LOS HOMBRES SENSIBLES, LOS REFUTADORES DE LEYENDAS Y PAPÁ NOEL

Publicado: 24 diciembre, 2013 en Anarkías, Infinita tristeza, Litera-turas, Mundo enfermo, Paranoias, Próxima Estación: Esperanza

Todos conocen la aguda polémica que suele encenderse en Flores cuando se acerca el 25 de Diciembre. Los Refutadores de Leyendas cumplen en esos días horarios especiales y desatan una intensa campaña. Naturalmente, tratan de esclarecer a los chicos acerca de la verdadera identidad del señor Noel. Los más desaforados no vacilan en afirmar que este personaje no existe y que la eventual aparición de juguetes es el resultado de sigilosas maniobras de los padres, amparados en las sombras de la noche. Sus argumentos –hay que decirlo– son bastante sólidos. El profesor Fernando Lombardi los ha reunido y codificado en su libro Santa Claus Son Los Padres. Esa obra, cuyo solo título presagia revelaciones apocalípticas, comprende tres grandes capítulos, cada uno de ellos con razonamientos de distinto color. El primero se titula Testimonios. Cerca de doscientas personas cuentan experiencias personales que abonan la tesis central del libro. Transcribimos algunos fragmentos.

(…) Me costó dormirme. Siempre me pasaba lo mismo en noches como aquélla. Ese año mis pedidos habían sido bastante módicos. Una pelota, un juego de ajedrez y unos chimpunes. A medianoche me desperté sobresaltado: ¿Realmente me había portado bien? Me levanté para comprobarlo. Y entonces en la penumbra del pasillo, subrepticio como un ladrón, arrodillado frente al árbol de Navidad, vi a mi padre con los regalos. Se levantó poco a poco. Durante un largo rato nos miramos con encono.

– De modo que así son las cosas –le dije.
– Déjame que te explique…
– No, papá –no me importó ser cínico–. Creo que ya es demasiado tarde para explicaciones…

Es probable que los arrebatos novelísticos del profesor Lombardi conspiren contra el estilo expositivo que es deseable en toda obra de especulación científica. Las otras historias del primer capítulo son –si se les mira bien– todas iguales: sujetos que sorprenden a sus padres en situaciones comprometidas, confesiones espontáneas de padres arrepentidos, trampas preparadas de antemano y hasta fotografías reveladoras. El más resonante es el caso de un joven estudiante de odontología que habiendo entrado en sospechas a causa del demasiado trato con las ciencias, amenazó a su madre con un arma hasta que la pobre mujer reconoció sus usurpaciones.

En el segundo capítulo, Lombardi apela al sentido común. Básicamente sostiene:

a) Que es por lo menos improbable que una persona visite todas las casas del mundo en una sola noche.
b) Que también resulta difícil admitir que pueda acarrear en su bolsa centenares de millones de juguetes.
c) Que los regalos que aparecen el 25 de Diciembre parecen más paternales que reales, sobretodo en el precio.

Sobre los diminutos ayudantes que algunos niños suelen ver, Lombardi opina que es obra de los padres, quienes de este modo no solamente serían Papá Noel, sino también los duendes.

El tercero y último capítulo es una larga serie de consejos sobre la conveniencia de no fomentar ilusiones en los niños y de explicarles todo, en términos amables pero rigurosamente exactos.

Los Hombres Sensibles de Flores, por el contrario, prefieren que los chicos crean en la Navidad, en las hadas y en el mundo de los sueños. Por eso cada vez que se encuentran con un niño le cuentan que hay ratones que dejan dinero bajo las almohadas si uno les pone un diente. O que el cuco se lleva a quienes sienten repugnancia por la sopa. O que atrapando el sonido de los afiladores de cuchillos se consigue riqueza. O que pisando las líneas de las veredas se ahuyenta al demonio. O que haciendo gancho con los dedos se impide a los perros evacuar sus intestinos.

En la anual discusión de Navidad, los Hombres Sensibles acusan a los Refutadores de Leyendas de obrar con el único propósito de ahorrarse el regalo. A su turno, los Refutadores declaran que muchos infantes de Flores fingen creer, aun siendo escépticos, al solo efecto de recibir un carrito o una muñeca. Esta infame actitud –dice el profesor Lombardi en su libro– es propia de niños perversos y mezquinos. ¿Qué se puede esperar de quienes venden su inocencia por una bicicleta?

