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Hay que aprovechar los 25 años de la captura de Guzmán para recordar que un buen golpe de inteligencia es mucho más eficaz que miles de desapariciones, ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, torturas y violaciones.

Pero no menos importante es recordar quién fue este nefasto personaje. Esto puede ayudar a que los jóvenes o que no tienen la menor idea de quién fue o que están pidiendo su amnistía bajen a tierra.

Guzmán fue un asesino. No hay ni un solo sector del país que no haya tenido víctimas producto del terrorismo. Él reconoce el feroz asesinato de más de 80 campesinos en la comunidad de Lucanamarca (Ayacucho, 1983). Se refiere a la posibilidad de un genocidio con total frialdad: “Al potenciarse la guerra popular tiene que darse necesariamente una elevación de la guerra contrasubversiva que va a tener como centro el genocidio y esto nos va a llevar en perspectiva al equilibrio estratégico…”.

La cita anterior proviene del panfleto que sus seguidores llamaron pomposamente “la Entrevista del Siglo”, la misma que resultó tan mediocre y aburrida que la broma fue que con razón Guzmán había decidido pasar a la clandestinidad.

En ella todo el tiempo se repetía el mismo pensamiento fundamentalista y trasnochado: “La ideología del proletariado, la gran creación de Marx, es la más alta concepción que ha visto y verá la Tierra; es la concepción, es la ideología científica que por vez primera dotó a los hombres, a la clase obrera principalmente y a los pueblos, de un instrumento teórico y práctico para transformar el mundo. Y todo lo que él previera hemos visto cómo se ha ido cumpliendo”. Mao ya había caído políticamente y estaba muerto, pero su nombre lo repite sin cesar.

Su visión del país era también alucinante: “Estamos hundiendo el capitalismo burocrático y hace tiempo socavando la base gamonal de las relaciones semifeudales que sostienen todo este armazón, al mismo tiempo golpeando al imperialismo”.

Un ególatra total. Se creía la cuarta espada después de Marx, Lenin y Mao. Este último le habría pasado la “antorcha” para que la revolución peruana fuera “faro de la revolución mundial”. “El pensamiento Gonzalo” –de él– era científico e infalible.

El Guzmán bailando “Zorba, el griego” (setiembre de 1989) habla de su mala entraña. Mientras que cientos de sus militantes mataban a miles de personas por orden suya, él se divertía.

Otro momento radiográfico de Guzmán es cuando este fue detenido sin necesidad de disparar un solo tiro, e inmediatamente mandó a acuñar la consigna “salvemos la vida del presidente Gonzalo”. A él, quien hizo que cientos de jóvenes murieran convencidos de que para ser un buen comunista “había que llevar la vida en la punta de los dedos”, ahora solo le importaba su vida. Por si fuera poco, al año de ser capturado, leyó sumisamente una carta a favor de Fujimori, pidiendo un acuerdo de paz.

Fuente: IDL

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Para Y, que me pregunta si escribiré hoy sobre este tema

A pesar de todo, a pesar del día de los enamorados, a pesar de que existan rosas y poemas rosas, a pesar de que existan corazones rojos que laten, y chocolates haciendo de corazones (si no hay corazones, da lo mismo), y globitos de corazones (aunque no se coman), y tarjetitas con alguna frase que incluya rosas y corazones (muchos corazones), a pesar de los peluches y los lazos y los cuchicuchis y los mimos y el vinito tinto en el restaurante caro y repleto, a pesar de la industria de los enamorados y a pesar pues de los mismos enamorados, a pesar de todo eso pues, sin todo lo antes expuesto, desnudo, calato, sin marca de fábrica, creo que existe el amor, o algo parecido a eso que no se envuelve en regalo y que se escabulle de la fiesta. Le gusta el perfil bajo. La privacidad. Pasar desapercibido hoy. Qué va, dice, ante el acoso publicitario. No quiere que lo entrevisten. Grita ¡¡¡auxilio!!! Que lo dejen tranquilo. Es un amargado el amor. Bueno, a cualquiera le molesta ser confundido con copias en serie. Clones sin identidad. Tantas cosas no se parecen al amor (lo sabe) y quieren serlo a fuerza de maquinaria.

Allá se ha escondido, bajo la cama (o sobre ella y bien acompañado). Pobre. Que pase rápido este día, dice. Lo celebramos mañana.

