LOS (Y QUE) VIDENTES

Publicado: 2 junio, 2014 en Infinita tristeza

I

Los (y que) videntes no aguardamos al bus, lo imaginamos, lo prevemos, lo presentimos, lo pronosticamos, lo anunciamos. Allí viene el bus. Y del bus ni rastro. Vaticinamos sin miramientos: será grande, espacioso, quizás caluroso, pero amable. Profetizamos que será bueno el paisaje, que pasaremos por seis abismos y desde uno de ellos observaremos el mar al atardecer, que escucharemos a Sonic Youth con la nostalgia en las manos. Habrá cerca una señora que suda mucho, un niño en brazos de un papá muy dulce, una pareja de novios nuevos y con ganas de una cama para aprehenderse. Adivinaremos felicidad y una buena conversación con una vecina de asiento, una mujer pálida, traslúcida y maga, una mujer inteligente. Los videntes nos reconciliamos con la imagen de ese bus en marcha y lo esperamos religiosamente en el Terminal (o la Terminal, ¿como se dice, ah?), como buenos creyentes en nuestros propios fantasmas. Y el bus ¿viene?

Qué va (a lo mejor viene otro).

II

Los videntes nos fastidiamos, nunca tenemos sorpresas. Hemos sospechado tanto cómo será la fiesta, cómo la música, cómo los rostros de nuestros amigos con el regalo en la mano, que quizás la realidad nunca supere tamañas conjeturas. Somos imaginativos los videntes, los (y que) videntes. Nos figuramos tanto lo que pasará: Ella vendrá, ella traerá una flor amarilla, ella nos aguardará en la esquina y creemos que lo presentimos tanto que ahuyentamos los augurios (quizás temen no superar las expectativas). Nunca sucede nada. Pasan los meses. No hay sorpresas. Todo lo posible, todo lo que se nos ha pasado por la bola de cristal de la mente no pasa: Ella no está en nuestra puerta, ella no se encuentra escribiéndonos una insospechada –pero siempre sospechada– carta de amor. Nos decepcionamos simplemente con algo que debió suceder (porque además no requiere de magia mayúscula) pero que nunca sucede. Como si añoráramos de antemano aquello que no nos ocurrió, pero que vaticinamos por los astros y el tarot que ocurriría. Entonces dudamos de nuestro talento de pitonisos.

III

Pero los videntes también pronosticamos que nos tropezaremos con la misma piedra. Y ahí sí acertamos. Nos tropezamos y nos damos tremendo golpazo. Entonces decimos: Viste, viste que de verdad veo el futuro, viste que de verdad soy brujo.

IV

Sin embargo, si somos sinceros, los videntes no creemos en oráculos. El mundo es demasiado grande y libre para andar ajustándose a profecías. Además lo preferimos así: rebelde y asombroso.

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