ELOGIO DE LA IGNORANCIA

Publicado: 4 diciembre, 2015 en Infinita tristeza
En esta época contemporánea, cada vez le resulta más difícil a un bruto de ley mantener incólume su ignorancia. Usted camina por la calle y en cualquier esquina le sale al encuentro una noción, un conocimiento, una noticia. La cultura está al acecho. Diga que uno es un analfabeto y ni bien voltea la esquina cuando ve que se avecina la Ilustración. Pero las cosas ya no son como antes para el buen ignorante. Día tras día hay que soportar la implacable persecución de intelectuales de toda clase que pretenden esclarecernos de muy mala manera. Y así, la noble estirpe de los burros corre el riesgo de extinguirse, diezmadas sus filas por la cultura, la información y otras calamidades. Es que hoy en día la gnosis está al alcance de cualquier desgraciado. Los periódicos, la televisión y el Internet contribuyen a reducir las fuerzas de las tinieblas a su mínima expresión. Ahí tienen ustedes los programas esos del canal Discovery Channel. Por ahí aparece un compadre que en cinco minutos se manda una explicación de la teoría de la relatividad que nos deja esclarecidos para todo el viaje. Y si uno piensa lo que tardaba antes un estudiante en comprender siquiera un poco este asunto, tendrá que admitir que las ciencias avanzan una barbaridad. Algo parecido ocurre con las revistas: La Historia del Imperio Romano en tres páginas, con ilustraciones a todo color. Todo lo que usted debe saber sobre el cáncer en cuatro columnas.
Evidentemente las ventanas de la ciencia y el arte se han abierto de par en par para que los peatones se asomen y observen durante un segundo. El progreso ha construido anchos caminos que conducen hacia el saber. Y por esos caminos han transitado millones y millones de personas que en otras épocas nacían y morían condenadas a permanecer en los vericuetos de la barbarie. Entre todas esas personas ha habido muchas de bondadosa naturaleza y de sentimientos honrados. Pero también han recorrido el camino de la cultura numerosísimos charlatanes. Y ya se sabe que no hay cosa más peligrosa que un charlatán instruido. En ciertas épocas de la historia los secretos de la ciencia estaban rodeados de toda clase de precauciones. Los eruditos cultivaban el misterio, pues temían que los conocimientos cayeran en manos de los malvados. Hoy tal reserva es impensable. Y el auge colosal de los medios de comunicación ha permitido que los impíos aprendan impunemente la germinación del fríjol. Canallas y pelafustanes manejan a su antojo asuntos de tan delicada naturaleza como la electrólisis del agua o el haiku.
– ¿Pero cuál es lo malo que hay en todo esto? –pregunta un lector tan desorientado–. ¿Acaso no es bueno que la gente sepa más?
– Veamos –contesta el indocto autor de esta nota.
Hay varias consecuencias lamentables en esta ilustración a destajo. La primera es que los conocimientos son absolutamente incompletos. Porque debemos confesar melancólicamente que la teoría de la relatividad que explicaba el compadre en el especial de Discovery Channel no es exactamente la teoría de la relatividad. Es otra cosa. Es un cuentito de apariencia paradójica con trenes que parten y llegan demasiado rápido. Y en la historia del Imperio Romano que nos ofrece a todo color la revista “Detalles” faltan algunos episodios. Y en el fascículo semanal y a todo color “La Medicina Al Alcance De Su Mano” el único consejo valioso que encontrará es la sugerencia de llamar al médico ni bien Ud. se sienta indispuesto.
Y la segunda calamidad es que a los consumidores de tantos disparates simplones la soberbia les llega antes que la sabiduría. Y entonces nos encontramos –de golpe– con millones de personas que creen que saben y que en realidad no saben nada. Son los idiotas ilustrados. Ya se ha hablado de ellos alguna vez, creo que hasta Ribeyro los mencionó. Son gente que opina sobre todas las cosas del universo sin conocer cabalmente siquiera una. Esta legión nefasta ha contribuido enormemente a la difusión del facilismo, postura mental que reduce toda cuestión a los estrechos límites de un cuadro sinóptico, o de una definición indigente. Y así han obtenido estruendoso éxito las idioteces que pululan en todo ámbito supuestamente intelectual: “El feng shui es una filosofía de vida”, “lo que tiene esta ciudad es que te aliena” y otras sandeces de la misma calaña.
