“¡CLAP YOUR HANDS, FUCKIN’ NAZIS!”: 1961, EL AÑO DE LOS BEATLES EN HAMBURGO

Publicado: 31 julio, 2013 en Delirios, Músicas, Poetas Muertos

Yo no me duchaba nunca. En el cine donde vivíamos había un lavabo. Podíamos lavarnos los dientes y afeitarnos, pero nada más. Recuerdo que un día fui a unos baños públicos, pero estaban muy lejos. Más adelante, creo que la tercera vez que visitamos Hamburgo, nos lavamos en casa de una amiga. No creo que nos bañáramos ni ducháramos la primera vez que fuimos a Alemania. Ni la segunda.

George Harrison

“Cara de vieja”, “McMainstream”, son algunos de los apelativos más cariñosos que recibe Paul McCartney por parte de mucha gente que entiende de música. Su trayectoria en solitario es todo menos arriesgada y la marca “Beatles”, más que velar por el legado musical del grupo, parece más predispuesta a interponer una demanda judicial a medio mundo. Personalmente, me encantan los Wings y su concierto en el Monumental de 2011 me pareció maravilloso, pero es cierto que el legado de los Fab Four se reduce actualmente a la administración de los royalties generados por la traición al amor que sentimos por sus canciones, martilleándonos con ellas en momentos tan propicios para la emoción musical como cuando vas a comprar comida a Vivanda.

En este post quiero rebelarme contra ello reivindicando a los Beatles a partir de una de sus biografías más canallas y que yace muerta de risa en el cajón de los descatalogados de Amazon, The Love You Make: An Insider’s Story Of The Beatles de Peter Brown y Steven Gaines. Pero he encontrado que se contradice con bastantes testimonios reunidos en la maravillosa Anthology que apareció en el 2000, así que recorreremos la etapa más sucia y salvaje de los de Liverpool a partir de estos dos libros y alguno más citado al final de este texto. Un relato de cuando los Beatles eran sinónimo de anfetaminas y infecciones de transmisión sexual y sonaban como The Sex Pistols. Parafraseando a Carlos Javier Rubio, cronista de la revista española Ruta 66: “porque, ladies & gentlemen, los Beatles también surgieron de la mierda”.

En los años 50, Lennon era un chiquillo con pantalones pitillo y tupé. Un teddy boy, lo más cercano a un delincuente juvenil por aquel entonces. Aunque la rebeldía no le venía por su origen de clase obrera, dado que era un niño más o menos bien, sino por su complicada situación familiar. Lo criaba la hermana mayor de su madre, quien no podía hacerse cargo de él porque era demasiado joven y se acababa de separar. Este pequeño desarraigo emocional lo convirtió en alguien intratable. Insultaba a sus compañeros del colegio, decía fuck detrás de cada palabra, fumaba como chino en quiebra, le encantaba la cerveza y en clase se dedicaba a dibujar “lisiados y bebés deformes”. Su día a día era, tal y como se cuenta en The Love You Make: An Insider’s Story Of The Beatles, perseguir a las chicas por la calle para bajarles los calzones hasta los tobillos, mearse en la oficina del subdirector de su escuela en plan de gesta heroica, o pegarle a un profesor delante de sus compañeros. También robaba a su tía-madre, que a su vez le devolvía el detalle con castigos y palizas. Precioso.

Por supuesto, desaprobaba todo impenitentemente, a excepción de dibujo, que parecía ser su única dote. Pero reprobó el ingreso al Escuela Superior de Arte de Liverpool tras dibujar “un jorobado con verrugas sangrantes” como interpretación del enunciado de un ejercicio en el que le pedían que ilustrase un viaje. Y la cosa empeoró cuando murió su madre natural. Lleno de rabia, iba molestando a todo aquel con el que se cruzaba por la calle. Asustaba a los ancianos poniendo a prueba su salud cardíaca, se mofaba de las personas con discapacidad…

Su conducta típica solía ser acercarse a un desventurado parapléjico con quien se encontraba en la calle y hacerle bromas crueles sobre sus miembros inútiles ¿Adónde se han ido tus piernas, compadre? ¿Se han escapado con tu esposa?.

