DEMOCRACIA A CUATRO MIL METROS SOBRE EL NIVEL DEL MAR

Publicado: 13 mayo, 2013 en Anarkías, Infinita tristeza, Mundo enfermo, Paranoias, Zoon Politikon
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Hay algo de brujo y de víctima en cada uno de nosotros cuando nos enfrentamos a las fuerzas de la naturaleza. En las alturas de la sierra, los desiertos también pueden ser verdes y húmedos y matar de soledad o de frío. Un inmenso páramo amarillento, donde suele silbar la paja, se convierte en un imán para la lluvia desde tiempos ancestrales y en un campo fantástico para las siluetas que se atreven a cruzarlo antes de que anochezca.

En el mes de marzo se realizó en Cajamarca una asamblea en las lagunas de Conga. En ella, las organizaciones participantes acordaron dar un plazo determinado a la minera Yanacocha para que retirase su maquinaria del lugar. Allí, en las alturas, encontramos a una pequeña mujer, emblema de la resistencia cajamarquina en torno al derecho sobre la tierra.

***

Los cerros les roban el ánimo a los cristianos cuando no avanzan rápido; eso asegura, entre bromas y en serio, uno de los recios comuneros que avanzan sin pausa entre montes y peñascos por el camino que conduce al mismo corazón de Conga, la laguna Azul. Otro comunero, bolo de coca y cañazo encima, le responde que ésas son cojudeces, que hay que avanzar nomás. Los últimos de la caravana vemos cómo se pierden sus espaldas tras unas enormes y verdes colinas. Ya no están. Nos hemos quedado solos.

Santiago, un carismático antropólogo neoyorquino, avanza a paso acelerado para dar alcance a la primera comitiva encabezada por el líder ambientalista Marco Arana y los dirigentes Milton Sánchez y Eddy Benavides, además de cientos de comuneros que tienen como objetivo la laguna El Perol para realizar una asamblea de coordinación de resistencia. Santiago, de poblada barba castaña, está haciendo un doctorado en conflictos sociales y ha elegido a Cajamarca como uno de sus centros de estudio. Es un tipo divertido, hasta que le toca hablar de los derechos del campesino peruano sobre el agua y la tierra: entonces su gesto se torna serio.

Kilómetros adelante, documentalistas canadienses y europeos utilizan mulas para transportar sus carpas y equipos. Tienen tanta resistencia al frío y a la altura que podrían competir con los mismos comuneros de la zona.

Nos hemos quedado atrás. Alguien previó —erradamente— dos horas de caminata desde la comunidad de Jadibamba, donde quedaron estacionados los vehículos, hasta las famosas lagunas en conflicto por el proyecto minero Conga. Para algunos la marcha duró cinco o seis horas, cuando fueron sorprendidos al final del camino por la noche y la niebla que cubrían hasta el último rincón del horizonte.

Horas antes, aún con la luz de la tarde, llegó un momento en el que los rezagados nos rendimos y decidimos aguardar el frío y la noche a la intemperie de la jalca, pero un guía, forjado en las artes misteriosas de Huancabamba, brindaba con el cerro para que nos “soltara” y nos dejara seguir. Era necesario brindar con el Apu con harto pisco, bolo de coca e incluso caramelos de limón. Lo más probable es que la sugestión nos haya ayudado a recuperar las fuerzas y a seguir a paso firme por páramos desolados, ichus húmedos y bofedales que mojaban hasta las rodillas.

La visión de dos siluetas en el horizonte fue lo más parecido a la alegría de descubrir un continente nuevo. Eran dos comuneros filmando el valle. “Éstos trabajan para la mina”, comenta el guía. Los hombres son jóvenes y se ponen algo nerviosos. Estamos esperando a nuestro alcalde, se defienden. No queremos empezar una discusión; les pedimos una indicación y nos la dan. Nos señalan un extraño oasis en medio de tanta soledad, una carretera resguardada por dos ómnibus de la Dinoes.

