Final de los años 80 en Nueva York. Una ciudad peligrosa, decadente, a punto del colapso financiero y social, pero con una intensísima actividad subterránea. Esta podía ser la estampa —breve— que lucía por aquella época la capital del mundo, como les gusta a muchos llamar a esa ciudad. Algunos prefieren el sobrenombre “la Gran Manzana”. Llámala simplemente Nueva York, caray, porque no vives ahí. Y no era una ciudad especialmente amigable para vivir. Imaginen pues todas las dificultades y zancadillas sociales propias de una megalópolis, elevadas a la enésima potencia. Así era el plan vital que tenían por delante los/as protagonistas del documental dirigido por Jennie Livingston, Paris Is Burning, que no eran otros que una alocada tropa de drag queens y transexuales totalmente embriagados por el estilo de vida de los ricos y famosos. Falsas y glamorosas vidas bombardeadas sin piedad —ríete tú de los bombardeos de la II Guerra Mundial— desde los medios de comunicación yanquis, vendiendo una imagen de perfección, comodidad vital y felicidad totalmente inalcanzables para la mayoría de la población. Y aún menos alcanzables para un grupúsculo de homosexuales negros y latinos aficionados a ir por la vida vestidos de mujeres amantes de la vida disipada. Pero, ¿qué demonios pasaba en los años 80? Todo era posible mientras hubiera un poco de cocaína.

Grabado durante varios años (aproximadamente desde 1986 hasta 1990) y estrenado en 1991, el documental nos adentra en las vidas de una serie de personajes que, aun estando totalmente alejados de mi espectro vital (bueno, no tanto, ¿quién no ha conversado con algún travesti en alguna discoteca cochambrosa?), gana rápidamente la atención del espectador, y fascina a los pocos minutos de verla. Una mezcla de incredulidad, admiración y estupor extrañamente atrayente. Una serie de personajes ciertamente marginales, apartados y expulsados del rico mundo de raza blanca que marca la pauta y domina el tempo, son capaces —aunque sea por unas horas a través de los eventos conocidos como “Balls”— de convertirse en otras personas, soñando con una vida de glamour, buena alimentación y “normalidad”.

Estos bailes, organizados por las diversas casas (uno de los detalles estelares del documental son los nombres de las diversas “Houses”, tales como Pendavis, Dupree, Labeija, Xtravaganza o St. Laurent, bautizadas a imagen y semejanza de las marcas de alta costura que tanto deseaban y tan poco utilizaban) que poblaban el ambiente de las ballroom houses de la época, imitaciones de barrio de los desfiles de moda ochenteros, tan falsos y mentirosos ellos, son el eje central del documental. La base a través de la cual vamos conociendo la, en ocasiones triste y dura, existencia de estos entrañables personajes del submundo drag neoyorquino. Unos tipos valientes, raros, atrevidos y muy homosexys en una época en que el creciente VIH, la pobreza inherente en este colectivo y la clásica ignorancia/homofobia estaban arrasando con la comunidad gay, especialmente la norteamericana.

Muchos de ellos eran repudiados por sus propias familias, obligados a prostituirse y vender su cuerpo al mejor postor (con los peligros que eso conlleva, como bien demuestra el trágico asesinato de la joven y chiquita Venus Xtravaganza antes de finalizar el rodaje), encontraron en estas casas una verdadera familia. La analogía es fácil, sí, y más cuando las líderes (o “legendarias”, como se autodenominan estas divas) de esas casas se hacen llamar a sí mismas “madres”. Lo que te quitó tu familia y la sociedad te lo devuelve el mundo drag. Y algunos se hacen llamar todavía cristianos.

Pero si algo ha dejado para la posteridad este Paris Is Burning, es, ante todo, su música. Acompañando a los desfiles, que van desde el mejor traje de alta costura a la mejor caracterización como ocupado y adinerado yuppie (¿se usa todavía el término “yuppie” o he quedado desfasado?), hasta el mejor atuendo de deportista u hombre heterosexual, aparecen temas de los Jungle Brothers, Marshall Jefferson o Eurythmics, siendo este el primer factor que hizo interesarme por el documental. Porque, aunque en Estados Unidos parecen haberlo olvidado o simplemente desconocerlo, la música electrónica, synthpop, o como quieran llamarla, no la inventó Skrillex ni Deadmau5. Sí, fueron los yanquis quienes la popularizaron y dirigieron hacia el gran público —por lo menos en Inglaterra, y por ende toda Europa— y fue precisamente gente como la que sale retratada (en todos los sentidos) en Paris Is Burning quienes gestaron el germen de lo que más adelante se conocería como club scene. Lástima que con el tiempo, la corrosión propia de los intereses crematísticos afines a la industria musical, la engañosa semántica instalada en los medios y los pseudo líderes de opinión, que pervierten palabras y significados hasta ahora inamovibles, y la pereza que parece estar instalada en una gran mayoría de oyentes de la música electrónica más, digamos, fácil, haya convertido a la música dance y house en algo que puede llegar a considerarse sospechoso, e incluso deleznable.

Y el segundo legado, el que ha traspasado fronteras, razas y clases sociales cual Messi del baile, es el celebrado vogue dancing. Imitación de las poses de las modelos de la revista Vogue, mezcladas con bailes y movimientos a medio camino entre el postureo ochentero gayglam y el break dance, y que, como bien saben, Madonna —siempre atenta a los movimientos underground para presentarlos bajo su firma, con traje de modernidad y olor a ambientador de centro comercial— hizo universal con su canción, llamada, cómo no, Vogue. Aunque el primer avispado que vio el filón del vogue dancing fue, quién lo iba a decir, Malcolm McLaren. El creador de los Sex Pistols no bajaba nunca la guardia, y antes de que se estrenara el documental, el sagaz inglés ya había presentado al mundo su versión del vogue, y tuvo su propio hit (fue número uno en la sección Dance del Billboard), Deep In Vogue. Canción, por cierto, producida junto a William Orbit y Mark Moore de S’Express. Mister McLaren siempre supo rodearse de talento.

Como siempre, los que trabajaban no se llevaron la fama, y todavía mucha gente piensa que el vogue dancing lo inventó Madonna una tarde que se encontraba especialmente inspirada después de almorzar y leer superficialmente la Cábala.

Raza, clase e identidad en un documental, de momento, tan desconocido en Perú como recomendable que, más de 20 años después de su estreno, sigue embelesando y teniendo la misma vigencia.

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