Era también un celoso patológico con su novia, Cynthia, a la que golpeaba o torcía el brazo por la espalda, pero luego él, si podía, se levantaba a todas las mujeres que se le ponían por delante. Por esta conducta hoy en día podría hasta haber ingresado en prisión, y cualquier mujer en su sano juicio se alejaría de él como si su nombre rimase con mierda, pero Cynthia, que luego fue su primera mujer, veía que la necesitaba, porque tras su “ira colérica” había un “muchachito desvalido, lastimado”.

Por otro lado, McCartney había sido un niño obeso. De modo que cuando se libró de esos kilos de más, se convirtió en un donjuán. La mañana siguiente de perder la virginidad con una compañera de clase se lo contó a todos los compañeros de la escuela y abrumó a la pobre chica. Y ojo a esta revelación: “al enterarse de la muerte de su madre, lo primero que dijo Paul fue: ¿qué vamos a hacer sin su dinero?”.

Como todo el mundo sabe, Paul y John se conocieron, congeniaron, bla, bla, bla, y empezaron a tocar juntos. A estos dos mozalbetes luego se unió Stuart Sutcliffe. Era un amigo de John de la Escuela de Arte, a la que Lennon al fin había logrado entrar. Stu lo tenía todo. Era artista, era pobre y era guapo. Que no es precisamente poco. Vivía en una buhardilla en la que, en invierno, tenía que quemar los muebles en la chimenea para no congelarse. Fascinado por su personalidad, John se mudó a vivir con él una temporada para disfrutar de las malas condiciones de vida como dos buenos artistas. Es decir, se pasaban las noches bebiendo y charlando.

John dormía en un ataúd forrado en seda que había robado en un vertedero de basura.

Peter Brown y Steven Gaines

Luego llegó Harrison, un electricista. Tenía 15 años, la cara llena de granos. Era flaco, pálido. No hablaba. Solo parece que lo hizo para decirle a John que su novia Cynthia tenía “dientes de caballo” en una conversación amistosa. Por lo demás, terminó entrando en el grupo a base de seguirlos todos los días fueran adonde fueran. Como un stalker. Al final, casi sin darse cuenta, tras algunas pruebas, después de mucho reírse de él, terminó siendo uno más de ellos.

Con el invento ya formado con un miembro más, el batería Tommy Moore, un operario de fábrica, les surgió una gira por Escocia. Los habían contratado sencillamente porque eran unos inexpertos sin la más mínima noción acerca de un contrato. Johnny Gentle, el cabeza de cartel, pensó en ellos solo porque eran los únicos a los que podía ofrecerles un contrato leonino. No obstante, The Silver Beatles, que así se llamaban al principio, firmaron con ilusión y se hicieron con su primer uniforme. Todos de negro con unos zapatos baratos con adornos de cuero blanco. Como nota folclórica, McCartney se puso de apellido Ramon, para parecer más francés, más artista, un tipo muy sofisticado.

Las condiciones de la gira no les permitían más que un tazón de sopa al día. Terminaron durmiendo en la furgoneta. Stu, al que le dieron el bajo sin tener ni la menor idea de tocarlo, se metía a dormir en el hueco del guardafangos de la rueda trasera. Los conciertos eran en decrépitos salones de baile de pueblos recónditos. Estaban asqueados, pero menos que los promotores, que llamaban a Liverpool para quejarse de la porquería de grupo que les habían enviado. Encima, una noche tuvieron un accidente con la furgoneta, Tommy se golpeó con una maleta que salió despedida y perdió los dos incisivos. Le llevaron al hospital para que le suturasen la mitad de la cara. Y esa misma noche, durante la actuación, cuando John Lennon vio cómo tenía el rostro, se rió de él delante de la audiencia. En cuanto regresaron, Tommy dejó el grupo y acabó de conductor de camiones.

