Jugadores de la selección danesa de fútbol celebran un gol durante la Eurocopa de 1992. Foto: UEFA.

Jugadores de la selección danesa de fútbol celebran un gol durante la Eurocopa de 1992. Foto: UEFA.

Kim Vilfort recibió la llamada y decidió que lo mejor era regresar. Quizás el error, en primer lugar, estuvo en ir a Suecia mientras su hija de siete años luchaba en un hospital contra la leucemia. Las tragedias también se nutren con los jugadores profesionales de fútbol aunque sean casi desconocidos, centrocampistas del Brondby con bigote y estampa ochentera.

En todo caso, y antes de irse, Vilfort dejó el típico mensaje para los compañeros: «Volveré pronto, serán unos días, no quiero perderme la final». Un guiño competitivo que parecía más un saludo a la bandera que cualquier otra cosa porque Dinamarca había jugado sus dos primeros compromisos sumando solo un punto, empate a cero sorpresa ante la Inglaterra de Lineker en la primera jornada y derrota ante la anfitriona Suecia en la segunda. Ni Vilfort ni ninguno de los demás daneses deberían estar ahí, para empezar. La historia dice que los sacaron de la playa para ponerlos a jugar una Eurocopa y por una vez la historia no miente: solo se supo que Yugoslavia iba a ser sancionada diez días antes del inicio de la Eurocopa, a mediados de junio de 1992.

Si por la UEFA hubiera sido, y en eso Lennart Johansson fue claro, Yugoslavia habría jugado. Habría jugado con un equipazo, por cierto, incluso disminuido por las ausencias croatas. Tuvo que ser la ONU la que extendiera su veto a las competiciones deportivas, sancionara la presencia yugoslava en Suecia y un mes después acabara su sueño olímpico. Los tiempos de bombardeos sobre Mostar habían dado paso a francotiradores a sueldo en Sarajevo, iniciando una escalada de crueldad y Europa, como siempre, reaccionó con estrépito pero con cierta distancia. Sin entrometerse demasiado, no fuera a ser que…

El caso es que, volviendo al mito, el entrenador danés Moller-Nielsen tuvo que llamar uno a uno a sus jugadores por teléfono, localizarlos por todo el mundo para convencerlos de que la aventura sueca tenía sentido. Dinamarca había asombrado al mundo en los ochenta, especialmente durante el período de 1984 a 1988, pero su falta de competitividad siempre la dejaba fuera de los pronósticos. En la clasificación de 1992, ya con Michael Laudrup abiertamente enfrentado a su entrenador, los daneses quedaron segundos, a un punto de la Yugoslavia del macedonio Darko Pancev, máximo goleador de aquel torneo clasificatorio.

¿De verdad estaban todos los daneses en la playa? Es complicado de creer. Alguno sí que estaría, al fin y al cabo la liga acababa de terminar. Alguno llegaría después a la concentración y se pondría a beber cerveza como un loco, tal y como reza la historia… pero es completamente factible que muchos estuvieran atentos. Las sanciones a Yugoslavia estaban en primera plana y ellos sabían que, de ser excluidos los yugoslavos, sería el turno de Dinamarca. Con lo que desde luego no podían soñar, ni Vilfort ni nadie, era con que el equipo fuera mínimamente competitivo. Eran los noventa, los equipos empezaban sus «preparaciones científicas», el control exhaustivo de los Sacchi, Clemente, Capello, Lazaroni y compañía inundaba los manuales, y un equipo sin preparación, sin orden… y sin Michael Laudrup tenía sus días contados.

ANTE LA FRANCIA SUICIDÓFILA DE CANTONA Y PAPIN

Un punto en dos partidos. Ese era, decíamos, el bagaje de Dinamarca en la Eurocopa 92 antes de la partida de Vilfort. El último rival era Francia, la gran Francia de Papin y Cantona apoyada por Deschamps, Blanc, Ginola, Boli y el mismísimo Luis Fernández. Una mezcla de veteranía y juventud que les había servido para eliminar a España en la fase previa y colocarse a un empate de las semifinales, con Michel Platini como director técnico. El objetivo de ese equipo era el Mundial de 1998, crear un núcleo que sirviera para aquel año y si de paso conseguían esta Eurocopa o el Mundial del 94, mucho mejor.

