NOSTALGIA DE COOL HAND LUKE

Publicado: 17 marzo, 2013 en Cinema-tron

No recordaba cuántos huevos duros se había comido el personaje de Paul Newman en Cool Hand Luke [traducida aquí como La Leyenda del Indomable]. He tenido que verla de nuevo: fueron 50 en una hora. Tampoco sé cuántos se comió realmente (no voy a buscarlo, prefiero fantasear) pero conociendo la reputación de Newman en su juventud y su obsesión por “el método”, quiero creer que se comió todo los que pudo con la intención de que Cool Hand Luke, aquel prisionero tozudo metido en una cárcel de Florida por arrancar parquímetros, apareciera a ojos del espectador como alguien capaz de zamparse medio centenar de huevos duros.

Cool Hand Luke es una de mis películas favoritas de Newman, por encima de cualquier clásico que a uno le pueda venir a la cabeza al nombrar a este titán de la interpretación. La película, dirigida por Stuart Rosenberg y estrenada en 1967, es tan radical en su esencia como puede serlo The Fight Club, Le Salaire de la Peur o The Grapes of Wrath, una patada al establishment que apostaba por más golpes, más guardias, más vallas como todo método de reinserción. El final del filme, sin guiños ni tonterías, sumaba aún más gasolina al incendio y marcaba un hito en la carrera de Paul Newman, un galán de manual, guapo hasta decir basta y con unos ojos que hubieran convertido a la mujer de Lot en estatua de sal sin necesidad alguna de intervención divina.

Sin embargo y como acostumbra a pasar con los mitos, llámense Bogart, Sinatra, McQueen o Marvin, la clave del personaje (y probablemente de la persona) era algo que el humano intuye pero la cámara captura: la autenticidad. En el libro Crying Men que Sam Taylor Wood dedicó a las lágrimas de los actores, Newman aparecía, simplemente, con una mano, su derecha, que le cubría parcialmente el rostro. Otros actores aparecían desolados, derramando lagrimones del tamaño de un limón, pero él no. A él le bastaba con mirar a cámara con un solo ojo. Cuarenta años antes, Sid Avery, el rey del retrato hollywoodense, lo había fotografiado en su casa, haciéndole el desayuno a Joanne Woodward (su chica de siempre, la que quiso, la que tuvo y con la que probó que algunos romances sí son eternos), en pantalones cortos y esa sonrisa de truhán con la que te reirías mientras te cuenta que hace un par de días robó un camión blindado. Nuevamente, esa naturalidad desarmante se introducía por el objetivo de la cámara y se te metía directamente en el cerebro, sin filtros.

Newman era de esos tipos que claman a gritos que su reino no es de este mundo. Tipos que trazan una línea en el suelo y te advierten que no la cruces, tipos que a medida que envejecen revelan su verdadera fortuna: como Clint Eastwood, Ray Winstone, Christopher Plummer o Tom Wilkinson. Con cada arruga, con cada achaque, añaden una capa a la cebolla y se vuelven más complejos, más sombríos, más brillantes. Si uno echa un vistazo a Butch Cassidy & The Sundance Kid y The Sting, y luego a The Verdict y Twilight, quedarán pocas dudas de lo bien que le sentó a Paul Newman añadir velas al pastel. Naturalmente, ahí quedan The Hustler, The MacKintosh Man o Harper pero parece que llegados a cierto punto, cuando ya no eres el joven apuesto que arrastras adolescentes a los cines, en lugar de bajar el telón lo subes hasta que te golpeas con el techo. De ese Newman maduro, sin miedo, capaz de darle entidad dramática a un papel de fumar, me quedo con ese (semi)villano (de los pocos que interpretó) llamado John Rooney. Fue en Road To Perdition, la —muy— infravalorada película de Sam Mendes, donde Chicago volvía a su esplendor (quizá el que nunca tuvo) y donde Newman se calzaba los zapatos de boss atormentado por las estupideces de su hijo. Cada plano de ese filme en el que asoma John Rooney es un homenaje al actor, un tributo a medio siglo de carrera. La escena bajo la lluvia, con el mito refugiado bajo un paraguas y la parca (en forma de metralleta en las manos de un asesino profesional) acechando bajo la luz de los faroles es, llana y simplemente, la última vez que el público pudo disfrutar en pantalla grande de la desarmante mirada de aquel señor de Shaker Heights, un pueblo de Ohio, donde había nacido el 26 de enero de 1925.

De Newman siempre me gustaron sus andares, algo inclinados, como si así, eludiendo la línea recta, el horizonte le quedara más cerca. Me gustaban sus películas con Robert Benton, porque este lo trataba como a un colega, y eso se notaba hasta cuando le filmaba la nuca. Me gustaba su bigote, sus sacos y sus zapatos lustrosos, porque le daban pinta de detective privado, de los que se tiran a tu mujer y se beben tu vino bueno. Pero sobre todo me gustaba el hombre que se escondía detrás del actor: no hacía falta mirarle dos veces para entender que no había más luz que la que veías. No era alguien con quien te irías a tomar una trago o a cenar, era el tipo al que llamarías si estuvieras en problemas. Por eso era (y es) imposible no sentir respeto por aquel gigante que podía hacer más enarcando una ceja que otros con cinco años estudiando con algún gurú de la actuación.

El próximo 26 de setiembre hará cinco años que Paul Newman nos dejó. Discreto, silencioso, alejado de los focos, alérgico a la fama. A través de su marca de salsas había donado docenas de millones de dólares a todo tipo de causas benéficas (no precisaba hacer comunicados ni salir en la tele dando la mano a nadie) y seguía acogiendo en su casa a estudiantes de inglés. Seguía yendo a su restaurante favorito, seguía yendo a ver carreras de la NASCAR y seguía cocinando, como siempre había hecho. Su legado, más allá de la actuación (y su monumental carrera) se encuentra en algún lugar entre la grandeza y la humildad. Había sido un mal estudiante, un notable operador de radio (en la Segunda Guerra Mundial), un galán, un crápula, un actor fabuloso y, en 2007, había dicho “ya no me veo capaz de seguir interpretando” antes de irse a su casa sin montar ningún numerito.

¿Cómo no vamos a echar de menos al maldito Paul Newman?

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