LOS TÍMIDOS (TEORÍA Y PRÁCTICA)

Publicado: 19 mayo, 2014 en Delirios, Paranoias

Si los torpes esperamos un bus que ya se fue de un país en el que no hay carreteras, los tímidos nos escondemos bajo el asfalto, no vaya a ser que el bus llegue a tiempo y tengamos que abordar y compartir el asiento con una desconocida a la que le tocó la ventanilla y que nos preguntará la hora y dirá qué buen clima el de hoy ¿es usted casado? Si, los torpes tropezamos en la vereda con esa persona que mantenemos cristalizada en la última nube y la pisamos sin querer con nuestros duros pies, más terrenales que nunca; los tímidos nos pasamos a la vereda de al lado y buscamos un transeúnte –preferiblemente gordo o alto o con doce niñitos a su lado– que cubra nuestros pasos y si podemos nos detenemos y silbamos, damos la espalda, o nos agachamos disimulando que un pañuelo imposible se ha caído, mientras el ser que nos intimida (que probablemente sea nuestra vecina de enfrente, nuestro jefe en la oficina, la compañera de carpeta, el mejor amigo que nos cuenta que ama –tímido igual– a esa otra amiga tan lejana) camina sin vernos por la vereda original que no nos atrevimos a andar, y posiblemente camine sola (o acompañada pero sola) y torpe o tímida o indiferente, porque timidez e indiferencia se funden cada tanto en sinónimos, aunque sean tan anónimos, e incluso, no se sabe, quizás ella también se había cambiado de vereda antes o se haya puesto un sombrero y un sobretodo invisibles o use gafas oscuras a plena noche o se haga la miope que dejó los lentes en casa aunque tenga visión 20/20. Y claro, después nos acusaremos con el dedo, maldeciremos la maldita timidez, la oportunidad perdida –siempre se nos extravían las oportunidades–, y probablemente en la otra vereda esa otro también lo maldiga, aunque eso sí, nunca reconoceremos la timidez del otro –siempre será distancia–, siempre la timidez será absolutamente nuestra, como un virus que no se contagia, sino que se extrema con los años. Somos los dueños y señores de ésa, nuestra tara de nacimiento.

Los tímidos hablamos en clave pero nunca damos la contraseña, esperamos que el otro la entienda y si es tímido, seguro que la entiende, pero tampoco se atreverá a revelarla o tendrá su propia clave, y ambos lenguajes secretos se harán guiños y andarán como flotando, ajenos al tacto.

Los tímidos no bailamos y si bailamos, lo hacemos mal para avergonzamos de que bailamos y afirmar que somos el hazmerreír de la fiesta, que mejor estamos en el rincón, entre la abuelita en silla de ruedas que alguien dejó olvidada y el niño terremoto que amarraron a la pata de la mesa.

Los tímidos no estamos en acontecimientos sociales, bien sabemos asumir el anonimato, siempre habrá una silla en la cual esconderse –abajo, se entiende– con una copa en la mano que nos sostiene para no desmayarnos, si es que la silla –abajo, se entiende– no ha sido adueñada por otro tímido (o por el niño tremendo que se desamarró) o la copa tiembla demasiado en nuestra mano inquieta, siempre serán alborotadoras y bailarinas las manos de los tímidos, dispuestas a arrojar el trago en trajes ajenos. Los tímidos envidiamos a las avestruces que tienen donde alojar la cabeza; a los canguros que tienen un bolsillo incorporado para guardar el susto; a los leopardos, veloces, listos a salir corriendo –pero nosotros, los tímidos, no corremos tras la presa, corremos de la presa–; a los peces que no tienen que ir a fiestas ni aprender a hacerse el nudo de la corbata ni sonreír con la risa a cuestas; a las serpientes que no tienen que hacer vida social ni caerle bien a nadie ni hablar de ese tema que no nos interesa, qué carajo hago yo aquí si pasaban una película tan buena en la Filmoteca (que, a propósito, ¿que fue de ella?). Los tímidos siempre tendremos las manos sudadas aunque no sudemos; agarraremos un papelito que leeremos por horas –con tal de no mirar al frente– aunque no tenga letras; no sabremos qué decir cuando tenemos tanto que opinar; y seremos torpes, torpes, torpes cuando se nos requiera moderación y certeza.

Los tímidos nos perdemos el bus que se fue del país donde no hay carreteras, pero generalmente terminamos abordando ese bus del que nos escondimos. Y nos subimos porque teníamos el boleto en la mano –y a veces sin boleto– porque, en el fondo, nos encanta la desventura de vernos, hechos un lío de maletas y palabras, en el asiento que nunca está al lado de la ventanilla junto a un extraño que será un enigma (esperen el post de “los atrevidos”).

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comentarios
  1. […] bus que abre las puertas y te las cierra en la nariz y las vuelve a abrir como si nada. Mi cargo de tímido, ¿por qué el miedo de sentarme solo en un bar con una cerveza en la mano? Mi cargo de justiciero […]

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  2. […] los torpes esperan el bus en la esquina opuesta del paradero, y los tímidos silban, miran de ladito y se hacen los locos para no abordarlo, a los invisibles el bus los ignora […]

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  3. […] los torpes esperamos el bus en un paradero clausurado por el SAT, si los tímidos buscamos un refugio en el subsuelo para no oír el crujir del motor cuando la máquina avanza, si […]

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  4. […] con las propias lágrimas: También (somos tristes), se esconderá en el rinconcito: Claro (somos tímidos), se nos ignorará entre el maremagnum de príncipes: Seguro (somos invisibles). Pero nos […]

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