Los Hombres Sensibles tienen en esos asuntos algunos aliados indeseables. Muchas personas que se jactan de su dulzura suelen cometer el desatino de intentar la demostración racional del mundo mágico para convencer del todo a los chicos. Así, cada Navidad, docenas de atorrantes se disfrazan de Papá Noel y pululan en los centros comerciales quitando toda veracidad acerca de la existencia de este señor. Asimismo, otros lo hacen en sus hogares y hasta llegan a saludar y besar a sus sobrinos para que crean o se asusten. Desde luego, esto no debe extrañamos en un mundo en que la gente cree solamente en lo que se ve y se toca. No comprenden estas personas que es cien veces más verosímil un personaje que no se ve jamás y tiene la apariencia de nuestros sueños, que el sujeto con barba falsa, que se ha puesto la pijama de nuestra abuela, se parece al tío Pepe y huele a cerveza. Yo no creo que los chicos se traguen esos disfraces. En los tiempos de mi infancia, la tienda Sears solía exhibir en sus salones a Papá Noel. Yo tenía 5 años, y aunque era bastante ingenuo, razonaba que se trataba de algún impostor pagado por la tienda. No era posible que quienes provenían del Barrio Celeste anduvieran tomando partido por la prosperidad de una casa comercial.

Fabián Cortéz en su estudio Ilusiones Eran Las De Antes se queja de esa tendencia a la garantía visual. Veamos:

(…) En estos asuntos el exceso de pruebas es más sospechoso que la ausencia de ellas. Muchos niños han creído en Santa Claus hasta que los vieron. Lo único que hay que hacer es sembrar la ilusión. Después ésta crecerá sola. Nada de disfraces ni payasadas. Si insistimos en mostrar al niño todo aquello cuya existencia postulamos, llegará un día en que el pequeño pilluelo nos exigirá que le mostremos el desengaño o un átomo o una esperanza. Y como no podremos hacerlo, el párvulo reputará inexistentes a esperanzas, desengaños y átomos…

No andaba desacertado Cortéz. Cuando uno ve películas de terror cree firmemente en el monstruo hasta que lo ve. Entonces descubre que no se trata del verdadero horror (que existe positivamente dentro de nosotros) sino de un truco lamentable. Pero algunos párrafos más adelante, el pensador sanmarquino vuelve a caer –como tantas veces– en el desafortunado rumbo de las musarañas. Siguiendo con el criterio de no aportar pruebas concretas, Cortéz llega a insinuar la conveniencia de suprimir el regalo de Navidad por considerarlo una concesión improcedente.

(…) Así todo sería ilusión: Papá Noel, su visita y aun el regalo del que podría hablarse, pero que sería imposible de ver y tocar. Los niños correrían en patines imaginarios y patearían pelotas soñadas, que son las mejores porque nunca se desinflan ni se pierden ni son cortadas en pedazos por los vecinos intolerantes.

Cortéz pensaba, además, que la abolición de la recompensa ennoblecía la creencia y, –por otra parte– eliminaba injusticias. Los chicos pobres son capaces de sueños tan pomposos como los de los príncipes.

Fabián Cortéz, como tantos Hombres Sensibles creía realmente en la Navidad. Todos los veinticuatro de diciembre esperaba en la ventana de su cuarto de la calle Viera donde vivió muchos años. Jamás le dejaron nada, es cierto. Pero el hombre suponía que esto obedecía a su conducta, no siempre intachable. En los días previos, las viejas del barrio creían notarlo amable y compuesto. Quizá no eran suficientes esos méritos de compromiso. No es fácil engañar a Noel. Muchos de sus amigos sintieron alguna vez la tentación de dejarle algún regalito. Pero no quisieron engañarlo. Ellos también esperaban con él. Y hacían fuerza para que alguna vez apareciera algo, aunque no fuera más que un calzoncillo. Nunca ocurrió nada, pero la fe de los Hombres Sensibles de Flores no se quiebra fácilmente.

¿Qué virtud encierra creer en lo evidente? Cualquier gaznápiro es capaz de suscribir que existen las licuadoras y los políticos. En cambio se necesita cierta estatura para atreverse a creer en lo que no es demostrable y –más aun– en aquello que parece oponerse a nuestro juicio. Para lograrlo hay que aprender –como quería Descartes– a desconfiar del propio razonamiento. Por supuesto, en nuestro tiempo cualquier imbécil tiene una confianza en sus opiniones que ya quisiera para sí el filósofo más pintado. La incredulidad es –según parece– la sabiduría que se permiten los hombres vulgares. Nosotros resolvimos apostar una vez más por las ilusiones. Por eso hicimos nuestras cartitas, pusimos nuestras enormes y primorosas esperanzas en las ventanas, en los patios y aun en los jardines. Y el veinticinco de diciembre recogimos nuestros sencillos regalos y se los mostramos a los vecinos.

– Mire lo que nos trajo Papá Noel.

Algunos Refutadores de Leyendas nos miraban con envidia, silenciosamente.

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comentarios
  1. Marcia dice:

    Veo y leo que no has cambiado ni un poquito. Luz para tu nueva aventura!!!

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