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Estaba harto del Perú. Todo le apestaba. Lo habían engañado. Le habían vendido la idea que este país era un paraíso, que se podía viajar, que se podía invertir, que se podía respirar, que Lima era la Ciudad Jardín, que la Feria del Señor de los Milagros era milagrosamente lo único que tenía sentido… Que la gente era honesta y buena, que los peruanos eran gente solidaria, que se interesaban por lo problemas de los demás. Que la crisis era pasajera (je je), que el terrorismo iba a ser derrotado (ja ja), que el Presidente era una persona muy artística (jo jo), que la cultura peruana era muy antigua (ji ji). Que había sol todo el año (ju ju), que la policía era efectiva (si es en efectivo, sí), que no había racismo (ja ja), que todos eran iguales (je je). Que los indios en el fondo amaban a los blancos (ji ji), y que los blancos también en el fondo querían ser indios de película de Hollywood (jo jo). Que los negros eran bien leales (ju ju) y que los chinos no fumaban opio (ja ja ja). Que las mujeres peruanas eran suavecitas y dóciles (je je je). Que los hombres no eran machistas (ji ji ji) y que no les gustaba Miami (jo jo jo). Que todos creían en las posibilidades de su país (ju ju ju) y que en el fútbol siempre metíamos goles (ja ja ja). Que Vargas Llosa (¿Vargas qué?) era un hombre con un sentido suizo de la realidad nacional (je je je). Que éramos muy cultos e inteligentes (ji ji ji) y que nuestros defectos eran grandes virtudes (jo jo jo). Que la Madre Patria nos amaba como hijos predilectos (jo, jo, jolín), y ya para que descanses de una vez por todas, que no hay Primera sin Segunda… como dijo la Negra Facunda.

El crimen no es enriquecerse, el crimen es ser sorprendido y exhibido al hacerlo.

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Un congresista reelecto y secretario general de Fuerza Popular, inicialmente investigado por ser el propietario de dos departamentos de lujo comprados en Miami y valorizados en US$ 2’602,000.00, es parte de una investigación por lavado de activos, presuntamente producto del narcotráfico. Esto en Perú, en menos de una semana y en plena campaña electoral por la presidencia del país. Un repaso por el resto de América Latina arrojaría un listado de casos de corrupción inabarcable en los confines de esta columna.

El fantasma que recorre a nuestros países sudamericanos es tan antiguo como la especie humana, pero en los últimos años la corrupción parecería haber adquirido un carácter endémico. Presidentes que caen por el uso indebido de los recursos (Brasil o Guatemala); indagaciones contra figuras emblemáticas como Lula da Silva, Cristina Kirchner, Rafael Correa o Evo Morales; familiares exhibidos en casos flagrantes de tráfico de influencias (Peña Nieto, Michelle Bachelet).

No hay un día en que no nos enteremos de los excesos de un congresista, las extorsiones de un alcalde, la coima a un juez o fiscal, los abusos contra el presupuesto de un funcionario público o de un legislador. En Perú, las noticias sobre la corrupción siempre están a la par de las notas de inseguridad y violencia de las portadas de los diarios. Y no sólo en los periódicos. La corrupción está superado a la inseguridad o el deterioro económico (empleo o pobreza) como la principal preocupación de los ciudadanos en los sondeos de opinión. Una percepción que hace estragos en la de por sí escasa confianza de los ciudadanos en las instituciones.

No se trata solo de que aumentó la visibilidad de la corrupción gracias a la globalización, a las nuevas tecnologías de comunicación y a las redes sociales, entre otras razones. Todo indica que el número de casos y las cantidades implicadas han crecido. Algo extraño si consideramos que la impunidad no es mayor ahora que antes; por el contrario, justamente la exhibición pública de todos estos casos revela que hoy en día existe un riesgo real para todo aquel que amamanta a las finanzas públicas.

Y no obstante, pese a ese riesgo, la voracidad de los funcionarios para enriquecerse a costa del patrimonio público no ha hecho sino aumentar. A mi juicio, eso tiene que ver con un desmantelamiento de los valores vinculados a la honestidad, la sobriedad y la modestia. Son virtudes que lejos de premiarse en algunos círculos políticos y empresariales suelen ser asociadas con algo parecido al fracaso. Y, por el contrario, resulta obvia la idealización de una cultura del éxito y la riqueza sin importar la procedencia o los medios para obtenerla. La cultura basada en el consumo y el triunfo no sólo han hecho presa de la clase política sino también del electorado. Si bien es cierto que la opinión pública reprueba los actos de corrupción puntuales y la corrupción en general, una parte de ella termina por inclinarse ante celebridades como Berlusconi o Trump, antípodas de cualquier valor asociado a la integridad, la moderación o la honestidad. El cinismo y la ostentación del éxito como argumentos necesarios y suficientes para legitimar el derecho a liderar los destinos de todos.

Son fenómenos nuevos que reflejan una tendencia que desde hace tiempo hizo presa de las clases políticas. Sin importar el partido político o la ideología, han construido una narrativa que les lleva a normalizar el derecho a adquirir un patrimonio a partir de su acceso al erario público. Hacerse rico es uno de los atributos que entraña hacerse cargo de una responsabilidad destacada; a su juicio es una compensación razonable y necesaria para blindarse de las contingencias y las traiciones de la vida política. En todo caso, es algo que hacen todos. El crimen no es enriquecerse, el crimen es ser sorprendido y exhibido al hacerlo. Y desde luego, no van a dejar de hacerlo. Nos espera un interminable desfile de infamias antes de que comiencen a contenerse, aunque sea por temor o precaución.