Más adelante, en Liverpool, actuaron como banda de acompañamiento de strippers. En cada biografía, la chica con la que tocaban se llama de distinta manera. En una se llamaba Shirley, en la otra Janice. Pero lo que sí parece cierto es que tocaban Moondog mientras ella se calateaba delante de no más de cinco personas con abrigos largos, pues el lugar mucho glamour no desprendía y, por tanto, los clientes tampoco.

Otras actuaciones como grupo de acompañamiento fueron para los festivales de poesía de Royston Ellis en el club Jacaranda. Este hombre, un beatnik amante de Kerouak, les enseñó a desatornillar los inhaladores Vicks para extraer la benzedrina que llevaban dentro y poder así pillar sus primeras francachelas tal y como eran entonces, esto es, pasarse la noche bebiendo y hablando sin parar. Luego fueron contratados en este club con un sueldo realmente espectacular: “Coca-Cola y frijoles con tostadas”.

En los sucesivos conciertos que fueron surgiendo, aparte de las remuneraciones miserables, también sufrieron el problema de los teddy boys. Los de verdad. Ellos eran meros imitadores de la tendencia, pero en realidad en aquella Inglaterra había auténticos delincuentes juveniles que, vaya, eran el único público de sus primeros conciertos. Ellos y sus novias, las judies. Iban a verles, a disfrutar de su música jovial y en busca de sano esparcimiento, armados con cadenas, cuchillos y botas con punta de acero. Lo normal era que al final de cada tocada hubiese una pelea escalofriante.

En un concierto en Neston, por ejemplo, The Silver Beatles presenciaron la muerte por linchamiento de un adolescente de 16 años. Aunque hay historias donde dicen que no murió, que solo le descalabraron la cabeza a patadas. No obstante, en lo que sí que coinciden todos es en que, en un concierto de tantos en los que tenían que terminar la actuación huyendo aceleradamente, a Stu lo agarraron y le patearon la cabeza hasta que perdió el conocimiento. Cuenta la leyenda, porque no hay nada demostrado, que un coágulo de sangre consecuencia de aquellos golpes acabó con su vida dos años más tarde, cuando sufrió un colapso producto de un aneurisma. Pero también hay una versión que dice que se cayó por las escaleras del ático de la casa de su novia en Hamburgo. Nos quedamos con la versión de que sus agradecidos seguidores le patearon la cabeza sin motivo, que no es poco.

Esta trayectoria errática, tocar mal y ser maltratados físicamente, solo se vio interrumpida con su viaje a Hamburgo, la capital europea del vicio en ese momento. A esta ciudad alemana, como antes con su gira escocesa, los Beatles consiguieron llegar gracias al enorme mérito de ser unos inexpertos. Había demanda de grupos de rock & roll en Hamburgo y los estadounidenses salían muy caros. El propietario del aludido Jaracanda, Allan Williams, los puso en contacto con Bruno Koschmider que iba a abrir un local en Hamburgo y necesitaba una banda de cinco miembros, competente pero barata. Los Beatles fueron los elegidos… por su precio. Iban a cobrar 15 libras semanales cada uno, más de lo que ganaba un maestro de la época. Detalle que llevó a Paul a escribirle una carta de despedida al director de su antiguo colegio para enrostrarle su nuevo sueldo. El padre de Macca, menos entusiasta, le advirtió de que en la calle de Hamburgo a la que iba, Reeperbahn, era normal que asesinasen cada dos por tres a marineros británicos. Que tuviera cuidado porque era un lugar peligroso. ¡Y que no se drogase! Vidente el viejo, ya sabía lo que iba a ocurrir.

Antes de irse, como no tenían batería, tuvieron que contratar a Pete Best. Su mérito: tenía batería. Se la acababan de regalar por su cumpleaños y, además, su madre, Mona Best, les caía bien. Era la dueña del Casbah, su club de cabecera en Liverpool. Y era importante que les cayera bien. Según ellos mismos cuentan, las baterías eran tan caras que solo las podían tener niños adinerados que, por ende, eran unos imbéciles engreídos. Él era cool, así que Pete se subió a la furgoneta y partieron hacia Alemania.

