(LOS INVISIBLES –POST INVISIBLE Y PROVISIONAL EN ESPERA DEL POST DE LOS “ATREVIDOS” PORQUE QUIZÁS SOLO ASÍ APARECERÁN)

Publicado: 22 mayo, 2014 en Delirios

De niño quería ser invisible. Eso lo escribí en mi libro de cuentos –inédito, más inédito aún si habla de invisibilidades–. Mezclaba un montón de ingredientes de la cocina, del baño, los ponía en un frasquito y luego me echaba muy cuidadosamente una gota en la palma de la mano. No lograba la invisibilidad. Y la soñaba. Y volvía a mi experimento científico. Una, otra vez.

Quizás empecé a lograrla cuando me negaba a salir a la calle. A veces también lo lograba con ciertas camisas varias tallas mayores. Y con los silencios. La invisibilidad, gran aliada. Quería ser invisible no sé, quizás para que allí se extraviaran la timidez, la torpeza y ese, mi peligroso atrevimiento, mi gran aliado a veces, pero que me produce tanto, tanto vértigo. Hoy, no sé, amanecí con ganas de invisibilidad. Transparentar, borrarme con el borrador que siempre me como de los lápices (eso merece su historia aparte), desaparecer con la varita mágica que no tengo. Iba por el centro de Lima y de pronto dije qué diablos hago yo con una camisa de franela, con los bluyines algo grandes si yo nunca los he usado así. Iba por el centro y me preguntaba por este año, precisamente, que debía borrar del mapa, junto con toda la visibilidad que debió ser invisible en los últimos meses.

Si los torpes esperan el bus en la esquina opuesta del paradero, y los tímidos silban, miran de ladito y se hacen los locos para no abordarlo, a los invisibles el bus los ignora y a veces incluso hasta los atropella y ni un quejido que muestre al mundo que están allí, bajo las ruedas. Los invisibles –si salen vivos del accidente automovilístico– pasan felices por la vida y nadie se da cuenta de que pasaron por el lado y no los saludan y no tienen que decir los buenos días. Los invisibles no se sienten –quizás ni ronquen–, hacen silencio, no les suenan los zapatos cuando andan en puntillas. Los invisibles pasan desapercibidos, nadie se acuerda del nombre, tropiezan con la misma piedra pero la piedra cree que lo ha tropezado otro y por eso el segundo tropezón no cuenta en las estadísticas. Eso quiero, andar sigiloso, que no se me descubra la mirada. Ser anónimo, cara común, de esas personas que la gente deja con la palabra en la boca porque no los han oído.

Pero cuando me da por ansiar la invisibilidad más invisible, también me da por el atrevimiento. Como hoy. Sí, soy atrevido, cómo no, a pesar de ser tímido y torpe, o con mi torpeza y con mi timidez a rastras y saboteándome. Por si acaso, hoy, en mi faceta atrevida, prepararé la fórmula de la invisibilidad y la tendré en el bolsillo. Aunque esa pócima siempre me falle.

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comentarios
  1. […] pues. Mi cargo de justiciero, que perdí –o se me rompió– mi capa de superman. Mi cargo de invisible que nunca supe ocupar del todo –siempre dejo visible un […]

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  2. […] buscamos un refugio en el subsuelo para no oír el crujir del motor cuando la máquina avanza, si los invisibles se quedan con la mano levantada y el bus no se para, los atrevidos no sólo nos subimos en el bus […]

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  3. […] Claro (somos tímidos), se nos ignorará entre el maremagnum de príncipes: Seguro (somos invisibles). Pero nos enamoraremos con más locura que la vez anterior: Evidentemente (somos amadores). Por […]

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