INTERNET Y EL FIN DE LAS SUPERESTRELLAS MUSICALES

Publicado: 30 septiembre, 2015 en Músicas, Próxima Estación: Esperanza

Hace unos años, contemplando el imparable aumento de las desigualdades en Estados Unidos, un economista de la Universidad de Chicago llamado Sherwin Rosen se encontró con un dato curioso: a principios de los años ochenta en todo Estados Unidos solo había unos doscientos comediantes a tiempo completo. En un país de doscientos veinticinco millones de habitantes que era a todos los efectos el centro del mundo en cuanto a producción audiovisual la economía solo parecía generar suficiente trabajo para dar comer a un par de centenares de tipos graciosos de forma consistente.

Aunque es cierto que el tópico siempre ha sido que es muy difícil ganarse la vida en el show business, este dato era bastante chocante. Durante décadas, Estados Unidos estuvo repleto de teatros pequeños y espectáculos de vodevil, empleando decenas o centenares de cómicos en cada estado. Muchos de esos espectáculos habían desaparecido con los años, pero la demanda de comedia y entretenimiento no parecía haberse extinguido. Fenómenos parecidos habían tomado lugar en otros sectores de la economía, como en el mundo de los actores o el mundo de la música. Aunque Estados Unidos era un mercado más grande y los norteamericanos tenían más tiempo libre que nunca para devorar horas de entretenimiento, ver decenas de películas y comprar cientos de discos, la cantidad de actores, músicos y comediantes que podían vivir de ello era cada vez menor.

Lo que Rosen estaba viendo (y documentando en un artículo tremendamente influyente) era un fenómeno relativamente nuevo: aunque el tamaño del mercado de entretenimiento era cada vez mayor, la distribución salarial dentro de ese mercado era cada vez más desigual. Habíamos pasado de un mundo donde toda ciudad de tamaño decente tenía media docena de teatros y un par de centenares de actores, músicos y comediantes profesionales, a uno donde unos cuantos titanes acumulaban salarios gigantescos. En vez de tener una pequeña horda de actores de medio pelo y cantantes de cabaret ganándose la vida, ahora vivíamos en uno donde Tom Cruise, Madonna y otras superestrellas absorbían una cantidad cada vez mayor de la demanda por entretenimiento.

El motivo de este cambio en la distribución de riqueza no era ninguna conspiración de las discográficas, estudios de cine y demás por cerrar teatros y sacar a grupos locales de la radio, sino cosa de la simple evolución tecnológica. El cine, la televisión y la radio permitían a los mejores actores, cómicos y cantantes llegar a muchísima más gente con un costo de distribución excepcionalmente bajo. Dado que cuando tienen que escoger entre ver Star Wars en una pantalla enorme o Los Saltimbanquis puesta en escena por la compañía local de teatro de Surquillo, los consumidores suelen optar por la primera opción, los actores, directores y demás superestrellas con talento por encima de la media podían atraer mayores audiencias y ganar así toneladas de dinero.

Lo que Rosen estaba viendo en los años ochenta, en cierto modo, era la culminación de un proceso que había durado décadas, y que no se restringía al cine, sino a también muchos otros sectores. Hollywood estaba punto de culminar su dominación global; la era de los blockbuster estaba empezando a reducir el número de producciones y aumentando su coste, dando más poder a las estrellas del sector. La industria discográfica se asomaba a la era del videoclip, el CD y el oligopolio de las redes de distribución de las majors. Las cadenas nacionales de televisión empezaron a exportar series a escala global. El mundo del deporte descubría los derechos de transmisión e imagen y el valor de sus audiencias. Las superestrellas en cada uno de estos mercados ya no debían resignarse a ser famosos en su ciudad y venerados en su estadio; habíamos pasado de futbolistas como Kubala o DiStefano, que apenas nadie vio jugar fuera de sus ciudades, a dioses globales como Maradona. Vivíamos en un mundo de superestrellas con presencia global y salarios planetarios.

Durante décadas la industria discográfica fue una industria de superestrellas. De hecho, gracias a la radio y el vinilo, la música fue probablemente el primer sector donde realmente el impacto de esta desigualdad se hizo realmente patente. Las ventas de álbumes en los ochenta y noventa para artistas de primera línea superaban los diez millones de forma rutinaria. El mundo de la música era un lugar de cientos de miles de artistas de viernes por la noche soñando con ser descubiertos por una discográfica, y unos pocos centenares de artistas conocidos capaces de llenar estadios y vender millones de discos.

Parece casi natural entonces que la primera industria del entretenimiento que viera amenazado este modelo fuera la discográfica. En 1999 un jovencito de Massachusetts llamado Shawn Fanning lanzaba un pequeño programa para compartir archivos llamado Napster. Napster era feo, incómodo, lento y obviamente ilegal, pero permitía, a efectos prácticos, descargar cualquier canción jamás grabada en formato mp3 directamente a la computadora sin tener que pagar un centavo. Aunque el software en sí sobrevivió apenas un par de años antes que las discográficas lo enjuiciaran hasta su extinción, el concepto de descargas digitales iba a cambiar el mercado musical para siempre.

La cuestión es que una de las bases de los enormes y gigantescos réditos extraídos por los artistas en la cumbre de una economía de superestrellas es que si bien la tecnología les permite distribuir su trabajo a millones de personas, la oferta de música, cine o comedia distribuida globalmente a bajo costo es limitada. Lanzar un disco en CD o vinilo globalmente es caro y requiere de una infraestructura considerable. El número de emisoras de radio es reducido, y el número de artistas con todo el equipo de publicidad de una discográfica detrás es finito. La tecnología e infraestructura disponibles solo puede transmitir un número limitado de artistas simultáneamente, así que los pocos afortunados que llegan a ese mercado acaban ganando una barbaridad de dinero.