Durante el viaje, en Holanda, donde la policía los registró para buscarles no droga, ni alcohol, ni tabaco, sino café —así andaba Europa de festiva—, pararon en Arnhem. En esta ciudad había tenido lugar la Operación Market Garden en la Segunda Guerra Mundial. Los Aliados intentaron penetrar en Europa con paracaidistas y una división acorazada de las SS los derrotó sin miramientos. Generalmente, la historia dice que fue consecuencia de la torpeza militar del alto mando británico. Los Beatles, que alucinaron con las infinitas hileras de tumbas que se encontraron, la denominaron en su día “otro truquito de Winston Churchill”. El caso es que lo relevante de esta visita es que allí, en una tienda, John Lennon robó una armónica que incorporó a las canciones del grupo, lo que a la postre daría alguna que otra alegría a sus fans.

Al llegar a su destino, el barrio de St. Pauli, se encontraron con que iban a ser alojados en un cine, el Bambi Kino. Tenían que dormir en un almacén con un par de camas y las paredes sin pintar que estaba detrás del ecran. Para calentarse, como mantas, les dieron, graciosamente, banderas de la Union Jack. No había calefacción y tenían que usar los baños de mujeres del cine.

The Love You Make: An Insider’s Story Of The Beatles dice que el Bambi era un cine porno y que se despertaban con los jadeos cuando empezaba a proyectarse cada película. Parece una exageración. En Anthology no hay mención alguna que fuera un cine XXX. Además, se habla de que al baño no dejaban de entrar señoras alemanas gordas que se cruzaban con ellos en sus aposentos deluxe. Por eso, por muy “cosmopolitas” que pudieran ser los alemanes en ese momento, parece más creíble la versión del Anthology cuando cita cómo John recordaba esa bucólica escena: “por la mañana, al despertar, oíamos a una vieja Frau alemana meando en el baño”.

Luego, para comer, iban a un restaurante barato, lo único que se podían permitir ellos, y con ellos, los veteranos de guerra más pobres. Estaba lleno de mutilados sin piernas, sin brazos, ciegos, tuertos y todo lleno de gatos. Los Beatles dijeron que, contemplándoles, se les subía a la cabeza el nacionalismo británico. Ellos habían ganado la guerra. Toma ya.

Su jefe, Bruno Koschmider, era un individuo que no tenía ni idea de música. También lo habían herido en la guerra, había quedado cojo, y ahora regentaba un par de clubes nocturnos para ganarse la vida. Uno de ellos era de striptease, al cual quería reconvertir en sala de rock & roll, el Indra. Allí estuvieron un mes actuando prácticamente sin público. Cuando pasaba alguien por delante de la puerta, se ponían a tocar lo mejor que tenían para ver si lograban que entrase. A veces tocaban a todo vapor durante toda la noche y solo tenían una pareja viéndoles sentada en una mesa. Duraron un mes. La vecina de arriba los denunció por el ruido y Koschmider tuvo que volver a convertir su antro en un silencioso y discreto puticlub.

Entonces pasaron al Kaiserkeller, el otro bar de Koschmider, donde empezó lo bueno. Tenían que estar tocando 12 horas diarias que se repartían con otro grupo. Seis horas por noche cada uno. Alternaron con Derry & The Seniors y con Rory Storm & The Hurricanes, el grupo de un baterista profesional muy solvente, Ringo Star. Los sábados comenzaban a actuar a las cuatro de la tarde y acababan a las cinco de la mañana. En sesiones de tal duración, tocaban todo el repertorio de Gene Vincent, discos enteros de Chuck Berry, Little Richard, Everly Brothers, Buddy Holly o Fats Domino. Cuando al final estaban exhaustos y sin más repertorio, inventaban canciones sobre la marcha. A la postre, su talento innato los convirtió en estrellas, no cabe duda, pero ellos mismos reconocieron que sin ese entrenamiento-tortura cuasi militar, no hubieran llegado a ser verdaderos músicos. Porque en este negocio que parece tan frívolo no todo se basa en un buen look y cuatro ideas. Bueno, ahora tal vez sí. Pero no en la edad dorada de la música popular. What I’d Said, de Ray Charles, por ejemplo, la hacían de hora y media. Imaginen a Coldplay haciendo lo mismo un viernes, ni de a vainas.