Sin embargo, aquel era un equipo con tendencia al suicidio. Nunca se vería más claro que en 1993, cuando a falta de un punto para clasificarse para el Mundial de Estados Unidos, perdió consecutivamente con Israel y Bulgaria en el Parque de los Príncipes, en ambos casos en tiempo de descuento. Aquella era una selección confusa: jugadores muy comprometidos pero muy limitados junto a jugadores decisivos pero con tendencias erráticas en los grandes partidos. Enfrente, Henrik Larsen, modestísimo jugador del Pisa italiano, sustituía a Vilfort y Moller-Nielsen mantenía la estructura de siempre: Povlsen, un muy anodino centrodelantero salido de las canteras del Real Madrid que espantaba defensas junto a Christensen, y detrás de ellos, el mago Brian Laudrup, hermano pequeño de la gran estrella y jugador esporádico del Bayern de Múnich, que no había mostrado interés alguno en renovarlo.

Brian tenía menos clase que su hermano pero parecía más contundente, más práctico, más directo. No es casualidad que pasara sus siguientes años en Italia, aunque no llegara a triunfar como en aquella Eurocopa. Tenía veintitrés años y todos los ataques daneses pasaban por él, igual que todos los rivales acababan en Jansen, Christofte, Olsen y Nielsen, ese embudo impenetrable. Si alguien osaba pasar todas las líneas y acercarse a la portería –Dinamarca era un equipo romántico pero, no nos equivoquemos, era un equipo sumamente aburrido– estaba Peter Schmeichel, la gran estrella sin discusión, el portero titular del Manchester United, venido de su primera temporada en Inglaterra tras un traspaso que Alex Ferguson titularía como «la ganga del siglo» sin que le faltara mucha razón.

Schmeichel no solo lo paraba todo sino que tenía esa facilidad para transmitir a sus compañeros que lo iba a parar todo, que no se preocuparan, que ellos se dedicaran a jugar. Así, Larsen marcó en el minuto 8, a Francia le entró una crisis de ansiedad, Papin empató en el 60 pero Elstrup volvió a adelantar a los daneses en el 78, resultado que Francia, con esa actitud, no iba a remontar. Al triunfo danés tenía que unirse la no victoria de Inglaterra ante Suecia y así se dio. Por sorprendente que fuera, Dinamarca estaba en semifinales como segundo de grupo, y Vilfort tenía de nuevo un motivo para alejarse de su mujer y su hija para jugar unos partiditos a pocos kilómetros de casa.

CUANDO SCHMEICHEL FRUSTRÓ A VAN BASTEN

El rival en semifinales era Holanda. Con Holanda todos tenemos un problema: nos cae bien, nos gusta cómo juega, pero su fatalismo resulta atractivo. Como si no pudieran fracasar una vez más y sin embargo… Aquella Holanda de los Gullit, Rijkaard, Van Basten y compañía había ganado la Eurocopa de 1988 y era la máxima favorita para repetir título, pero la experiencia del desastre total del Mundial 90, marcado por las lesiones de Marco Van Basten, no hacía presagiar nada bueno.

De alguna manera, en Goteborg se daban cita dos historias trágicas y por lo tanto románticas: la eterna favorita, la Brasil europea, la columna vertebral del mágico Milan de finales de los ochenta frente a los de las cervezas y la playa. Si a uno le gustaba el fútbol, lo normal era que apoyara a Holanda; si le gustaban las novelas, lo normal era que animara a Dinamarca. Las dos historias, en cualquier caso, merecían contarse.

Los focos se centraban en el nuevo Laudrup y en el viejo Van Basten. Mientras, Vilfort volvía a Suecia con una promesa en su corazón: ganar la Eurocopa antes de que su hija muriera, conseguir que la niña viera y entendiera lo que estaba haciendo su padre. Puede que la historia quiera contar que los daneses la pasaron muy bien y que eran una pandilla de vándalos pero aquel hombre estaba viendo morir a una niña de siete años y lo único que supo hacer su familia fue empujarlo a cruzar el canal para unirse a sus compañeros.

Más de veinte años después, la procesión de nombres de aquella selección holandesa aún impresiona: Van Breukelen, Koeman, Rijkaard, Frank de Boer, Gullit, Kieft, Van Basten, Winter… incluso un joven Dennis Bergkamp, que justificó su titularidad empatando el temprano gol de Larsen, siempre Larsen, el mismo que antes del descanso puso el 2-1: los daneses encerrados en su área, al borde siempre del desastre pero encontrando el recurso necesario, la pierna que choca en el último momento con la pelota, la parada a una mano de Schmeichel, el fallo increíble del delantero «oranje»…

Nadie dudaba de que Holanda fuera la favorita para ese partido pero a falta de cuatro minutos, el equipo perdía y se iba a casa una vez más. Entonces apareció Rijkaard en su especialidad: aprovechar balones sueltos y encajarlos en la portería contraria. Empataban a dos en el minuto 87. El golpe para los daneses fue tremendo: aquel equipo había remado y remado… y lo único que había conseguido era ganar treinta minutos más de suplicio. ¿Quién podía imaginar otra cosa que una victoria naranja en ese tiempo extra, con los chicos de rojo y blanco ya agotados, pagando su falta de preparación física?

