BLACK MIRROR

Publicado: 1 abril, 2013 en Delirios, Devaneos de cabeza, Mundo enfermo, Televisão

A Ulises,
que conoce el sendero del mal

Black Mirror

Quizá la mejor manera de enfrentarse a los tres primeros capítulos de Black Mirror sea sin saber absolutamente nada sobre los mismos. Verlos sin haber sido contaminados por tan siquiera una sinopsis previa. Obviamente llegar virgen y puro a la proyección reforzaría el impacto de la obra y por dicho motivo la primera recomendación lógica sería invitar al lector a saltarse este texto y lanzarse sobre la serie en el caso de que no lo haya hecho todavía. Pero del mismo modo, y a sabiendas de que muchas veces son necesarios incentivos para dedicarle más de cuarenta minutos a algo en lo que no rueda una pelota, durante estas líneas se intentará explicar a los rezagados (como yo) qué es lo que ofrece Black Mirror y, sobre todo, examinar sus tres primeros capítulos sin reventarlos en la medida de lo posible, esquivando el fácil spoiler y reservando el sitio para la sorpresa, pero al mismo tiempo tratando de inocular el interés.

Charlie Brooker es un caballero británico que con su pluma tiene la elegante y envidiable capacidad de incomodar a demasiada gente. De hecho, además de caballero y británico, el hombre es bastante vulgar y malcriado. Y gusta de revolcarse en sus principales filias (la tragedia humana, la televisión y los videojuegos) amparado por la sátira y haciendo gala de un humor bastante corrosivo e hijoputesco.

Brooker comenzó ejerciendo de dibujante en Oink! para a continuación trabajar como redactor y encargado de una tira cómica en las páginas de PC Zone, una famosa revista de videojuegos donde, además de una sección en la que insultaba a los lectores que se animaban a escribir al magazine, consiguió la loable meta de causar polémica y que se llegaran a retirar números de algunos kioskos al bromear mediante una ilustración con el salvajismo contra los animales a costa de Tomb Raider. Más adelante saltó al periódico The Guardian como columnista del suplemento G2. Y siguió jodiendo: finiquitó un artículo sobre el presidente George W. Bush con la provocativa línea “John Wilkes Booth, Lee Harvey Oswald, John Hinckley Jr. ¿dónde están ahora que los necesitamos?” y aquel chiste tan irreverente le reportó una montaña de entrañables amenazas de muerte. Brooker aseguró que no esperaba una reacción tan desmesurada mientras se aflojaba el cuello de la camisa, pero continuó con bastante éxito (Columnista del Año en los British Press Awards del 2009) plasmando opiniones y locuras varias, como la sección Ignopedia, una Wikipedia en versión ignorante, en el referido suplemento G2.

También comienza a pasearse por la radio y, sobretodo, a través de varios programas de televisión como guionista, presentador o mente creativa. Creó Screenwipe, Newswipe y Gameswipe, programas donde revisaba con un tono bastante mordaz la programación de la parrilla televisiva, los medios de comunicación y los videojuegos, respectivamente. También destaca en su curriculum el haberse aliado con otro provocador irreverente como es Chris Morris (a quién quizá conozcan por su papel en The IT Crowd) para escribir la serie Nathan Barley y, de igual manera, firmar parte del loquísimo guión de un épico capítulo de Brass Eye, una serie de falsos documentales satíricos creada por Morris. Concretamente, aquel capítulo que llegaría a desencadenar toda una tormenta de polémicas e iras de figuras públicas: The Pedo Special (el Especial Pedofilia). O una sorna de genial título alternativo (Paedogeddon) sobre la psicosis e hipocresía de los medios de comunicación ante la pedofilia. Y mientras todos rugían, ellos relajados por lo irónico que acabó resultando todo el asunto.

En 2008 Brooker salta a la fama adquiriendo cierta repercusión mundial al idear una nueva serie de cinco capítulos que surge de una idea bastante quemada: mezclar el cine de terror con la particular visión que el mismo tiene del entretenimiento catódico moderno. Nace Dead Set, o lo que es lo mismo: Gran Hermano con zombis. La idea es genial y tiene su gracia; una invasión zombi se propaga entre la gente y causa lo típico en estos casos de fenómenos naturales desatados: muertos vivientes a granel, alegre pandemia y a ponerse a luchar para que nadie te coma. El pánico se apodera de toda la población. ¿Toda? No. Un irreductible grupo de concursantes de Gran Hermano, completamente ajenos al apocalipsis zombie, continúan en el interior del set televisivo participando como si el programa no hubiese pasado a un segundo plano en lo que viene a ser el interés popular prioritario. La inaudita propuesta convenció hasta al más incrédulo del sector crítico y fue nominada a un BAFTA como mejor serie dramática.

Y llegados a finales del 2011, el malhechor de Brooker saca de la chistera para Channel 4 otra serie de breve extensión (tan sólo tres capítulos) titulada Black Mirror. La productora se encargaba de promocionarla como una especie de The Twilight Zone (aquí conocida como La Dimensión Desconocida) mezclada con los Tales Of The Unexpected de Roald Dahl en versión tecnológica. No era, en absoluto, una mala carta de presentación.

