PAREJAS IV: LA DISTRACCIÓN

Publicado: 9 febrero, 2014 en Devaneos de cabeza, Infinita tristeza
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Esta muchacha si que ha sido un desastre de toda la vida. Nunca se daba cuenta de nada. El colmo del despiste. Turuleca (yo también voy a adoptar palabras extraviadas). Podían meterle tremenda metida de mano en la calle y qué va a ser una metida, que no fue más que un tropiezo, pobre señor, sí que eres mal pensada, chica. Podían llamarla de lejitos: Tú, sí tú, ven y ella respondía volteándose para buscar quién era ese solicitado tú, sí tú, ven y ayudar a que se lograra la comunicación, no quería andar respondiendo un saludo que no le pertenecía. Podían mandarle una carta de amor perfumada con su nombre en el sobre –claro, un poco pasado de moda el asunto, resumámoslo en un email– y qué va a ser para mí, que se equivocaron, que eso es para la otra que se llama como yo y vive en la siguiente esquina. Podían enviarle un ramo de flores a su oficina –aunque recibir flores no es su estilo, pero pongamos por caso que sí, que ese día sí recibió flores– y ponerlas mejor en el escritorio de al lado porque qué pena, van a creer que ando quitándole las flores a esa otra a la que sí le mandan flores –y la otra contenta, ves, a mí sí me mandan flores–. Podían describirla igualito que en un libro, piropearla bonito, como se lo merece, pero ella mira con ternura infinita esa descripción, esa piropeada bonita y decir qué suerte que haya gente con tanta suerte que la describan así en un libro. Y es que era el colmo. Hace mucho tiempo, su mejor amigo del colegio se sentó con ella y le dijo unas cosas un poco enredadas de que ella y él y la vida, porque él solía enredarlo todo con su timidez. Pero al final él le dijo que ella tenía la decisión. Que la última palabra era de ella. Pero ella no entendía qué quería él que ella decidiera. Cuál palabra. Aunque a lo mejor sí sabía pero no quería saber. No se quería enterar. Pero sí se había enterado, claro que sí, no seamos cómplices de sus desacatos, ella no era boba. Insegura sí, boba jamás. Ella en realidad lo que tenía era un miedo extremo de haber entendido mal lo que a todas leguas había entendido clarísimamente bien. Quizás el meollo era muy simple: iba a ser fácilmente feliz si lo entendía, así que mejor desentenderse, confundirse, equivocarse, distraerse. Podían decirle así en su cara que hay personas que nunca se dan cuenta de lo que sienten por ellas y ella sí, es verdad, sí que hay personas que son así, qué vaina con esa gente ¿no?, qué difícil la comunicación con esa gente que nunca se da cuenta de nada, esa gente distraída. Esa gente que se hace la loca.

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