ELOGIO DE LA IGNORANCIA

Publicado: 4 diciembre, 2015 en Infinita tristeza
En esta época contemporánea, cada vez le resulta más difícil a un bruto de ley mantener incólume su ignorancia. Usted camina por la calle y en cualquier esquina le sale al encuentro una noción, un conocimiento, una noticia. La cultura está al acecho. Diga que uno es un analfabeto y ni bien voltea la esquina cuando ve que se avecina la Ilustración. Pero las cosas ya no son como antes para el buen ignorante. Día tras día hay que soportar la implacable persecución de intelectuales de toda clase que pretenden esclarecernos de muy mala manera. Y así, la noble estirpe de los burros corre el riesgo de extinguirse, diezmadas sus filas por la cultura, la información y otras calamidades. Es que hoy en día la gnosis está al alcance de cualquier desgraciado. Los periódicos, la televisión y el Internet contribuyen a reducir las fuerzas de las tinieblas a su mínima expresión. Ahí tienen ustedes los programas esos del canal Discovery Channel. Por ahí aparece un compadre que en cinco minutos se manda una explicación de la teoría de la relatividad que nos deja esclarecidos para todo el viaje. Y si uno piensa lo que tardaba antes un estudiante en comprender siquiera un poco este asunto, tendrá que admitir que las ciencias avanzan una barbaridad. Algo parecido ocurre con las revistas: La Historia del Imperio Romano en tres páginas, con ilustraciones a todo color. Todo lo que usted debe saber sobre el cáncer en cuatro columnas.
Evidentemente las ventanas de la ciencia y el arte se han abierto de par en par para que los peatones se asomen y observen durante un segundo. El progreso ha construido anchos caminos que conducen hacia el saber. Y por esos caminos han transitado millones y millones de personas que en otras épocas nacían y morían condenadas a permanecer en los vericuetos de la barbarie. Entre todas esas personas ha habido muchas de bondadosa naturaleza y de sentimientos honrados. Pero también han recorrido el camino de la cultura numerosísimos charlatanes. Y ya se sabe que no hay cosa más peligrosa que un charlatán instruido. En ciertas épocas de la historia los secretos de la ciencia estaban rodeados de toda clase de precauciones. Los eruditos cultivaban el misterio, pues temían que los conocimientos cayeran en manos de los malvados. Hoy tal reserva es impensable. Y el auge colosal de los medios de comunicación ha permitido que los impíos aprendan impunemente la germinación del fríjol. Canallas y pelafustanes manejan a su antojo asuntos de tan delicada naturaleza como la electrólisis del agua o el haiku.
– ¿Pero cuál es lo malo que hay en todo esto? –pregunta un lector tan desorientado–. ¿Acaso no es bueno que la gente sepa más?
– Veamos –contesta el indocto autor de esta nota.
Hay varias consecuencias lamentables en esta ilustración a destajo. La primera es que los conocimientos son absolutamente incompletos. Porque debemos confesar melancólicamente que la teoría de la relatividad que explicaba el compadre en el especial de Discovery Channel no es exactamente la teoría de la relatividad. Es otra cosa. Es un cuentito de apariencia paradójica con trenes que parten y llegan demasiado rápido. Y en la historia del Imperio Romano que nos ofrece a todo color la revista “Detalles” faltan algunos episodios. Y en el fascículo semanal y a todo color “La Medicina Al Alcance De Su Mano” el único consejo valioso que encontrará es la sugerencia de llamar al médico ni bien Ud. se sienta indispuesto.
Y la segunda calamidad es que a los consumidores de tantos disparates simplones la soberbia les llega antes que la sabiduría. Y entonces nos encontramos –de golpe– con millones de personas que creen que saben y que en realidad no saben nada. Son los idiotas ilustrados. Ya se ha hablado de ellos alguna vez, creo que hasta Ribeyro los mencionó. Son gente que opina sobre todas las cosas del universo sin conocer cabalmente siquiera una. Esta legión nefasta ha contribuido enormemente a la difusión del facilismo, postura mental que reduce toda cuestión a los estrechos límites de un cuadro sinóptico, o de una definición indigente. Y así han obtenido estruendoso éxito las idioteces que pululan en todo ámbito supuestamente intelectual: “El feng shui es una filosofía de vida”, “lo que tiene esta ciudad es que te aliena” y otras sandeces de la misma calaña.
Los idiotas ilustrados tienen también su propio lenguaje. Un lenguaje que poco a poco empieza a conquistarnos a todos, pues habrá de saberse que esta caterva tiene una habilidad especial para imponer sus usos y costumbres. Esta jerga se nutre con palabras supuestamente ornamentales y que tienen la virtud de otorgar importancia a lo que se dice. Así el “suburbio” es más culto que barrio. “Coyuntura” es más fino que situación. “Inquietud” es más elegante que berrinche. Para una visión más completa e inteligente de este asunto, vale la pena leer el “Diccionario de Peruanismos” de Martha Hildebrandt (es conveniente que se tome en cuenta el año de publicación de la primera edición de este libro para percatarnos de cuan subdesarrollados somos aún). Conviene decir ahora que estas variaciones del idioma no solo se observan en la conversación común o en los periódicos. También el arte popular ha sido contaminado con exterioridades de apariencia culta. Veamos la letra de este antiguo vals:
Y, de nuevo sentir tu fragancia sutil.
Campanas de bonanza repicarán mi corazón.
La estupenda figura lograda en la segunda línea no requiere palabras altisonantes. Veamos ahora un ejemplo más actual:
Salgo a caminar por la cintura cósmica del Sur.
El verso requiere, ciertamente, una versación del poeta en temas geográficos y aún cosmográficos. Versación que no alcanza para que la línea se salve del ridículo.
Pero el poeta no es culpable de esto. La época nos conduce por senderos demenciales. He ahí otro ejemplo: “tomar senderos demenciales” en vez de “se armó la gorda”. Como se ve, hasta los bestias más circunspectos nos dejamos tentar.
En la radio, muchos locutores han cedido ante el apetito de cultura. Y así los relatores deportivos no tienen más remedio que hablar de extrañas parábolas que describen pelotas pateadas. O de la mística ganadora de que están imbuidos los jugadores del Cristal. O de los conatos de agresión y escenas de pugilato que se verificaron en el área de la “U”, mientras el juez se hacía el sueco.
Todo esto me alarma muchísimo, como limeño y como iletrado. Porque puede ocurrir que la tendencia siga adelante y que los chicos jueguen a la desaparición temporal en vez de a las escondidas o a la persecución con objetivo en vez de a las chapadas. Pero no es el uso ridículo del idioma lo más alarmante. Hay cosas que indignan todavía más.
La pedantería que obliga a avergonzarse a quien no sabe cuál es la capital de Ucrania o el nombre del presidente de Nueva Zelanda.
Los sabelotodos que copan las polladas con teorías recién aprendidas.
La veneración por aparatos tan estúpidos como el microondas.
El desprecio por las gentes sencillas y la burla a sus costumbres apacibles.
Ya lo dijo Sábato alguna vez. La verdadera sabiduría es más fácil de encontrar en la gente humilde que entre esta horda que se ha indigestado con bocadillos de cultura. Por eso, el autor de estas letras oscurantistas se compromete a seguir firme en su ignorancia.
¿Alguien quiere explicarme el conflicto de Siria? No quiero.
¿Otro se empeña en imponerme el funcionamiento de un Blue-ray? Jamás.
¿Un tercero se ofrece a contarme la vida sentimental de las cucarachas? Que reviente.
Mi entendimiento permanecerá cerrado como una piedra de granito, para satisfacción de mis familiares, amigos y benefactores. Y mi necedad será como un borrón oscuro que se destacará entre tantos fulgores vanos. Porque ignorantes, lo que se dice ignorantes, vamos quedando pocos.