El “black mirror” del título se refiere a ese espejo oscuro que son las pantallas de nuestras computadoras, de nuestros televisores, de nuestros teléfonos celulares y de todos aquellos aparatos domésticos que han llegado a adquirir tanta importancia en la sociedad. Dicho título, y por tanto el simbolismo tecnológico que representa, es lo único que tienen en común los tres capítulos, puesto que ni comparten personajes, ni lugares, ni eventos y ni siquiera el mismo plano de la realidad. La serie además se caracteriza por dejar a un lado cualquier indicio de comedia pura y centrarse en el drama visceral. En realidad, se aprecia notablemente en el tono general de la obra una ironía pesimista y muy cruel que parece dedicarse a darle una paliza continua a toda felicidad que trate de asomar la cabeza. Lo cual en el fondo, y desde un punto de vista muy sádico, tiene bastante gracia.

Black Mirror es, en tan sólo seis capítulos autoconclusivos e independientes, potente y contundente. Una sátira moderna que impacta y una puesta al día de aquel aire fantástico que tenía la Dimensión Desconocida utilizando la obsesión por la tecnología como motor y motivo.

Black Mirror es una patada en los huevos con premeditación y alevosía mientras tú estabas tuiteando que te encontrabas a punto de recibir una patada.

CAPÍTULO  1:  THE  NATIONAL  ANTHEM  [EL  HIMNO  NACIONAL]

Guión: Charlie Brooker
Director: Otto Bathurst

El primer capítulo transcurre en un futuro no demasiado lejano y su trama nace y se construye en torno a una extorsión demencial que se nos revela durante los primeros minutos de historia, un chantaje absolutamente retorcido cuya principal demanda se encuentra en las antípodas de la sutileza y bien pudiese haber salido de una brainstorming de lo peor de 4chan. La perversa firma de Brooker en el guión resulta omnipresente. Lo más interesante de todo es que a partir de aquí el capítulo toma la férrea decisión de construir un thriller político totalmente en serio. Y lo sorprendente es que lo consigue sin tambalearse hacía lo puramente mundano y zafio, como hubiera sido de esperar.

El himno nacional cuestiona a los medios de comunicación y su papel en una sociedad que cada vez dispone más herramientas (Twitter, Facebook o Youtube) para extender con suma facilidad y a la velocidad de la luz cualquier noticia e incluso forzar las decisiones de un gobierno a golpe de trending topic y hashtag. Pero también aborda otras cuestiones: el valor de la dignidad humana, el deber de la figura pública, la existencia de una sociedad deshumanizada y abotagada ante un degradante espectáculo televisivo. Pan y circo.Y con animales.

El capítulo funciona de manera inteligente: tras el desquiciado arranque el espectador habrá mordido el anzuelo, y la consecuente maratón contrarreloj para abordar de un modo u otro la crisis le resultará como mínimo curiosa. Pero sus méritos van más allá; está narrado con destreza, convirtiendo en elegante algo que no lo es en absoluto y manteniendo un pulso constante entre el drama y ese humor negrísimo que se respira. El actor Rory Kinnear está patéticamente perfecto en el papel de Primer Ministro inglés. El conjunto es una especie de The Thick of It en plan Historias Asombrosas pasado por un filtro jodido y demente en el que se alumbran algunos instantes brillantes, como aquel en el que la jocosidad de la población ante la situación acaba convirtiéndose poco a poco en compasión. Y una vez visto el capítulo, desde un punto de vista más lejano se hace presente que nos acaban de contar un chiste cruel, una fábula de sádica sorna, y que lo han hecho manera estupenda.

Pasatiempo mental propuesto: imaginarse a ministros de este país condenados al mismo destino del Primer Ministro del capítulo y tratar de calcular cuántos de ellos lo harían. Cuantos lo harían por placer, me refiero.

CAPÍTULO  2:  15  MILLIONS  MERITS  [15  MILLONES  DE  MÉRITOS]

Guión: Charlie Brooker y Kanaq Huq
Director: Euros Lyn

La segunda entrega de Black Mirror rompe de manera radical con la ambientación de la predecesora y nos introduce en un mundo aparentemente mucho más alejado en el tiempo y notablemente diferente al actual: todo es distópico, muy orwelliano y tecnológicamente grandilocuente. La presentación del entorno en el que malvive el protagonista es lo más llamativo por el ingenio desplegado: la publicidad violentamente invasiva en la vida diaria, el uso del sistema de puntuación que da título al capítulo e incluso el adoptar elementos de la actual generación de consolas de videojuegos para que la sociedad de ese mundo se vea reflejada en la pantalla de una manera que vaya más allá de lo meramente refractario. El reinado de la pantalla es todopoderoso y uno se pregunta cómo es posible que en ese futuro las personas no vayan armadas en todo momento con un botellón de colirio debajo del brazo.