Avanzamos por más peñas magistrales y riachuelos, y por fin flanqueamos el camino. Luego rodeamos una tranquera y subimos hasta un bosque de piedras que sirvió de fortín para que los emblemáticos Guardianes de las lagunas acampasen en forma rústica, entre palos y plásticos, y vigilasen que no se acerquen la maquinaria de la mina y los policías contratados por Yanacocha.

Una casa solitaria se erige en esas alturas de la comunidad denominada Tragadero Grande; pertenece a la familia Chaupe. Es la última casa del lugar.

El Sol, un brillo fantasmal, está a punto de ocultarse tras la enorme cordillera que enmarca la laguna Azul. Su brillo rebota apenas sobre el agua, y la niebla que nos rodea es un humillo rastrero. En ese pequeño bosque de piedras encontramos a Máxima Acuña Atalaya, la mujer emblema de la resistencia cajamarquina.

Máxima Acuña es costurera, tiene 42 años de edad y es natural del caserío de Marcucho, distrito de Sorochuco, Celendín. De gesto curtido, su sonrisa es sin embargo amable. En casa la acompañan sus cuatro hijos y su esposo, el comunero agricultor Jaime Chaupe Lozano; pero ella es conocida en varias partes del mundo como la Señora Chaupe, a secas.

La lluvia vuelve a caer por vigésimo primera vez ese día, y la señora Chaupe nos invita a guarecernos bajo un plástico azul. El frío es increíblemente intenso, y bajo ese plástico nos permite hacerle algunas preguntas.

— ¿Cuál fue el resultado del proceso judicial que tiene por estas tierras con la minera Yanacocha?
— La Fiscalía y los jueces de Celendín, en vez de seguir mi caso, dicen que han perdido los documentos que presenté en la misma mesa de partes, y al final le han dado la razón a los ingenieros de Conga en el sentido de que yo estoy usurpando sus terrenos cuando eso no es verdad. Y me han dado una sentencia de pena suspendida por la que debo firmar cada cierto tiempo, además de pagar 200 soles como reparación civil a la minera. ¿Existe justicia para el pobre? Dígame usted.

— ¿A quién pertenece exactamente el terreno que estamos pisando?
— Esta tierra que estamos pisando, donde están nuestros hermanos ronderos, los Guardianes de las Lagunas, es de mi propiedad; y colinda con los terrenos comprados por la mina. Yo exijo que Yanacocha respete la linderación, los terrenos de nuestros hermanos campesinos, y que no invada nuestras propiedades. Yo tengo mi certificado de posesión de compra y venta de esta zona. Pero la empresa, servida de la prensa vendida, sale a decir que todito esto es de ellos por derecho, cuando en realidad está usurpando nuestra dignidad.

— ¿Cómo adquirieron ustedes estos terrenos?
— Todos estos terrenos han sido antes una comunidad, y las autoridades de esta comunidad hicieron llamar a los comuneros de Chugurmayo, Cruzpampa y Salacate para hacer una división y entregar a cada uno su parcela con su respectivo documento y su certificado de posesión. Con el tiempo muchos comuneros han hecho sus traspasos o han vendido sus terrenos porque ya no querían vivir en estas alturas. Mi terreno me costó mi plata y lo compré en el año 1994. No es que yo haya venido a invadir, como dice la mina en los medios de comunicación echados. Yanacocha ha dicho primero que le compró las tierras a la comunidad, luego dizque a los colindantes, pero en los documentos presentados ante la Policía del distrito de Sorochuco dice que compró los terrenos a mi suegro Esteban Chaupe Rodríguez, y eso deja mi terreno libre. Nunca he vendido a nadie mi terreno.