Napster y sus sucesores legales, sin embargo, representan un cambio sustancial en este modelo en un punto muy significativo: los costes de distribución. Para un artista ya no es necesario tener una discográfica detrás para poner discos en las estanterías de Buenos Aires, Chicago y Londres en un mercado global. Ahora basta con tener un amigo informático, acceso a un estudio de grabación o un garaje y una página web para que tu música sea accesible en cualquier lugar del planeta. Gracias a servicios como Spotify o iTunes, vender la música es algo casi trivial. Gracias a Internet, el acceso a ese mercado global que había hecho posible que unos pocos privilegiados con talento y suerte sacaran rentas enormes ahora tenía un coste de entrada cercano a cero. De repente, Mariah Carey, Paula Abdul, U2 y Bon Jovi tenían muchísima más competencia en el mercado de poner bandas sonoras a la vida de adolescentes inadaptados.

El resultado: la «crisis de la música» de la que hablan tantos artistas. Cosas como el ridículo debut de Tidal, donde una coalición de millonarios se conjuraron para salvar la música de las garras del mercado. Las superestrellas han visto caer sus ingresos un año tras otro desde principios de siglo: aparte de Beyoncé y Taylor Swift, nadie o prácticamente nadie es capaz de pasar del millón de discos de forma consistente.

Si miramos el otro lado de la escala, sin embargo, teniendo en cuenta el gigantesco lumpenproletariado con guitarra que nunca llega a salir por la radio, las cosas resultan que han cambiado, y lo han hecho para mejor. Hace quince años, las cien giras con mayor recaudación en Estados Unidos capturaron el 90% de todos los ingresos por conciertos. Este año, esa cifra cayó al 43%. Lejos de destruir la industria musical, el final de las barreras a la entrada en la industria musical ha hecho que toda una nueva cohorte de artistas tenga acceso al mercado y pueda atraer público a nivel nacional o global.

Hace veinte años, una banda que se dedicara al retro-folk con toques de bluegrass quizás pudiera interesar a un 1% de la población de Estados Unidos. Ese 1%, sin embargo, no es suficiente para atraer la atención de la MTV o de una radio a nivel nacional; si el 95% de tu audiencia va a cambiar de canal cuando los Avett Brothers salen en pantalla, no les darás cobertura. La realidad es que un 1% de la población de Estados Unidos son más de tres millones de personas, un cantidad descomunal de gente a la que venderle discos. Gracias a los milagros de Internet, estos cuatro tipos de Carolina del Norte pueden dar conciertos en cualquier parte del país, vender cientos de miles de discos y ganarse la vida con su música, algo que en los angostos confines de la industria discográfica de los noventa nunca podrían haber hecho.

La revolución digital, lejos de acabar con la música, ha ampliado el mercado enormemente. Nunca antes habíamos tenido acceso a tantas grabaciones, y nunca tantos artistas han podido hacer públicas sus creaciones a mayores audiencias. En vez de tener un circuito cerrado de grandes artistas, la industria ha explotado en millares de nichos distintos excepcionalmente variados y creativos. Literalmente estamos en un mundo de música para todos los gustos, y los artistas con talento que sepan encontrar su público pueden vivir de ello. No lo harán vendiendo discos (el soporte físico es cosa del pasado, solo para coleccionistas) o con contratos millonarios, sino con conciertos, promociones y fans devotos que compren todo lo que producen, pero podrán ganar dinero. El precio de la música en sí ha caído en picada, ya que el costo marginal de copiar y distribuir una canción es cero. Las entradas a conciertos, que sí son un bien escaso, sí que han mantenido o subido de precio.

Los datos parecen demostrarlo. En 1999, en Estados Unidos había cincuenta y tres mil músicos asalariados en Estados Unidos; en el 2014, más de sesenta mil. Si contamos autónomos, desde el 2001 al 2014 el número de músicos aumento un 45%. Los ingresos no han aumentado mucho en proporción a la economía, pero la cantidad de músicos profesionales ha aumentado de forma considerable.

Lo que estamos viendo en el mundo de la música es probablemente la parte más visible de la explosión de producción artística de la revolución digital, pero no es la única. El que estas líneas escribe nunca podría haber publicano un artículo de casi dos mil palabras sobre la economía del sector del entretenimiento en cualquier medio de prensa escrita y cobrar por ello. Gracias a Internet, la pandilla de frikis interesada en este tema puede leerme, e incluso donar un par de soles al final del artículo (gracias de corazón). En televisión, la horda de canales y plataformas de streaming ha hecho que la cantidad de horas filmadas se haya disparado. Netflix en solitario probablemente emplea más actores y guionistas que las cuatro cadenas nacionales norteamericanas hace veinte años, precisamente porque pueden distribuir tantas series públicas y seguir haciendo dinero.

Todo esto no quiere decir, obviamente, que Beyoncé vaya a pasar hambre o que tenga que tocar conciertos en antros para llegar a final de mes. La tecnología que permitió la emergencia de las superestrellas sigue ahí; la única diferencia es que estas ahora deben competir con muchas más voces para vender un disco. Es un mercado donde la oferta es mucho mayor, y los consumidores salimos ganando.

Hay tanto, tanto que escuchar…

Fuente: Jot Down

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