Hace poco leí un artículo de Javier Marías en El País acerca de un lector que le había increpado que usara en sus artículos el término «discapacitados»: el lector le proponía como sustituto la expresión «personas con discapacidad». Javier Marías se negó cortésmente, y le recordó al lector que antes de «discapacitados» a estas personas se las había llamado entre otras cosas «deficientes», «subnormales» y «tullidos» y que todos estos términos se habían ido reemplazando gradualmente por otros que se consideraban menos «ofensivos».

Me llamó mucho la atención que un lector se atreviera a rectificar a un escritor el uso de un término que hasta hace poco era de lo más común, que, sin ir más lejos, yo mismo he usado muchas veces sin pensar que estaba incurriendo en un error o una discriminación no intencionada. Pero eso me dio que pensar. Sobre todo porque, poco después de leer el artículo de Marías, me enteré de la promulgación de una nueva ley rusa contra la homosexualidad. Resulta que esta ley es absolutamente fantástica. Es fantástica porque no se atreve ni a nombrar lo que pretende combatir, y porque expresa una increíble imaginación por parte de sus redactores. ¿Cómo podemos sustituir el término «maricón»?, pensaron los legisladores rusos (no nos engañemos, los que atacan a los homosexuales no se molestan en llamarlos homosexuales, los llaman maricones, o cosas peores, que es lo que se ha hecho toda la vida). Y se les ocurrió algo decididamente brillante: «Relaciones sexuales no tradicionales». Algo que cualquier tonto puede entender…

Así, rápidamente, me vinieron a la cabeza dos libros. Estos dos libros son Una Mujer en Berlín (Anónima) y Anábasis del griego clásico Jenofonte.

Empezaremos por el primero…

Una Mujer en Berlín es un libro con valor histórico. No es una novela, es un diario escrito por una mujer que vivió el final de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de Berlín por los soviéticos. No sabemos quién es esa mujer, y a no ser que Hans Magnus Enzensberger, quién contactó con la autora (como explica él mismo en el prólogo), quiera revelarlo algún día, no lo sabremos nunca. Y la verdad que es una pena porque después de leer el libro uno se queda con ganas de saber algo más de la autora. Pero la importancia del libro no radica en quién lo escribe, sino en lo que cuenta. Y lo que cuenta le podía pasar a cualquiera que viviera ese momento (y de hecho les pasó). En el libro se habla de muchas cosas, pero a mí me interesa destacar ahora una. Después de la llegada del Ejército Rojo a Berlín, hubo miles de casos de violaciones por parte de estos soldados. La respuesta natural de la población alemana, que se sabía vencida y a merced del vencedor, fue aceptar este hecho como mejor pudo y mirar hacia otro lado. Cuando la autora del libro, después de repetidas violaciones, va a visitar a una médico alemana porque piensa que puede estar embarazada, se atreve a preguntarle si, en caso afirmativo, ella, la doctora, se encargaría del problema. Y la respuesta de la doctora, que es mujer y que tal vez, no lo sabemos, ha pasado por lo mismo, es tajante: «De eso no hablo». Pese a todo, el problema era tan grande que las nuevas autoridades de la ciudad, que eran pro soviéticas y que no querían por nada del mundo llevarse mal con sus salvadores (me refiero obviamente a la parte soviética de Berlín, de lo que sucedió en la zona ocupada por los americanos, ingleses y franceses no se habla en este libro) tuvieron que aceptar la existencia de este problema. ¿Y qué hicieron entonces? Pues lo que hacen siempre los políticos: o negar el problema o tratar de suavizarlo. Y así las violaciones, eso de lo que nadie hablaba en público pero que todo el mundo conocía, se convirtieron en «relaciones sexuales coercitivas». Una bonita manera de quitar lo feo al asunto. Como podemos ver, en la Alemania de 1945 ya sabían bien que el peligro del lenguaje es dejar que las palabras adecuadas expresen con fidelidad unos hechos o unas ideas concretas. Y no, resulta que el vicio (o el truco, el mal truco) de los eufemismos no es nuevo. Si últimamente hay más es porque cada vez las cosas van peor.