Hace 15 años, luego de una ilegal reelección (y después de haberse bajado al Tribunal Constitucional que le dijo abiertamente que su intentona de reelegirse era ilegal y anticonstitucional), Alberto Fujimori huyó del país, aprovechando una reunión de APEC para luego refugiarse en Japón, apelando a su segunda nacionalidad. Una vez allí, hace 15 años, él renunció enviando el siguiente fax, que debería estar en cualquier museo de la historia universal de la infamia.

Fax de la renuncia de Fujimori

(Agradezco de antemano a César Bedón, quien colocó primero esta imagen en su muro de Facebook)

El Congreso de la República no solamente rechazó la renuncia, sino que lo inhabilitó moral y políticamente como presidente. Intentaría, años después, regresar por Chile, donde sería finalmente capturado y luego entregado a las autoridades peruanas, mediante un proceso de extradición. Hoy en día cumple varias condenas simultáneas, entre ellas por homicidio calificado y secuestro agravado.

Video de Marco Sifuentes y Roy Palomino, vía Utero.PE

Fuente: El Morsa

Hace un par de días no se hablaba de otra cosa y el hashtag #carne ha sido trending topic en Twitter. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha anunciado oficialmente que el consumo de productos cárnicos, embutidos, salchichas y tocino aumenta el riesgo de cáncer de colon, al punto que la carne procesada ha sido comparada a carcinógenos tales como el alcohol y el tabaco. De todos modos, siempre según la OMS, no habría “ninguna evidencia definitiva” de que la carne roja es cancerígena.

Obviamente, sobre la noticia no hay mucho que decir. Podría resumirse así: la OMS ha dicho que si comes ciertas cosas de cierta manera el riesgo de enfermarte es cada vez mayor, nada nuevo de hecho. Por otra parte, los estudios en busca de una correlación entre el desarrollo de un determinado tipo de tumor y algunos hábitos alimentarios son muy complejos, y dentro del mismo grupo de expertos que trabajó en el informe de la OMS no hubo un acuerdo.

Pero, en primer lugar, ¿qué dice realmente la OMS? La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC, parte de la OMS) ha introducido a la carne roja no procesada dentro de la lista de sustancias “probablemente cancerígenas”. La IARC se ocupa de evaluar la cancerosidad de las cosas, en este caso la carne roja, pero no se ocupa de evaluar cómo esta sustancia es de hecho un carcinógeno.

De hecho, el informe de la OMS ha sido muy mal entendido por los medios de comunicación en general, y esta cita del profesor David Phillips, de Cancer Research UK, miembro de la IARC, nos puede ayudar a aclarar dudas:

“La IARC se ocupa de la identificación de los riesgos, no a evaluar los riesgos. Esto significa que a la IARC no le importa en qué medida algo puede promover el desarrollo de un único cáncer, solo si lo promueve o no. Por ejemplo, pensemos en las cáscaras de plátano: pueden causar accidentes, pero en realidad esto no sucede muy a menudo, además, el tipo de daño causado por pisar una cáscara por lo general no es comparable al causado por un accidente de tráfico. Sin embargo, en un sistema de identificación de peligros como el de la IARC, ‘piel de plátano’ y ‘accidente de tráfico’ terminarían en la misma categoría, ya que técnicamente pueden causar accidentes”.