El barrio en el que trabajaban era para ponerle un marco. Había locales que anunciaban sexo de burros con mujeres, peleas en el barro. Estaba lleno de prostitutas, criminales, marineros borrachos y travestis. De hecho, justo enfrente del Kaiserkeller estaba el Roxy, un local de transformistas que no paraban de moverles las colas porque eran jóvenes y guapos.

Nuestro amigo Bernie vino de Liverpool a visitarnos. Un día estábamos en un club y Bernie entró y dijo “¡Una flaca buenísima acaba de hacerme una paja en el baño!”. Nosotros contestamos: “No es una flaca, Bernie”.

George Harrison

Los camareros del local les enseñaron a saludar en alemán. O eso creyeron. Lo que les dijeron era que “hola” y “buenas noches” eran, en su idioma, “jódete” y “bésame el culo”. Iban por ahí repitiéndolo, con sus sonrisas adolescentes, metiéndose en líos y rogando luego que por favor no les pegasen, que eran ingleses y no sabían lo que decían. Con todo, ellos luego también se aprovechaban de que la incomprensión era recíproca y, cuando llevaban ocho horas tocando —Harrison confesó que se le dormían las manos—, ya presentaban las canciones diciendo “esta se llama Knickers (calzón).

Las peleas eran habituales cada noche. Los marineros, cuando estaban borrachos, se agarraban a golpes con los camareros porque no querían pagar o no estaban de acuerdo con la cuenta. Los camareros entonces sacaban palos, llaves inglesas y navajas y se armaban broncas descomunales. Era habitual también que, cuando se iniciaba una trifulca, alguien disparase pistolas de gas lacrimógeno. Los Beatles lo recordaban como jornadas de “sangre y lágrimas”; sangre del público, lágrimas del grupo por los gases lacrimógenos.

Al principio, resultaban un poco sosos para lo que pedía la clientela que acudía a un barrio de ese tipo. Su jefe les pidió un poco más de gracia, de show y cuando estaban aburriendo, les gritaba “Mach Schau!” para que hicieran un poco de improvisación, algo de espectáculo añadido. A raíz de esto, John empezó a imitar a Gene Vicent. Cojeaba por el escenario, se tiraba por el suelo, y como la cosa le fue bien y a los alemanes les hacía gracia, esta dinámica fue in crescendo.

Hay que tener en cuenta que para tocar 12 horas cada día hace falta algún tipo de combustible extra. En su caso, fueron anfetas. Se zampaban preludines, unas pastillas adelgazantes. Los propios camareros se las daban cuando veían que flaqueaban. Mientras tanto, el público les enviaba cajas de cerveza y les pedían que tocaran más alto. Ni mejor ni peor, solo más fuerte. Eran alemanes. Y si eran gangsters, les enviaban botellas de champán. Así, borrachos y anfetamínicos perdidos —George recuerda que echaban espuma por la boca al cantar—, con carta blanca por parte del dueño del local para hacer lo que quisieran y un público ovacionándolos para que enloquecieran pero bien, sus actuaciones no tardaron en ser auténticamente demenciales. O rockeramente hablando, memorables.

Conforme empezaban a salir de sus casillas, iban tirándose comida unos a otros, luego los micrófonos y al final terminaban desnudándose. Lennon salió en una ocasión en ropa interior con el asiento del wáter arrancado y colocado cual collar de perlas alrededor del cuello. Se pintaron cruces gamadas en la frente, se ponían viejas gorras del Afrika Korps y hacían pasos ridículos en el escenario. Al público le encantaba esto, pero luego los Beatles, que ya habían perdido todo control, los insultaban en inglés, que el público no entendía y entonces los aplaudían. Al final, con todo fuera, les decían desde el escenario ¡Sieg hail! ¡Aplaudan, nazis de mierda! Vociferando, les pedían alegremente que se fuesen a la mierda, putos nazis, y les lanzaban lo que tuvieran a la mano. Y sí, el respetable se lo pasaba a lo grande y no paraba de enviarles más y más cajas de cerveza. A estas alturas del partido, destrozaban todo cuanto había en el escenario. En Anthology, Lennon presume de que arrasaban con todo y dejaban las guitarras sonando tiradas por el suelo mucho antes de que lo hiciera The Who. También se peleaban entre ellos en pleno escenario. Una vez Paul insultó a Stu y se enzarzaron a golpes para delirio de los gangster allí reunidos, que se burlaban y reían inmisericordemente porque no eran precisamente un par de buenos luchadores. Y más champán para el grupo.