 ¿Cuántas veces han intentado desalojarla?
— Desde el 22 de mayo del 2011 que han intentado pegarme, quitarme mis cosas, quemarme mi choza; botaron mis linderos, han desmayado a mis hijos. Mi hija de 18 años tuvo que arrodillarse frente a una maquinaria diciéndoles que la pasaran por encima si querían seguir; ahí la golpearon en la cabeza. Luego, en agosto, se llevaron mis maderas, mis cosas, mi comida: todo lo han llevado a sus oficinas en la mina. Recién a los 15 días han llevado las cosas a la Fiscalía de Celendín. Y cuando fui a ver al fiscal dijo que no sabía nada y que no tenía nada. Después, con sus maquinarias y su Dinoes, han matado incluso mi perro pastor y se han robado a dos de mis ovejas en medio de risas y carcajadas. Yo soy una mujer pobre que vive de hilar y tejer, y de vender lo que confecciono. Mi esposo se dedica a la chacra para comer lo que sembramos, y ahorita la mina quiere que les paguemos reparación civil.

— ¿Hasta cuándo cree que pueda resistir el inevitable desalojo?
— Voy a apelar a las instancias de la ciudad de Cajamarca; si no me dan la razón, iré a instancias más altas. ¿Hasta cuándo resistiré? Hasta que me mate la Dinoes pues será. Pero eso sí: siempre luchando. Y Conga no va.

***

La lluvia arrecia y ya no es posible seguir en ese lugar. La señora Chaupe invita a los comuneros a pernoctar en su casa. Bajamos la colina y la oscuridad no deja ver ni siquiera nuestras propias manos. Aves chillonas cruzan nuestras cabezas mientras los perros ladran a la distancia. El miedo puede ser una alerta necesaria. El suelo lodoso requiere pisadas precisas y fuertes, y la luz de un fogón nos indica el camino hacia la casa. Somos varios, pero siempre hay forma de acomodarse. Nuestro aliento es puro humo. Estamos bajo cero.

Los comuneros que llegaron hasta la misma laguna El Perol y que están de regreso comentan que una fila de maquinarias de la minera salió en huida al verlos llegar. Están removiendo tierra a 500 metros de la laguna, aseguran. Hemos constatado que Conga nunca paralizó, concluyen. También comentan que los dirigentes pusieron una denuncia ante la Fiscalía de Prevención del Delito por las tranqueras que coloca Yanacocha en las carreteras que son de libre tránsito.

Los comuneros son hombres recios, de caras tostadas por el sol y el frío. Ya en confianza, empiezan los chistes y la chacota, la casa invita la coca para el bolo y ellos ponen el cañazo. Se reparten caramelos, mientras los Chaupe preparan una sopa caliente revive muertos mezcla de arroz, fideos y arvejas. También comparten unas aguas calientes hechas con hoja de berenjena.

Hay luces que se acercan; algunos temen que sea la Dinoes. Pero no: son Marco Arana, su agente de seguridad y el dirigente de la PIC (Plataforma Interinstitucional Celendina) Milton Sánchez. Están empapados como todos. El fogón se convierte en un secador improvisado de medias, zapatos y pantalones. Algunas medias se calientan más de lo debido y se cocinan con las cenizas.

Solo velas y lámparas manuales alumbran la noche; no hay luz eléctrica, y los celulares deben cargarse al bajar al pueblo una o dos veces por semana.

Los comuneros cuentan historias de fantasmas y comparan habilidades para los chistes. La coca y el cañazo los mantienen despiertos hasta bien entrada la madrugada. Pero a las 3 de la mañana el frío se vuelve insoportable a pesar de los ponchos y frazadas. El hombre de la casa, don Jaime Chaupe, cuenta que alguna vez los funcionarios de la mina y los fiscales le pidieron hacer un trato para vender sus tierras a un precio considerable, pero que no aceptó.

Son las 4 y media de la mañana, y lo primero que hace Máxima Acuña Atalaya, alumbrada apenas por una linterna, es pelar papas y dejar todo listo para que su nuera preparare el almuerzo durante el día. En medio de la oscuridad, una presencia. Es Santiago, el antropólogo neoyorquino. Llega mojado, diciendo que ha vivido un infierno congelado al perderse en el camino. Le brindan un lugar para dormir.

Es viernes, día de mercado, y son las 5:30 a.m. La señora Chaupe lleva un pesado quipe y, junto a su esposo, toma la combi que la llevará a la comunidad de Santa Rosa para vender sus productos. Se despide de los comuneros y dirigentes.

