UN DOMINGO POR LA TARDE (1996)

Publicado: 11 septiembre, 2014 en Infinita tristeza, Poetas Muertos, Próxima Estación: Esperanza

Detestábamos los domingos, sobre todo en invierno, porque era el único día en que se evidenciaba nuestra soledad.

Cada domingo la esperaba en la misma esquina de Arequipa con Cuba en Lince. Prendía un cigarro mientras la veía llegar y luego me acercaba lentamente hasta su encuentro.

Caminábamos por las húmedas y solitarias calles de Santa Beatriz hablando de historias pasadas en las que era Domingo, no estábamos solos y nos sentíamos amados. La garúa era una buena compañía pues nos sentábamos en algún parque a contar los escasos autos que veíamos pasar de vez en cuando, donde seguro iba alguna familia que tenía alguien a quien visitar o invariablemente nos cruzábamos con alguna pareja que seguramente se dirigía al cine. Las tiendas cerradas nos hacían compañía también.

Continúabamos caminando, dirigiéndonos siempre a la Plaza San Martín. Pedíamos un café en el carrito que se estacionaba en una esquina de la plaza, luego bajábamos a buscar libros y música en las pocas tiendas abiertas en Quilca mientras nos burlábamos de la ropa de las gentes que a esa hora iban a “jironear”.

Una vez encontramos el “Libro de las Preguntas” de Neruda, una edición tan vieja como desvencijada y aún así la compramos para dirigirnos una vez más hacia Santa Beatriz leyendo el libro por turnos.

Nos gustaba sentir las viejas calles bajo los zapatos, el olor a madera antigua de los árboles que a su manera adornaban los parques.

El frio entumecía nuestras manos hasta ponerlas azules, sacábamos los guantes y caminábamos de regreso discutiendo que película alquilaríamos esa tarde. Llegábamos donde un viejo que alquilaba películas y luego de voltear su tienda salíamos con un viejo clásico en la mano. Para seguir caminando, esta vez en silencio, mientras la ciudad se oscurecía.

Al llegar a su casa entrábamos al cuarto para ver el viejo clásico en VHS. Me sentaba en el mismo sillón y me cubría con una terrible manta escocesa. Ella apagaba la luz, se sentaba a mi lado, yo pasaba mi brazo por su espalda y ella apoyaba su cabeza en mis hombros, para tratar de fingir que no era domingo y que no estábamos tan solos

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