LOS JUSTICIEROS DE LO IMPOSIBLE

Publicado: 15 mayo, 2014 en Delirios, Devaneos de cabeza

Si los amadores –esos otros amadores, esos amadores ajenos que lloran por los rincones de todas las calles del mundo– a veces contemplativos y torpes se quedan todo babeados mirando el bus que se va irremediablemente, los justicieros de lo imposible estamos allí preparadísimos para llevarlos en brazos –pesan– y para montarlos en el bus que nunca creímos alcanzar –nos agarramos del parachoques, abrimos las alas y aumentamos la velocidad–. Tomamos ese amor del otro como si fuera nuestro y con respiración boca a boca le damos intensidad a la trama donde nunca besamos a la coprotagonista. Dejamos la escena The End y nos vamos a la cantina más cercana a tomarnos una cerveza bien helada y a ver las noticias ésas en las que hablan de ese héroe anónimo que ya no sabemos si somos nosotros.

Somos héroes anónimos, sí, no aparecemos en los créditos de la película. Coherentes con nuestra negación de protagonismo. Y si los invisibles se esconden tras la puerta jugando al escondite con alguien que hace rato se fue para otra parte y los dejó absurdos ansiando un descubrimiento que nunca se iba a dar, los justicieros de lo imposible los sacamos a la luz pública, con aplausos, bambalinas y como premio sorpresa les pagamos para su disfrute –con otro– una habitación con jacuzzi en un hotel cinco estrellas. La invisibilidad ajena se borrará y el invisible será visible en su sonrisa –calatos, bajo la espumita–. Héroes sí, y anónimos, invisibles nosotros jamás (pedimos la habitación de al lado, que también nos encanta un jacuzzi)

Si los superhéroes andan, por supuesto, agarrándose a trompadas como con cuatrocientos cintas negras (y ganan, los muy malnacidos, porque los superhéroes están de suerte casi siempre porque tienen dientes y gruñidos), los justicieros de lo imposible nos sentamos a reconciliar las partes que terminan todos tan amigos, superhéroes y villanos tomando cerveza y odiando todos juntos –por fin de acuerdo– a ese justiciero tan metiche. Héroes sí, y anónimos, pero de un incomprendidos los justicieros. Si los atrevidos se lanzan al vacío en busca de esa rosa que nadie les lanzó (pero una rosa es una rosa es una rosa es una rosa y tiene el olor a ella), los justicieros de lo imposible estamos abajo para recogerlos –a veces nos aplastan, atrevidos pasados de peso–; si los tímidos no hablan, los justicieros de lo imposible somos ventrílocuos, marioneteros, titiriteros que movemos pies de manos de otros, avivándolos si les falta cuerpo, espabilándolos si les falta alma; si los torpes ya se han tropezado tantas veces con la misma piedra que ya no sólo sangra la rodilla, sino la piedra, el camino, el planeta, estamos allí con nuestro equipito de primeros auxilios y el sana-sana-colita de rana y un helado de vainilla y chocolate y mimos (para la piedra) y la ambulancia y una canción para dormir (sí, tenemos nuestros raptus de cursilería los justicieros).

Los justicieros de lo imposible asumimos la causa del otro como nuestra y nos lanzamos a la guerra, que inevitablemente ganamos para los otros. Nos encanta que la gente esté feliz, tan feliz que no se acuerde del justiciero de lo imposible que hizo posible la felicidad (no, no hay propina). Nos gusta el bajo perfil. ¿Saben? Cuestión de privacidad. Nada de autógrafos.

Los justicieros de lo imposible no queremos que nos reconozcan. Por eso están los que cargan máscaras, o capas, o disfraces, o nocturnidad como camuflaje. O una falsa identidad, como este justiciero. Por eso nadie nos reconoce.

Aunque a veces sí.

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comentarios
  1. […] de tímido, ¿por qué el miedo de sentarme solo en un bar con una cerveza en la mano? Mi cargo de justiciero de lo imposible, siempre soy el que le cubro las espaldas a los otros que quedan mejor que yo, el sacrificado, […]

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  2. […] solemos ser superhéroes –vendrá el post– y justicieros de lo imposible –ya publiqué el post también–). Y los atrevidos no sólo desafiamos los vientos y los túneles y el frío, sino que […]

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