La claridad de las mañanas a 4 mil metros de altura impacta en las retinas no preparadas.

La Dinoes, desde sus buses, vigila a los Guardianes de las Lagunas. Camionetas de la minera filman todo a cierta distancia, y agentes del Ministerio Público —con chalecos antibalas— hacen presencia constante. Será una semana movida y fría para todos.

***

A propósito de nuestra visita a la familia Chaupe, pudimos conversar con algunos comuneros que sí están a favor de la actividad minera en esas tierras a 4 mil metros de altura. Son pocos, pero son.

Uno de ellos se llama Miguel; no quiere dar su apellido, pero está dispuesto a brindar su testimonio con tal de que la gente “de abajo”, de la ciudad, entienda su posición.

Miguel dice que está a favor de la explotación minera por una simple razón: es lo más real que tienen a la mano. Miguel creyó en Humala cuando dijo que las cosas cambiarían, que el Estado establecería una nueva política para las mineras. Ahora ya ni siquiera se siente defraudado: solo quiere mantener a una familia amplia que incluye a sus padres ancianos.

Algunos comuneros lo tildan de traidor y soplón de la mina. Aseguran que la empresa le ha dado un celular con crédito y cámara filmadora para que registre todo. Miguel solo espera vender sus terrenos a buen precio y comprarse una casa en el pueblo para huir del frío de la jalca.

“Mire, aquí no da nada, no hay luz eléctrica ni agua potable. Solo hay frío y humedad. Aquí nos curamos con plantas, pero si hay un dolor de muela, un cólico fuerte o una gestante, en estas alturas uno se muere. A veces hay que caminar 6 horas hasta el distrito de Sorochuco para conseguir algunas cosas. Las combis pasan mayormente los viernes entre las 11 de la mañana y las 3 de la tarde. A veces no hay ni siquiera leña para cocinar, y tenemos que utilizar ichu seco. Aquí tenemos carreteras gracias a la mina; lo han hecho para sus camionetas y maquinarias, pero al menos nos sirven para nosotros también. Los de la mina son los únicos que a veces nos dan trabajitos para ayudarnos, y nos pagan incluso por pasar por nuestros terrenos. El Gobierno de Humala aquí no llega ni de chiste; ni la ayuda de Goyo, ni de las ONG, y mucho menos de la Municipalidad. Para ellos no existimos a menos que haya conflicto; ahí vienen toditos y mueven a nuestros hermanos campesinos. Pero después el que sufre el frío y la soledad es el que se queda aquí.

Es cierto que antes la mina pagaba hasta 100 soles por hectárea, pero ahora paga mejor, varios miles de soles, y además te da chamba. Es obvio que la mina contamina y que va a secar el agua, eso es cierto. Y por eso los que protestan son los de abajo, los de la ciudad, los universitarios. Pero, a ver, que ellos vengan a vivir aquí unas semanitas. No digo que esté mal que protesten porque el agua que les llega de acá se va a afectar; pero si también protestaran porque acá haya más desarrollo, sería más justo. Si quieren que no se exploten estos cerros y lagunas, deberían exigirle al Estado que haya más carreteras aquí arriba, que el Gobierno ponga un colegio, que construya una posta con doctores que no se corran del frío, que el mismo Gobierno nos compre nuestros productos o que nos reubique en un lugar mejor para la agricultura y la ganadería.

Pero acá solo vienen los políticos y dirigentes a ganar votos; luego se olvidan de lo que prometieron. Aquí a las justas dan algunos cultivos, y suerte si no viene una helada en agosto y se quema toda la cosecha. Por eso, si el Estado no existe, ni Goyo, ni la Muni, ni las ONG, la mina es nuestra única salida a la pobreza”.

Miguel no deja de tener razón desde su experiencia de vida, sobre todo en un punto específico: la ausencia del Estado en las zonas rurales altoandinas genera una desigual confrontación entre el pueblo y la empresa minera, en la que ganará quien resista más a la oferta asistencialista de lo tangible y a la imposición permanente de la fuerza.

Fuente: Revista Ideele

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