Por Carlos León Moya

Publicado en Hildebrandt en sus Trece, 21/11/2014. Esta es una versión del autor sin editar.

En 1992, Heddy Honigmann estuvo en Lima para hacer un documental. El eje no era una ciudad que se caía a pedazos ni un acechante Sendero Luminoso, sino los taxistas. Son pequeños grandes personajes, a los que acertadamente Honigmann deja hablar. A través de sus confesiones, lamentos y peripecias, se aprecia la Lima de la época. “Metal y Melancolía” se estrenó en 1994 (se encuentra entero en el portal YouTube), y en 1995 el New York Times le dedicó una crítica amigable. Considerado “un retrato del Perú en taxi”, destacaron la actitud de “alegre resignación” que mostraban los taxistas nacionales, profesionales de clase media que sobrevivían en un país casi en bancarrota.

Hasta allí una parte de la historia. Hace 22 años que Honingmann grabó el documental, y muchas, muchísimas cosas han cambiado desde entonces: la captura de Abimael Guzmán era reciente –una taxista escucha por radio la noticia de su primera sentencia, en noviembre del 92–, y nadie podía imaginar entonces la bonanza a chorros que empezaría a inicios de los 2000.

Más allá de que “Metal y Melancolía” sea un documental bien hecho y con impactantes historias individuales, guarda todavía un gran valor histórico y social, acaso hoy más que antes. Especialmente porque se puede ver en qué hemos cambiado y en qué no.

Por una parte, se ve en sus imágenes una Lima que no existe más. Los autos desvencijados y antiguos, que eran los taxis de entonces, hoy son solo un recuerdo. Se ve a serenazgos de San Isidro con uniformes viejos recostados en un Lada, hay billetes de un nuevo sol, el Parque Kennedy aparece pálido y oscuro, la avenida San Felipe no tiene casi edificios, la entrada a la Vía Expresa genera pena. Vista con ojos de hoy, la Lima de inicios de los noventa no parece una ciudad sino un gran barrio, una aldea llena de buses y ambulantes. Se le ve vieja, a pedazos. Es el reflejo de un país que entonces parecía hundirse. Hay una frase que dos taxistas usan para momentos distintos: “en las últimas”. Mi carrito está en las últimas, mi gasolina está en las últimas. Era el Perú, en verdad, el que estaba en las últimas.

Acá podría venir un momento de regocijo y celebrar lo mucho que hemos mejorado, cómo hemos cambiado. Aquel era el Perú del siglo pasado, ahora somos distintos, tenemos plata y la gente es optimista.

Es cierto, ahora el optimismo es nuestra divisa. En “Metal y Melancolía” no hay optimismo sino resignación. El optimismo no es una forma de ver la vida, sino un salvavidas para no hundirse en la tristeza. Es pensar que las cosas van a mejorar porque no se puede estar peor. En una escena maravillosa, una taxista lleva a Honigmann a conocer la “otra” ciudad. “Esto también es Lima”, le dice, y la lleva a un cementerio. Allí, pide ver la fosa común: aparecen muertos destapados en un gran hueco en la tierra, es gente que nadie reclama. Es 1992. Hoy, a Honigmann la llevarían a comer cebiche.

Pero hay también muchísimas cosas que no han cambiado, y que vuelven al documental tan familiar. La informalidad, por ejemplo. Hoy el PBI es exactamente el triple que en 1992, pero más de la mitad del país continúa en la informalidad. Cambistas, vendedores de jugo, ambulantes, niños vendiendo dulces: son personajes que aparecen sutilmente en el documental, pero que son hoy personajes de la vida cotidiana. Los contrastes: el taxista que habla con seguridad y solvencia del mal manejo de la deuda externa por parte de Alan García, interrumpido por un niño que le pide limpiar la ventana del carro. Los taxistas mismos: han cambiado de auto, pero siguen siendo informales. Antes pegaban un letrero con saliva en su ventana, ahora cuelgan el letrero en el techo del auto.

La inseguridad también. Un taxista le saca la palanca de cambios a su auto para que no se lo roben nuevamente, otro se felicita por tener un auto tan viejo que es “inrobable”. Una taxista llora al recordar que su violento padre sigue sin aceptar que es madre soltera, a pesar de que ella mantiene sola a su hijo por la irresponsabilidad de su antigua pareja. Un taxista que se lamenta de un antiguo amor perdido, una italiana que se fue y a la que recuerda escuchando pasillos. Cuando le preguntan por qué no se fue con ella a Italia, la respuesta avienta 500 años de racismo: “el agua con el petróleo no se pueden juntar (…) ¿Qué diría su padre si me viese con ella?”. Para encontrar estas cosas en Lima, no hace falta volver a 1992.

Estos taxistas parecen ser muy distintos a los de ahora. Puede ser un problema de muestra, pero es inevitable mencionarlo. Son clasemedieros, algunos profesionales, que se vieron obligados a taxear debido a la crisis económica de los ochenta. A veces quieren dejar tímidamente en claro que eso “es temporal”. Gente que perdió su trabajo, pero también gente que lo cambió (un policía que se volvió taxista porque era “más rentable”) o que tiene varios, como un miembro de la Fuerza Aérea que, además de ser instructor y taxista, vendía habas en los colegios.

Es cierto, ahora los taxistas son distintos. Pero pensaba, ¿solo por origen social? Se ve en el documental el tráfico infernal y los buses enormes e inservibles (todo igual que hoy), pero me da la impresión de que la Lima de entonces no era tan caníbal. La Plaza Bolognesi luce ordenadísima en comparación a lo que uno puede encontrar hoy. Los taxistas parecen ser presas de una ciudad que los canibalizó, junto con toda una cadena: peatones, choferes, cobradores, policías, taxistas, pasajeros. Casi extrañé en el documental que alguien le metiese el carro a otro.

En suma, vista desde ahora, “Metal y Melancolía” tiene el valor de mostrar una Lima que se fue y una Lima que continúa. A diferencia de antes, la “Lima que se fue” no nos llenaría de orgullo sino de vergüenza. No es una arcadia colonial, sino una ciudad más pobre en medio de la más grande crisis de su historia. La Lima que continúa, en cambio, es usualmente escondida debajo del discurso ramplón de nuestro gran desarrollo. Es una Lima principalmente de informales, en medio de un tráfico infernal, a veces sin valores. Menos precaria que antes, pero precaria aún. Conservadora y machista, donde la mujer lleva siempre la peor parte. En donde también se pueden encontrar a gente que hace taxi porque no puede pagarle las medicinas a un familiar en un país cuyo sistema público de salud es un fantasma.

Por cierto, en una parte del documental, un niño ambulante insiste en venderle caramelos a Honigmann en el Parque Kennedy. Es vivo y ágil. Honigmann le pregunta cómo se llama. “Jorge”, responde, y continúa con orgullo: “Soy comerciante”.

Aquel es el primer ‘emprendedor’ de nuestra historia reciente.

 Fuente: Carlos León Moya FB Personal Page

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