En resumen, parece que tal vez tiene sentido hablar de la forma en la que consumimos la información. De hecho, del mismo modo que en la versión original de la noticia había toda una serie de matices, éstos se han perdido en el mensaje transmitido por los medios de comunicación al público, generando un tsunami de reacciones que todavía continúa.

En un sistema de identificación de peligros como el de la IARC, ‘piel de plátano’ y ‘accidente de tráfico’ terminarían en la misma categoría.

Hace apenas un mes, cuando un equipo de la Universidad de Trento descubrió las propiedades de una proteína celular como defensa contra el VIH, el sensacionalismo con que la noticia fue tratada por los medios de comunicación fue similar, al igual que también la reacción del público. “Descubierta en Trento la proteína del VIH”, “Estudio italiano descubre una defensa natural contra el VIH” y “Lucha contra el SIDA: en las células hay un arma natural” fueron sólo algunos de los titulares de aquellos días.

A pesar de las diferencias obvias, este caso y el de hoy tienen varios aspectos en común: en tanto que se trata de una conclusión que se realizó en el proceso de traducción para que fuera comprensible para el público en general, se perdieron los matices y se convirtió en algo más. Los malentendidos y los cambios de significado que acompañan este proceso son tan comunes que ahora se convierten en parte del proceso.

El problema es que, al menos en la mayoría de los casos, el consumidor final de la información cree que proviene de fuentes de probada fiabilidad. No es como, por ejemplo, la historia de la carne infectada con SIDA que se convirtió en uno de los engaños más extendidos de 2015, pero cuya falsedad era fácilmente comprobable con una rápida búsqueda en Google. En este caso, la noticia proviene de una fuente que cita estudios serios y datos: comprobarla es mucho más difícil.

Y tal vez por eso la noticia ha provocado fuertes reacciones, además de haber reavivado el eterno e inútil debate entre pros y anti-vegetarianismo. Las reacciones se han acercado peligrosamente cerca del límite del ridículo.

Mientras tanto, en el debate sobre el tema que todavía está realizándose quedó claro que todos están esencialmente atrincherados en sus posiciones: los que no comen carne han obtenido la confirmación de la bondad de su elección, los que comen continuarán haciéndolo sin importarles mucho la noticia de la OMS. Lo que implica que, en el fondo, todos nosotros siempre hemos sabido que comer carne nunca ha sido realmente bueno, tampoco hacía falta que llegara la OMS para recordárnoslo.

Y, en lo personal, nunca dejaré de comer carne.

Ya lo dijo el sacerdote polaco Krzysztof Charamsa en la carta que envió al Papa Francisco después de hacer pública su homosexualidad a principios de octubre —motivo por el que, por cierto, fue apartado de sus funciones por el Vaticano—: “el clero está lleno de personas homosexuales y a la vez violentamente homófobas”.

Amores Santos, el documental dirigido por el brasileño Dener Giovanini, muestra cómo más de 100 religiosos católicos, evangélicos, anglicanos y baptistas de 36 países distintos mantienen cibersexo con un actor que se hace pasar por un chico de 25 años que vive con sus padres. No sé si es legal engañar a todos estos tipos y forzarlos a morder el anzuelo, pero las 500 horas de material sexual de clérigos, párrocos y seminaristas esgrimiendo su pene y eyaculando delante de una webcam demuestran que se merecen cualquier tipo de engaño. Por vil que sea, sobre todo teniendo en cuenta que algunas de las sesiones las hacían desde la sagrada intimidad de su propia parroquia, rodeados de santos y ángeles.

El objetivo del director es poner en evidencia la hipocresía de la iglesia respecto a la homosexualidad y denunciar la homofobia que muchas religiones enarbolan sin vergüenza. El realizador comenta que no le resultó demasiado difícil conseguir —a partir de un perfil falso de Facebook— que los religiosos empezaran a subirse las sotanas y mostraran sus penes cristianos. Fueron seis meses intensos de búsqueda de contactos y amistades a los que luego se sumaron otros tres para grabar las sesiones de cibersexo sagrado a través de la webcam. “Nunca llegué a pensar que podría ser tan fácil grabar a tantos religiosos practicando sexo por Internet”, apunta el director, quien asegura que algunos días llegó a grabar a más de 30 sacerdotes.

Las imágenes del tráiler (que pueden ver más arriba) resultan impactantes por su contexto pero tampoco son extremas (no se ve ni un sólo pene). De todas formas, el director asegura que en el documental se mostrarán escenas mucho más explícitas y perturbadoras. El espectador más avispado no vacilará en poner en duda algunas de las imágenes pues los rostros censurados de las víctimas pueden hacer tambalear la veracidad de todo el asunto. Ante esta posibilidad, Giovanini garantiza que, para asegurarse de que todos los perfiles de los sacerdotes y religiosos que aparecen en el documental —y que proponen sexo virtual al protagonista— pertenecen realmente a alguna iglesia y están activos, seleccionó a los que tenían fotos celebrando misas.

