cómo es que existo?

A lo que el hombre contestó:

— ¿Que cosa?
— Es decir, yo soy Dios, la causa incausada. ¿Qué rayos hago yo aquí?
— No le entiendo señor.
— Quiero decir, que de dónde salí. Bueno, no salir porque soy eterno e increado. Me refiero a por qué existo y para qué.

El hombre entonces se rascó la cabeza y le respondió:

— Mire usted, yo solo soy el tonto del pueblo y no tengo oficio ni beneficio. Esas cuestiones mejor haría en preguntárselas a los sacerdotes, que son los que entienden de todas estas cosas y seguro le dan una buena respuesta o al menos una respuesta al fin y al cabo.
— Pero es que se rumorea que tengo un creador, de nombre impronunciable, un creador del infinito y de la energía misma que soy yo… Tal vez ese Primer Creador es tan jodidamente complicado e imposible de entender que prácticamente nada se sabe acerca de él.

En ese momento Dios se sacudió la cabeza y el universo tembló. Aquello eran ideas ridículas, no había ninguna prueba, ningún indicio… tan solo una duda en su interior y una necesidad de respuestas. Entonces Dios se dio media vuelta y sin decir nada se alejó con aire deprimido.

Desde aquel día no volvió a derrumbar ciudades ni a aparecerse en forma de arbusto parlante.

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