A veces Lennon iba tan sumamente ebrio y drogado que se caía y se quedaba dormido profundamente debajo del piano. El grupo, mientras, seguía tocando. Como si nada. Luego, al llegar a casa, el cine, padecían eternos insomnios con las mandíbulas disparadas. Y si llevaban varios días seguidos trabajando sin descansar con esa dieta de preludines y alcohol, terminaban teniendo alucinaciones. A John se le solía ir la cabeza y a altas horas de la noche se ponía muy violento. Los demás tenían que fingir que dormían para que no se la agarrase con ellos. Una vez, Paul se estaba tirando a una chica y Lennon, sin motivo alguno, cogió toda la ropa de ella y la destrozó con unas tijeras y después rompió el armario a patadas. Llegó un punto en que digamos que John se hizo uno más con el lumpen.

Un día nos enrollamos con un marinero británico. Le dije en inglés que no se preocupara, que le conseguiríamos chicas. Le emborrachamos y el tipo no dejaba de preguntar. ¿Dónde están las chicas? Nosotros seguimos charlando con él, tratando de averiguar dónde guardaba el dinero. Pero no lo conseguimos. Al final le pegamos un par de puñetazos y lo dejamos ir. No queríamos hacerle daño.

John Lennon

Pero todos se integraron en el barrio. Las prostitutas les lavaban la ropa. La que cuidaba los baños en el Kaiserkeller, una anciana llamada Rosa, les prestaba dinero cuando estaban arruinados. También les daba preludines cuando hacían eses. Con las chicas del striptease la relación, por supuesto, fue a más. Venían de un Liverpool donde las chicas llevaban unas fajas infames y el ambiente era, en sus propias palabras, “medieval”. En Hamburgo, sin embargo, alternaban con chicas que iban semidesnudas y que, literalmente, los educaron sexualmente. Dijo Paul que como no tenían intimidad a veces entraba en la habitación que compartían para coger algo, se encontraba un culo desnudo subiendo y bajando y tenía que decir “uy, perdón” y dar media vuelta. Harrison, que reveló que en Liverpool cuando se besaba con una chica tenía unas erecciones de horas que le causaban dolores horrorosos sin posibilidad alguna de que le aliviaran, perdió la virginidad delante del resto del grupo en Hamburgo. Estuvieron todos callados aquella mañana, mientras follaba, pero cuando acabó, se pusieron a aplaudir como en un espectáculo deportivo. Amigos son los amigos.

Ejerciendo el sexo en todas sus formas, drogados a cualquier hora del día o de la noche, los muchachos se convirtieron en un laboratorio ambulante de infecciones de transmisión sexual. Allan Williams llegó a convertirse en el Doctorcito Sífilis. “Yo buscaba hinchazones en la ingle, derrames en la punta, y les preguntaba si sentían dolor al orinar”. (…) Tan pronto como recibían una inyección de penicilina, estaban otra vez bebiendo y fornicando. Cuando volvieron definitivamente a Liverpool, un venerólogo pudo limpiarlos”. (declaraciones en The Man Who Gave The Beatles Away, del propio Williams).