Verdad o no, nadie nos quita el placer de imaginar como estos tipos —dentro de los rígidos muros morales de su religión— se echan unos buenos maratones de sexo digital. Esperemos que algún día el siglo 21 llegue a la iglesia y este tipo de imágenes no vuelvan a ser noticia nunca más. Si documentales como este —con testimonios falsos o no—pueden ayudar a que esto suceda, pues bienvenidos sean.

Fuente: Vice

"¿Mis principales influencias musicales? Amor, rabia, depresión, alegría, sueños. Y Led Zeppelin, por descontado".

“¿Mis principales influencias musicales? Amor, rabia, depresión, alegría, sueños. Y Led Zeppelin, por descontado”.

El 29 de mayo de 1997, el guitarrista y cantante Jeff Buckley desaparecía sin dejar rastro en lo que debió haber sido una tranquila tarde de relax. Él y un amigo estaban escuchando música, tocando la guitarra y relajándose junto al Wolf River, un canal del río Mississippi cercano a la ciudad de Memphis, donde Jeff estaba inmerso en la grabación del que iba a ser el segundo álbum de su carrera. El pacífico aspecto de las aguas le llevó a meter sus pies en el río, todavía con los zapatos puestos. Poco a poco fue adentrándose en el agua para nadar sin quitarse la ropa (“algo muy típico de él”), mientras cantaba en voz alta una de sus canciones favoritas. En un momento su amigo se distrajo apartando algunas cosas de la orilla y para cuando volvió a mirar hacia el río, Jeff ya no estaba allí. Dio la alarma y durante las siguientes horas se rastreó el lugar sin encontrar nada. Al día siguiente la prensa estaba dando la noticia de que el músico Jeff Buckley había desaparecido y que las autoridades continuaban la búsqueda sin éxito alguno. Empezaron a transcurrir los días, con lo que el pronóstico se tornaba cada vez más pesimista. Incluso sus familiares dedujeron con pesar que se había ahogado, permitiéndose pocas esperanzas. Otros, más llevados por la ceguera de fans que por la razón, prefirieron pensar que el artista había planeado su propia desaparición por algún misterioso motivo que nadie alcanzaba a comprender y que retornaría en algún momento. Pero la realidad se impuso el 4 de junio, casi una semana después de que su amigo lo oyese cantar por última vez, cuando dos policías locales encontraron su cadáver en el agua. Efectivamente, se había ahogado. El informe de la autopsia descartaba que hubiese ingerido alcohol o drogas y sus familiares, para evitar que la prensa o el público elucubrasen más de la cuenta, se apresuraron a descartar la hipótesis del suicidio (todavía estaba vigente el de Kurt Cobain, ocurrido menos de tres años atrás). La muerte de Jeff Buckley fue un desafortunado accidente que privó al mundo de uno de sus más prometedores artistas. Tenía treinta años.

Sin embargo, el único álbum que había publicado fue más que suficiente para hacerlo ascender al Olimpo. Jeff Buckley había tenido que pelear contra su apellido: una de las primeras cosas que hizo notar la prensa fue el trágico paralelismo entre su temprana muerte y la muerte igualmente prematura de su talentoso padre biológico, Tim Buckley, que había fallecido en 1975 a causa de una sobredosis de heroína con solamente veintiocho años de edad. Pero lo cierto es que ya hacía tiempo que Jeff Buckley se había hecho un nombre por sí mismo. Nadie ponía en duda que, aunque su apellido pudo haber ayudado —y lo hizo— a que las discográficas se interesaran en él, Jeff tenía las condiciones naturales para convertirse en un grande por sus propios méritos. Su debut discográfico había entusiasmado unánimemente a la crítica y entró casi sin excepción en las listas de mejores discos de rock de 1994. Las publicaciones musicales de medio mundo lo ensalzaron y era uno de esos raros artistas que complacía tanto a la prensa más orientada al rock como a la más popera. Aunque hay que decir que Grace no fue un enorme éxito comercial, ni mucho menos. Es más, en su propio país pasó relativamente desapercibido (su pico de ventas lo puso en un modestísimo puesto 149 de las listas). Eso sí, Grace le ayudó a darse a conocer en muchos países del mundo, especialmente en lugares como Europa y Australia, donde se le prestó mucha atención y donde empezó a crearse un culto en torno a su figura ya antes de que falleciese. Parecía solamente cuestión de tiempo y de algunos discos más el que Jeff Buckley se estableciese como uno de los grandes nombres de finales del siglo XX. En el verano de 1997, sin embargo, todas aquellas expectativas creadas en torno a él quedaban truncadas. Como su padre, Jeff Buckley entró en la leyenda por la vía más rápida: la de la muerte.

No odio a mi padre y no rechazo su existencia. (…) Si es necesario que se sepa, y lo es, yo siento una gran admiración por algunas cosas que Tim hizo, aunque otras cosas me avergüenzan muchísimo. Pero lo bueno que hizo es algo que defenderé siempre. Sin embargo, esto es simplemente el respeto profesional de un artista hacia otro, porque él no era realmente mi padre. Mi padre era Ron Moorehead.

