LA CASA DE LOS LOMBARDO

Publicado: 12 diciembre, 2013 en Devaneos de cabeza, Infinita tristeza

Tendría yo 17 años. Estudiaba derecho y títeres a la vez. Mi gente era la de teatro. También mis amores. Esta tenía el cabello largo y muy rizado. Era bisexual. Se drogaba. Yo estaba algo lejano a esas historias. Pero éramos amigos. Hablábamos todo el tiempo. Me gustaba. Salimos. Nos besamos.

Esa vez nos invitó a mí y a otros a la casa de los Lombardo. La idea era invadir la que alguna vez fue una mansión oligarca y hacer allí una fiesta. Así era en los años noventa. Las casas abandonadas se asaltaban en la noche para bailar. Ahora las casas abandonadas –y las que no lo están– se asaltan para demolerlas y construir edificios. En fin. Fui con unos amigos de la facultad de derecho. Mis amigos revolucionarios que siempre me apoyaban en mis riesgos. Ella estaría allí. Pensé al menos en besarla. Aunque mi inocencia podía ya fantasear otras malicias.

Llegamos al que alguna vez fue un palacio de piso de mármol. Las paredes estaban pintadas de negro y estaban llenas símbolos demoníacos. No había muebles. Ni agua. Ni luz. Creo que todo estaba alumbrado con velas. Había gente, mucha gente. No era gente de teatro. Sólo estábamos nosotros, los recienllegados, y ellos. Ellos y nosotros. Me pareció verla a ella. Me saludó, me besó, me tomó de la mano, besó también a una joven bella que estaba a su lado, me la presentó. Seguimos andando por la casa. En algún cuarto creo recordar desnudeces y quejidos. En otra habitación había grupos de muchachos muy quietos, muy callados, algunos dormidos. La música seguía estridente. Pocos bailaban. Casi todos disfrutaban del desafío de la invasión. Había quien rayaba una pared. Había quienes se metían mano y otros objetos. Sobraba humo y ron. Ella volvió a desaparecer. Mis amigos estaban asustados. Eso no era un lugar para nosotros. Puede venir la policía. Eran pensamientos que sólo verbalizaban mis acompañantes, el resto parecía acostumbrado a vivir en riesgos. Y yo pensaba en ella. En verla un instante, quizás con su bella amiga, no importaba. En besarla. En bailar con ella, aunque yo no supiera bailar. Llegamos a la última habitación del segundo piso y abrimos la puerta y estaba ella. Estaba sentada en el piso. Jalando y fumando a la vez. Y ya no me veía. O si me vio no quiso descenderme a su versión psicoactiva del cielo. Y ya, en un segundo, no sabía de mí. Y creo que también había perdido en el interín a su bella acompañante, que también se desvanecía en otros mundos desde sus propias sustancias.

Yo estaba de más. Mis amigos cachimbos estaban de más. Salimos rápido. Alguno de ellos temblaba. Yo no tenía miedo. Creo que no. Aunque el piso se me había movido. A ella no lo juzgaba. Tampoco le temía. Sólo me preguntaba por qué yo no. Yo no, aún.

Nos sentamos en un chifa. Comimos. Tomamos algo, quizás una cocacola o una cerveza.

Regresamos cada quien a nuestra casa.

Seguí pensando en ella un tiempo. Incluso salí alguna vez más con ella sin mayores explicaciones. Hasta que llegó alguna nueva diosa a ocupar su altar.

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