El guión (escrito mano a mano por Brooker y Kanaq Huq, su señora esposa) nos presenta una enorme maquinaria en funcionamiento, pero se olvida a propósito de quién está detrás de ella para contarnos las desdichas de un personaje que trata de sobrevivir intentando no ser fagocitado por el propio sistema. De repente, nos cuelan el referente televisivo contemporáneo: si en Dead Set Brooker introducía Gran Hermano en la historia, aquí hace lo propio fotocopiando otro famoso concurso de masas popular estupidizante, pero dotándolo de tanta importancia como para que sea el detonante de los principales acontecimientos.

La parejita de guionistas firma una historia de ritmo pausado que insiste en fustigar de manera constante y cruel a su protagonista, un hombre que pedalea constantemente solo para descubrir que cualquier atisbo de luz al final del túnel acaba convirtiéndose en un tren que viene de frente. Ironías crueles, la sociedad como una masa maleable y conformista, los falsos ídolos y la naturaleza extirpada y digitalizada a través de una pantalla.

15 Millions Merits es el capítulo más complejo estéticamente pero el más flojo del conjunto por comparación; no tiene el poder de desencajar mandíbulas del primero ni el de jodernos la vida del tercero, pero esto no quiere decir que sea malo en absoluto, en realidad está a un nivel muy superior a la mayoría de propuestas televisivas actuales. Quizá palidece junto a sus dos hermanos por recorrer caminos más transitados, por lo que la crueldad del cuento nos resulta más predecible al no resultar tan difícil aventurar el destino del protagonista tras decenas de años masticando sci-fi. Pero aún así funciona. Su producción está llena de ocurrencias ingeniosas y su libreto hila bien los detalles logrando también momentos notables: como ese infierno personal, al que es sometido el protagonista tras la participación de su amiga en el concurso, que convierte un visionado obligatorio de las pantallas en una desalmada condena.

También 15 Millions Merits sirve para descubrir que Rupert Everet sigue vivo, aunque le ha crecido la barba y ya está lejos de aquel entrañable Dellamorte Dellamore.

CAPÍTULO  3:  THE  ENTIRE  HISTORY  OF  YOU  [TODA  TU  HISTORIA]

Guión: Jesse Armstrong
Director: Brian Welsh

En The Entire History Of You se construye la trama en torno a un revolucionario avance tecnológico que ha cambiado por completo la existencia de todo ser humano.

Este es el único capítulo que no escribe el creador de la serie y curiosamente el más redondo y eficaz. Su guión funciona como un maldito reloj suizo. Basta citar la propia presentación del innovador artilugio y cómo se lleva a cabo de manera impecable en tres escenas consecutivas: mediante un viaje en taxi conocemos su existencia, en un aeropuerto descubrimos que su uso es universal, y por último durante una reunión de varios personajes entendemos sus aplicaciones sociales y cómo se utiliza comúnmente.

Y a partir de aquí se desata la tempestad.

La brillantez se basa en construir el capítulo alrededor de este avance futurista, pero hacerlo ahondando en algo mucho más personal e íntimo que el mero relato fantástico. Tan personal como puede serlo una relación de pareja y sus problemas. La discusión, la desconfianza como germen autodestructivo, el temor a lo impensable, reventarse la cabeza una y otra vez repasando los hechos por pura obsesión y multiplicar esa incómoda sensación al entrar en juego el aparatito y la evidencia digital irrevocable, dudar de todo y sobre todo de la persona que tienes a tu lado. The Entire History Of You empieza estupendamente pero toma impulso para ir más allá, son cuarenta minutos desbordados de buenas ideas (el método para vigilar al hijo y a su niñera, el uso del aparato como argumento durante una discusión) y donde todo parece estar escrito o existir para encajar perfectamente en algún momento concreto del relato (la razón por la que una chica no consigue lograr por teléfono que la policía llegue a tiempo) remarcando la sensación de continuidad lógica de este último cuento.

Y su epílogo, las últimas imágenes del protagonista tras la tormenta tienen un encanto visual sumamente desasosegante.

El tercer capítulo de Black Mirror funciona como un reloj y aplasta como un martillo, los actores son competentes como para resultar totalmente creíbles y humanos, por eso mismo el agónico desenlace tiene el doble de fuerza. Y es de agradecer que de todos los caminos posibles a desarrollar una idea de ciencia ficción con tantas posibilidades se haya optado por el menos obvio, la pequeña escala, los sentimientos y la traición. Y se ha acertado de pleno. Es un broche perfecto a la trilogía televisiva de Brooker.

A todo esto hay que añadir que también contiene uno de los grandes momentos de la historia de la televisión reciente, un instante fugaz que aún así es oro puro: la escena del sexo. Ese encuentro sexual que se nos muestra es una ocurrencia tan brutal, pesimista, representativa y devastadora que una vez contemplado como mínimo habría que levantarse del sillón y enmarcar el televisor.

Esa televisión. Y su aterradora pantalla negra.

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