CARRITOS CHOCONES Y MALAGUAS

Publicado: 13 enero, 2014 en Devaneos de cabeza, Próxima Estación: Esperanza
MALAGUAS

En la playa había malaguas chiquititas, transparentes, con una línea roja al centro. Una línea roja en medio del mar. Cómo picaba esa línea. Roja, como una advertencia. Luego, en un segundo dejó de haber malaguas, como un acto mágico, como un milagro si creyera en milagros. Me alegré, no concibo estar en la playa sin meterme en el mar. Mi amiga y yo nos metimos allá donde estaban las peñas a explorar crustáceos. Me gustó uno verde con una raya azul y una blanca. No sé por qué me gustó, no era sino otro cangrejo más en esas rocas. Bueno, era eso: un cangrejo verde con una raya azul y una blanca. Tal vez el único de allí (al menos el único que vi). También vimos los delfines desde el farallón. Esta vez se acercaron muchísimo. Mi amiga y yo gritábamos como chibolos (bueno, ella es chibola, yo era el que estaba de más gritando como el chiquillo que no soy pero sí soy). Los delfines –como las malaguas– también estuvieron un momento, el que ellos quisieron, el tiempo necesario para juguetear entre ellos y exhibir ante los humanos su belleza y esos ojos inteligentes. Y luego se fueron, se perdieron en el mar azul verdoso oscuro, profundo. Pero nos hicieron felices. Y ellos lo sabían.

CARRITOS CHOCONES

Ayer fuimos al Evenpro. Mi sobrino es un enloquecido de los aparatos más raros, los más peligrosos, los extremos. Como fui yo a su edad. ¿Por qué me parezco tanto a ti?, preguntó en algún momento. Luego nos subimos en los carritos chocones. Marcelo en uno. Yo en otro. Siempre me han gustado los carritos chocones, pero no para chocar. Para evadir. Me encanta ser el que se aleja mientras los demás se destrozan, mientras los otros se enredan, mientras hay un atolladero de carritos y niñitos. Me encanta ser libre e ir a toda velocidad en el carrito chocón sin usarlo para lo que fue hecho: para chocar. Creo que a veces es que andamos por la vida como carritos chocones. Y sé que hay choques. Pero la verdad es que preferiría que no estuviéramos en carritos distintos, sino en el mismo, pero no para chocar a otros, simplemente para evadir, para ser libres mientras el resto del mundo estallan sus carros unos contra otros. Para enfrentar de a dos los choques. Siempre los choques (que indudablemente los habrá) son menos choques si hay dos. Claro, yo andaba feliz evadiendo los carritos chocones, pero para el resto de los chiquillos ese adulto que intentaba escaparse era la tentación mayor: “Todos al señor”. Y tenía como 8 chibolos lanzándome sus vehículos a toda velocidad. Marcelo me protegía y chocaba él a los otros y a veces, muerto de risa, me chocaba, pero suavecito, porque es mi sobrino extremo y cómplice.

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