Aparte de la experiencia que obtuvieron tocando tantas horas seguidas, el otro aspecto determinante que marcó a los Beatles fueron sus amistades alemanas. Un día entraron a una de sus actuaciones en el Kaiserkeller Astrid JurgenKlaus Voorman y Jurgen Vollmer, estudiantes de arte. Iban todos de negro, con el pelo alisado por los lados y alborotado por arriba. Se denominaban a sí mismos los “exis”, de existencialistas —relato que suena un poco a cierta pandilla de El Gran Lebowski—. Estaban enamorados de Stu, pero no por la música, sino por su pose tipo James Dean. Eran hipters, no rockeros, y les interesaba más la imagen que otra cosa. De hecho, Astrid empezó a fotografiarlos. Les sacaba instantáneas en descampados, ferias, siempre junto a mobiliario destartalado. Por la influencia de los “exis” se vistieron todos de cuero negro y se compraron botas de cowboy. En 1961, mucho antes que Jim Morrison y más aún que el heavy metal.

Llevábamos unas gorras rosas de cuero a las que llamábamos croquettes y que habíamos comprado en Liverpool. Ese se convirtió en el uniforme del grupo: botas vaqueras, croquettes y trajes de cuero negro.

George Harrison

Fue Astrid, que se ennovió con Stu, quien les sugirió que dejaran de hacerse el tupé con vaselina y que se peinaran el flequillo hacia delante, como chicas. Una idea que estaba inspirada en el aspecto que llevaba el actor Jean Marais en Le Testament d´Orphee, una película de Jean Cocteau de 1959. Tiempo después, en una visita a su amigo Jurgen en París, se cortaron el pelo a lo tazón. No era un peinado tan extraño entre los jóvenes arties del continente, pero en Liverpool eso no se había visto jamás ni de casualidad. Cuando volvieron a casa, los ingleses alucinaban. Así nació el luego célebre “peinado beatle”, que no habían inventado ellos.

El regreso a casa fue repentino. Primero, a Harrison lo detuvo la policía —ellos la llamaban la Gestapo— porque era menor de edad y lo deportaron. Los demás, como iban a conseguir un contrato en el mejor club de Hamburgo, el Top Ten, rompieron con Koschmider de mala manera. Al dejar el cine en el que vivían, en una travesura infantil, como diciendo “nos largamos de esta mierda”, prendieron fuego a un condón clavado a la pared y dejaron el plástico quemado goteando. Koschmider les denunció por intentar incendiar el cine y la policía deportó también al resto porque además, entre otros delitos, no tenían permiso de trabajo.

Volvieron un par de veces más a Alemania. Durante una de ellas, un borracho que se quedaba en una esquina habitualmente al final de sus actuaciones resultó ser el batería de Rory & the Hurricanes, Ringo, que se quedaba a verlos para pedirles que tocasen blues. En un principio les daba miedo por un detalle muy curioso: en aquella época, los tíos a los que les gustaba la música lenta eran los delincuentes más peligrosos. Pero la amistad fue a más y terminó siendo el baterista. Stu, ya que la música no era lo suyo, prefirió quedarse en Alemania estudiando arte fascinado por su musa, la preciosa Astrid.

Lo gracioso de todo esto es que, al regresar a casa, Paul casi deja la música. Se preguntaba si eso de las deportaciones, las drogas, los travestis y los marineros borrachos era realmente la vida que quería llevar un artista como él más allá de la vivencia iniciática. Se puso a trabajar en una fábrica y, si no es por un concierto que les salió en The Cavern un mes más tarde, no hubiese vuelto al grupo, aunque lo tuvieron que convencer.

Ese show fue un éxito. Los ingleses pensaban que eran alemanes y por el equívoco, paradojas de la vida —ni que el público fuese limeño—, los aplaudieron por primera vez en su ciudad. Sus fans se multiplicaron. Esta pequeña fama llegó a oídos de Brian Epstein, quien les dijo que podían triunfar si se quitaban ciertas manías adquiridas en Alemania, como comer con las manos en el escenario durante la actuación, entre otros detalles, y les presentó a las discográficas. Ya sabemos qué pasó después.