Pero pasemos ya al segundo libro…

La Anábasis, también conocido como La Marcha de los Diez Mil o La Retirada de los Diez Mil es un libro fantástico, no ya como documento histórico (fue escrito alrededor del 400 a.C.) sino como libro de aventuras. Se puede leer como se lee una novela. Y más de 2000 años han pasado sobre él sin quitarle ni un ápice de interés y de frescura. En la Anábasis, Jenofonte cuenta de propia mano cómo fue la expedición de un ejército de mercenarios griegos por las tierras de Persia. Y no solo cuenta las batallas, los grandes hechos históricos que vivió, sino también como era el día a día de los soldados. Y ahí están los detalles que ahora nos interesan, porque Jenofonte, como buen griego, no tiene ningún aprieto en hablar de cosas como homosexualidad y de eso que hoy llamamos pederastia. «Quería tanto a ese muchacho que murió de pena», dice refiriéndose a un viejo mercenario que se había enamorado (y se lo había llevado con él, no sabemos si con permiso o no de su familia) de un muchacho bárbaro (con lo de bárbaro me refiero a aborigen, a «no griego», a un nativo de una de las tribus, más o menos bajo dominio persa, que habitaban la península de Anatolia en esa época). Este es solo un ejemplo de los muchos que figuran en el libro. Jenofonte no tiene reparos en hablar de cosas que a nosotros hoy nos resultan tan… ¿cómo decirlo?: ¿Tan inquietantes? ¿Tan chocantes?

Y es que por lo visto los griegos no eran para nada «tradicionales». Sí, ya sabemos, los griegos nos legaron muchas cosas: la democracia, el arte, la ciencia, todo eso… Pero de su vida privada mejor no hablar… Eso conviene siempre pasarlo por alto. «Si algo no te gusta, ignóralo», ese es el lema habitual de los revisionistas del pasado. «Nos quedamos con esto, pero ignoramos todo lo demás». «Si mencionamos Esparta, olvidemos decir que los jóvenes espartanos tenían que matar a un ilota para demostrar su hombría, no digamos eso que es muy grotesco». Así se ha ido haciendo la historia y así se han ido creando las mentalidades colectivas.

Sin embargo, mucha gente «nada tradicional» ha venido después de ellos, porque, pese a todas las leyes represivas que ha habido y hay en el mundo, a algunas personas, a muchas personas, a millones de personas, se les da por no ser «nada tradicionales», y no solo en privado sino incluso en público. Conozco el caso de personas que se llaman a sí mismas democráticas y tolerantes pero que están un poco molestas porque los homosexuales se exhiben demasiado, porque se han vuelto demasiado visibles. Esas personas, sin mala intención tal vez, preferirían que estas personas «ejercieran su derecho de una manera un poco más discreta». Esto es un gran error. A mí me puede molestar o no ver a dos hombres besándose en público (no me molesta, pero podría molestarme), pero jamás se me pasaría por la cabeza prohibirlo. Porque no creo tener ningún derecho a hacerlo y porque democracia y tolerancia van unidas. ¿Acaso piensan que una sociedad que no tolera la menor desviación de lo que se considera «normal» puede ser realmente una sociedad democrática? Yo, desde luego, creo que no. Es más, creo que, independientemente de una posible simpatía o antipatía personal por los homosexuales, como ciudadanos deberíamos defender los derechos de otros ciudadanos que se encuentran cuestionados y amenazados, aunque simplemente sea porque nuestra salud democrática peligra a la larga. «Cuando se llevaron a los comunistas, callé, porque yo no era comunista. Cuando se llevaron a los judíos callé, porque yo no era judío» ¿Les suena la historia?

Siempre se empieza igual. Se ataca a las minorías. Se promulgan leyes represivas que no nos afectan y que nos dan risa. Los bordes se van socavando pero nosotros vivimos tranquilos, porque aún queda mucho donde morder. Pero por si acaso, solo para quedarnos más tranquilos aún, vamos modificando el lenguaje, vamos cambiando el enunciado. Empezamos a no llamar a las cosas por su nombre. Empezamos a estar más preocupados por utilizar un lenguaje aséptico que por tratar de ver de dónde viene esa suciedad. No suena feo llamar negro a un negro, lo que es feo es no reconocer que tenemos un problema que aún no hemos solucionado. Porque a nadie se le ocurre llamar «persona de color» a un blanco, ¿verdad? No. Ahora dicen que ya no hay racismo. ¿O sí lo hay? Pero volviendo a lo que nos ocupa… ¿Qué hacer cuando oyes cosas como: «¿Yo? No. Yo no tengo nada contra los homosexuales. Pero que se queden en casita… ¿Por qué tienen que provocar con eso del orgullo gay?». (Por si acaso les doy un consejo: si escuchan a alguien usar más de tres veces seguidas el verbo «provocar» o el sustantivo «provocación», salgan corriendo).

Y esto solo es la punta del iceberg…

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