Los idiotas ilustrados tienen también su propio lenguaje. Un lenguaje que poco a poco empieza a conquistarnos a todos, pues habrá de saberse que esta caterva tiene una habilidad especial para imponer sus usos y costumbres. Esta jerga se nutre con palabras supuestamente ornamentales y que tienen la virtud de otorgar importancia a lo que se dice. Así el “suburbio” es más culto que barrio. “Coyuntura” es más fino que situación. “Inquietud” es más elegante que berrinche. Para una visión más completa e inteligente de este asunto, vale la pena leer el “Diccionario de Peruanismos” de Martha Hildebrandt (es conveniente que se tome en cuenta el año de publicación de la primera edición de este libro para percatarnos de cuan subdesarrollados somos aún). Conviene decir ahora que estas variaciones del idioma no solo se observan en la conversación común o en los periódicos. También el arte popular ha sido contaminado con exterioridades de apariencia culta. Veamos la letra de este antiguo vals:
Y, de nuevo sentir tu fragancia sutil.
Campanas de bonanza repicarán mi corazón.
La estupenda figura lograda en la segunda línea no requiere palabras altisonantes. Veamos ahora un ejemplo más actual:
Salgo a caminar por la cintura cósmica del Sur.
El verso requiere, ciertamente, una versación del poeta en temas geográficos y aún cosmográficos. Versación que no alcanza para que la línea se salve del ridículo.
Pero el poeta no es culpable de esto. La época nos conduce por senderos demenciales. He ahí otro ejemplo: “tomar senderos demenciales” en vez de “se armó la gorda”. Como se ve, hasta los bestias más circunspectos nos dejamos tentar.
En la radio, muchos locutores han cedido ante el apetito de cultura. Y así los relatores deportivos no tienen más remedio que hablar de extrañas parábolas que describen pelotas pateadas. O de la mística ganadora de que están imbuidos los jugadores del Cristal. O de los conatos de agresión y escenas de pugilato que se verificaron en el área de la “U”, mientras el juez se hacía el sueco.
Todo esto me alarma muchísimo, como limeño y como iletrado. Porque puede ocurrir que la tendencia siga adelante y que los chicos jueguen a la desaparición temporal en vez de a las escondidas o a la persecución con objetivo en vez de a las chapadas. Pero no es el uso ridículo del idioma lo más alarmante. Hay cosas que indignan todavía más.
La pedantería que obliga a avergonzarse a quien no sabe cuál es la capital de Ucrania o el nombre del presidente de Nueva Zelanda.
Los sabelotodos que copan las polladas con teorías recién aprendidas.
La veneración por aparatos tan estúpidos como el microondas.
El desprecio por las gentes sencillas y la burla a sus costumbres apacibles.
Ya lo dijo Sábato alguna vez. La verdadera sabiduría es más fácil de encontrar en la gente humilde que entre esta horda que se ha indigestado con bocadillos de cultura. Por eso, el autor de estas letras oscurantistas se compromete a seguir firme en su ignorancia.
¿Alguien quiere explicarme el conflicto de Siria? No quiero.
¿Otro se empeña en imponerme el funcionamiento de un Blue-ray? Jamás.
¿Un tercero se ofrece a contarme la vida sentimental de las cucarachas? Que reviente.
Mi entendimiento permanecerá cerrado como una piedra de granito, para satisfacción de mis familiares, amigos y benefactores. Y mi necedad será como un borrón oscuro que se destacará entre tantos fulgores vanos. Porque ignorantes, lo que se dice ignorantes, vamos quedando pocos.
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