Testimonio sonoro de aquella época dorada alemana es un pirata en la Sala Star de 1962. Hay ediciones con un sonido que deja a Burzum a la altura de One Direction después de beberse ambos un bidón de yogur de fresa. Una de las presentaciones más bonitas se llama The Beatles vs Third Reich. El directo estaba grabado con un micrófono colocado en el suelo. La historia posterior de este álbum no es nada romántica, como lo vivido ese año, hay una cadena de demandas de Apple contra un sello independiente por los derechos que merecería otro post. Y encima fue litigar por nada, porque hoy en día se puede descargar fácilmente de Internet en todas sus modalidades, cada cual con un sonido más aberrante.

Otra prueba de cómo sonaban los Beatles en aquella época es el disco que grabaron con el cantante Tony Sheridan en Alemania. Este buen hombre era el primer músico de Liverpool que había aterrizado en Hamburgo. Se conoce que, por su personalidad, se hizo rápido a la ciudad y a sus gentes. Dicen en Anthology que era normal que cuando actuaba, si veía que alguien estaba hablando con su novia, se bajase del escenario, se pelease y luego volviera a subir a seguir como si nada, solo que envuelto en sangre. De hecho, en una de estas riñas se cortó un tendón de la mano y tocó la guitarra para siempre con el dedo hecho un guiñapo. Los Beatles en este disco no hicieron más que de grupo de acompañamiento, para su desgracia, pues esperaban más protagonismo. Y encima, como a Tony no le gustaba su nombre, los mencionó en los créditos de la decimocuarta canción como The Beat Brothers. Años después, cuando se desató la beatlemanía, le cambiaron el título al disco raudos y veloces y pusieron bien clarito en la portada: “The Beatles”. Sheridan, en 1967, hizo una gira por Vietnam para alegrarle la vida a las tropas invasoras, con tan mala suerte que cayeron bajo el fuego del Vietcong y uno de los músicos que había contratado murió. Sin embargo, Reuters dijo que había fallecido él y le dieron por muerto durante años. En realidad, vivió en Suecia y estuvo dando conferencias en Hamburgo sobre sus años con los Beatles en esta ciudad hasta que falleció en febrero de este año. En Spotify hay algunos discos más suyos. Nada del otro jueves.

De todas formas, la grabación definitiva de esta época de los Fab Four son las cintas de Decca recogidas el uno de enero de 1962. También llamadas The Capricorn Years solo dios sabe por qué. Se trata de una audición que hicieron para Decca de escaso éxito. Dick Rowe, el directivo de la discográfica, se quedó con The Tremeloes antes que con ellos. Les explicó, para mayor asombro posterior, que los grupos con guitarras estaban pasados de moda. Todo un visionario. Dice Juan Manuel Escrihuela en su biografía de McCartney que Rowe años después también rechazó a David Bowie y aún le quedó tiempo para decirle que no a Marc Bolan. Lo dicho, un genio. En Las Canciones Secretas De Los Beatles, de Alejandro Irazo y Antonio Vizcarra, comentan por otro lado que este pobre hombre defendía sus errores diciendo que había rechazado a los Beatles, pero meses después fichó a los Rolling Stones. En realidad, lo hizo por consejo de George Harrison, revelan. Debió ser ministro de cualquier cosa.

De este disco “rechazado”, la canción Like Dreamers Do se la cedieron años más tarde a The Applejacks y fue número 20 en las listas. Hello Little Girl, se la dieron a The Fourmost y fue número nueve. Love Of The Loved, la interpretó Cilla Black y llegó al 35. Claro que todo esto con la beatlemanía desatada. Para mí, la más bonita es Take Good Care Of My Baby, temazo que popularizaron los semidioses Bobby Vee y Dion DiMucci. Arrodillarse aquí. Todo este material cayó luego en manos de George Martin que, interesado por el carisma que desprendía el grupo, llamó a Epstein y terminó fichándolos para EMI. El resto es historia. Tanto en los éxitos inmortales de acompañamiento en la compra de comida congelada, como en un genuino y glorioso ¡nadie nos quitará lo bailado! que explica en buena parte las pasteleadas posteriores. Larga vida a los Fab Four.

Nota: un agradecimiento muy especial a R, beatleamaniaco sin cura, que me proporcionó todos los libros aquí citados. Realmente hay que ser un verdadero fanático para tenerlos…

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