En parte fue así: Holanda atacó y atacó, pero Schmeichel lo paró todo. Absolutamente todo. Era un hombre fuera de sí, incluso en su rostro, la sensación de tener un don que no se repetiría jamás de esa manera. Dinamarca aguantó hasta los penales. Ahí, Schmeichel completó el festival deteniendo el segundo lanzamiento, el de Van Basten. Los demás sólidos daneses cumplieron, uno a uno, frustrando a Van Breukelen, el fornido portero del PSV Eindhoven.

Kim Vilfort marcó el cuarto. No sería su último gol en el campeonato.

LOS ONCE HOMBRES CON LOS QUE NADIE CONTABA: LA FINAL CONTRA ALEMANIA

Así que, dieciséis días después de empezar el torneo, ni siquiera un mes después de que Moller-Nielsen empezara a hacer las llamadas telefónicas, aquellos tipos estaban en la final. En un deporte donde juegan once contra once y siempre gana Alemania, sus opciones no eran demasiadas. En efecto, tenían enfrente a la vigente campeona del mundo, la selección que había eliminado al anfitrión en semifinales con una solvencia pasmosa.

Era, con todo, una Alemania crepuscular, con jugadores rumbo a su último baile: Illgner, Brehme, Köller, Klinsmann, Riedle… y junto a ellos el recambio para el 94 en forma de Effenberg, Sammer, Hässler… Una generación de ganadores junto a otra generación de ganadores, unos llegando un poco tarde y los otros un poco pronto. Aquella Alemania no enamoraba como no enamoraba ninguna selección de principios de los noventa, pero era pétrea, sin resquicios. ¿Cómo podría Dinamarca con su Povlsen y su Larsen ganarle a ese equipo?

Haciéndolo y punto.

Jugando cada minuto con una intensidad desbordante, como movidos por una fuerza superior, una misión, la conciencia de que aquello no se iba a repetir jamás y que no valía de nada volver a casa con la cabeza bien alta, había que volver victoriosos, había que hacerlo, además, ante los mejores, por si había dudas. Jugar contra Inglaterra, Suecia, Francia, Holanda y Alemania en dos semanas y acabar ganando el campeonato no es cualquier cosa. Había en Dinamarca la conciencia del momento histórico mientras en Alemania había cierto pánico a la rutina. El partido estaba ganado de antemano, los aficionados alemanes, con la típica soberbia del que se cree campeón, saltaron de alegría cuando Christofte marcó el gol que eliminaba a Holanda… ¿Qué podían hacer en esos noventa minutos sino perder?

Y si el equipo alemán estaba nervioso, más lo estuvo cuando en el minuto 18. John Jensen disparaba con todas sus fuerzas dentro del área y el balón se le colaba a Illgner por su palo. Aquello sí que era un milagro. Como diría después Peter Schmeichel: «¿Si tuvimos suerte? John Jansen marcó un gol, con eso te lo digo todo». A partir de ahí, la histeria. Es raro ver a un alemán histérico pero a veces sucede. El equipo de Berti Vogts se lanzó al ataque pero ahí estaba de nuevo Schmeichel, en el mismo lugar en el que había acabado el anterior partido. Es casi imposible recordar una actuación tan decisiva de un arquero en unas eliminatorias de cualquier campeonato. Schmeichel parando la pelota a una mano, a dos, por el suelo, por alto, dominando el juego desde la portería.

Los minutos pasaban y el campo parecía inclinado pero solo uno de los dos equipos sabía lo que estaba haciendo. La épica quedaba algo más cerca, más cerca a lo imposible.

En el minuto 78, tras un rechazo desde el medio del campo, el balón llegó a Vilfort, vuelto de un segundo viaje a Dinamarca. Su hija había empeorado, no había nada que hacer. El mediocampista estaba solo ante dos defensas y a unos diez metros del área. No le importó. Era su momento, dejó picar la pelota, la llevó con la derecha, dejando a contrapié a los dos alemanes, y pateó con la izquierda, rasante, al palo de Illgner, que de nuevo se había lanzado para nada. Tan ajustado fue el tiro que llegó a golpear la base del poste para acabar entrando tranquilamente, como si nada, toda la aparatosidad alemana hundida en un ejemplo de simpleza: controlo, oriento, tiro y gol.

Tenía que ser Vilfort. El único que creyó desde el principio. Al finalizar el encuentro, todos abrazaban a Schmeichel mientras Kim lloraba en medio del campo. Era el hombre más feliz del mundo y lo fue, al menos, durante diez días de tregua; todo el tiempo que la muerte concedió a su hija.

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