Jeff Buckley creció en California (“allí todo el mundo me daba consejos sobre el negocio musical”) pero se dio a conocer en el circuito underground de Nueva York, haciendo cosas que poco tenían que ver con los grupos de hard rock en los que había militado de adolescente. Había crecido queriendo ser guitarrista —resistiéndose a cantar, de hecho— e idolatrando a Jimmy Page. Pero en Nueva York cambió las versiones de Led Zeppelin, AC/DC, Rush, Kiss, UFO o Police por una música más personal y experimental, producto de sus innumerables influencias: desde la música clásica que había aprendido de su madre —que era pianista académica— hasta los grandes grupos de rock (Zeppelin, Queen, Jimi Hendrix, etc.) que había descubierto junto a su padrastro, pasando por su amor a músicas orientales o de vanguardia. En cuanto los ejecutivos de las compañías discográficas supieron que el hijo de Tim Buckley tenía una voz tan buena o mejor que la de su padre, una imagen igualmente característica y una gran presencia escénica, se lanzaron como lobos a intentar ficharlo.

Jeff Buckley firmó un contrato millonario para editar varios discos en Columbia Records, pero asegurándose de que tendría el control y podría grabar el disco que le apetecía. Reclamó al productor Andy Wallace, famoso entre otras cosas por las mezclas que había realizado para el Nevermind de Nirvana. Se reunió una banda de acompañamiento para tocar algunos temas que Jeff ya tocaba en sus modestos directos neoyorquinos, y algunas versiones, más lo que pudiera surgir en el propio estudio. El resultado fue aquella maravilla, Grace, que básicamente dejó pasmados a los críticos del momento, aunque en Estados Unidos tuviese un impacto mínimo. Resulta difícil entender por qué hubo tanta gente que no se interesó por el disco en una época donde aquel sonido intenso y emocional parecía tener un considerable nicho de mercado. No en vano 1994 fue el año del suicidio y ascensión a los cielos de Kurt Cobain, o del éxito masivo de Soundgarden, cuyo cantante no solamente era admirador de Buckley, sino que un tema de Grace recordaba bastante al sonido de las bandas de Seattle. Es difícil ponerse en las cabezas de la gente, pero es posible que la engañosa aureola de “cantautor” perjudicase su carrera comercial en América, pese a que su versión del “Hallelujah” de Leonard Cohen, por ejemplo, estaba considerada de lo mejor del álbum.

Pero en otros países sí produjo un cierto impacto, pese a que aquel año estaba repleto de sensaciones musicales nuevas y resultaba difícil asomar la cabeza. Pero una canción como “Grace” bastaba para convencer al más escéptico de que Jeff Buckley era algo diferente, alguien destinado a ser grande. Cierto que la mayor parte del tema no estaba compuesto por él (cuando escuchó un tema instrumental de su amigo el guitarrista Gary Lucas se empeñó en pedírselo prestado para ponerle letra) pero sus líneas vocales y el expresivo poder de su garganta eran algo que anunciaban una carrera repleta de momentos gloriosos. En el tema “Grace” se entremezclaban los sonidos a lo Zeppelin que tanto le gustaban con la vertiente más dramática e intimista de su música, en una combinación mágica que no tenía un parangón por entonces. Puedo recordar perfectamente la primera vez en que escuché “Grace” completamente boquiabierto (en radio Doble Nueve, claro está), comprobando que la canción iba a más, y a más, y a más… personalmente, es mi canción favorita del disco.

Ya decimos que las discretas ventas no impidieron que su renombre traspasara fronteras y que se embarcase en una gira mundial que le ganó muchos nuevos seguidores. Quien lo veía sobre un escenario difícilmente iba a olvidarlo, porque Buckley y su banda sabían defender en directo y con un sonido más crudo toda aquella magia que desprendía su álbum de debut. En las antípodas y en Europa se lo empezó a considerar un peso pesado en ciernes, alguien que perfectamente podría convertirse en una referencia para las siguientes décadas. Esto no es palabrería; si el álbum de estudio fue la ignición de su prestigio, la posterior gira demostró que efectivamente nos hallábamos ante un hombre destinado a dejar huella. Los cronistas del momento podrían certificar que Buckley era capaz de hacer guardar silencio a miles de espectadores, manteniéndolos en vilo y atentos a cada una de las inflexiones de su voz. Incluso cuando su música intimista no hubiese parecido en principio la más fácil de defender en un gran escenario… pero ahí residía su enorme poder. Se hacía escuchar. Cualquier persona con una mínima sensibilidad musical entendía en el mismo instante de oírle cantar que se hallaban ante algo único. Un perfecto ejemplo es su actuación en el Glastonbury de 1995, interpretando “Mojo Pin” y recreando en el difícil entorno de un festival toda aquella aureola celestial de su disco mientras el público, sorprendentemente, guardaba un escrupuloso silencio:

Inevitablemente, aquella gira mundial lo consagró como un favorito de los aficionados al rock y sus derivados. Además servía para que la gente comprobase in situ que Buckley no era simplemente una versión joven de Leonard Cohen, sino alguien con un considerable bagaje rockero, como demostraba la furiosa versión de un clásico de MC5 que solía interpretar en directo desde los días en que tocaba solo en pequeños clubs neoyorquinos. Muchos de sus nuevos fans ni siquiera habían escuchado jamás un disco de Tim Buckley, ni eran conscientes del enorme parecido físico de Jeff con su padre biológico, ni de que hubiese heredado su timbre particular de voz. Pero justo eso era la demostración definitiva de que Jeff Buckley había superado la prueba inicial y no era simplemente un producto del marketing dinástico, sino un artista que podía abrirse camino y producir su propia impresión en el público. Pese a su relativa falta de éxito en América, la discográfica supo que había acertado al contratarlo. Era cuestión de tiempo que su renombre internacional repercutiese en casa. Eso sí; en Columbia Records ahora querían hits. Buckley se tomó un descanso después de la intensa gira mundial y fue a Memphis para componer y grabar su segundo disco, el cual nunca llegaría a ver la luz, pero con la idea de no dejarse presionar por la compañía. Nunca sabremos cómo hubiese sonado una vez terminado. Tras la muerte de Jeff, la compañía editó un recopilatorio de canciones en las que estaba trabajando y de algunas demos, una manera de ofrecer algo al público pero también un triste recordatorio de los álbumes y conciertos que ya nunca iban a existir. Su único trabajo terminado es Grace y ese es, para su pesar y el nuestro, el testamento musical oficial de Jeff Buckley. Por fortuna, y dentro de lo trágico del asunto, es un disco maravilloso.

De todos modos, cada vez que alguien se pregunta si Jeff Buckley iba a ser de verdad un grande, creo que la mejor contestación posible es mostrarle un video como este, en donde interpreta “Grace” en un estudio de televisión de la BBC (aunque casi cualquier versión en directo de la canción es igual de impactante). Incluso con la crudeza que la televisión suele dar al sonido de una banda, se las arreglan para reproducir toda la magia del disco, incluyendo las irreales melodías vocales. El último minuto y medio es la demostración de que Jeff Buckley tenía una de las más impresionantes voces que hayamos podido escuchar. Pero así son las cosas: solamente llegó a terminar un disco y —el tiempo vuela— han transcurrido ya más de veinte años. Sin duda volveremos a acordarnos de él en el aniversario de su muerte, dentro de unos dos años. Bien lo merece.

EL MODELO ECONÓMICO ACTUAL HA LLEGADO A SU PERFECCIONAMIENTO, ASIMILANDO E INTEGRANDO A SU ENEMIGO Y COLOCANDO AL INDIVIUDO EN UNA AUTODIALÉCTICA, ENFRENTADO A SÍ MISMO Y DESCONECTADO FÍSICAMENTE DE LA COMUNIDAD. LA SUPUESTA AMENAZA DEL NEOLIBERALISMO QUE PRESENTA EL SHARING ECONOMY NO ES MÁS QUE LA MANIFESTACIÓN MÁS PERFECTA Y LOGRADA DEL CAPITALISMO: HABER ASIMILADO AL COMUNISMO COMO PARTE DEL MERCADO

En la cresta de la primera gran ola del “sharing economy”, algunas voces entusiastas se han dejado llevar por este prometedor modelo colaborativo y proclaman el fin del capitalismo –o el ingreso a una especie de economía comunitaria (un eco evolutivo del comunismo). Este subirse a la ola colaborativa tiene una promiscua emotividad que encuentra un sustento ético-filosófico en el empoderamiento responsable del individuo, que aparentemente conlleva el slogan: “Sharing is caring” (compartir es cuidarnos y cuidar al planeta y lo que harían los humanos 2.0 en la catapulta de la información libre de la red que nos une y demás fórmulas que, sobre todo, son la narrativa de las empresas y los emprendedores). Pero como ha ocurrido antes con los despuntes supuestamente revolucionarios que se oponen al capitalismo y parecen pintarle cara y amenazar su hegemonía, esta misma economía colaborativa es de origen parte del capitalismo, una forma en la cual el sistema omniabarcante, todocooptante se autorregula o, en otras palabras, usando la paradójica astucia popular del PRI mexicano, la llamada dictadura perfecta cambia para seguir igual.

El filósofo coreano Byung-Chul Han ha publicado un notable texto en El País en el que argumenta que la revolución hoy en día ya no es posible, justamente porque el comunismo finalmente ha sido incorporado –con zurcido invisible– al mercado (ya no es sólo la venta de t-shirts del Che Guevara o la rebeldía como metamensaje usado por Pepsi; literalmente se ha capitalizado el modelo de compartir hasta el punto de que nuestra principal socialización sea la adquisición de objetos y servicios). Byun-Chul Han en los últimos años se ha convertido en un gran divulgador de la filosofía, uno de los nuevos filósofos pop que han logrado disolver la barrera entre el pensamiento culto e inaccesible y un discurso que hace sentido a las masas y hace accesible conceptos que describen la cotidianidad política y social con un trasfondo histórico-filosófico. Entre otras cosas ha logrado detectar cómo la transparencia y las ideas de open.gov son usadas por el poder para justificar una versión moderna del totalitarismo, donde se pierde la privacidad en favor de una supuesta rendición de cuentas. En el caso del régimen neoliberal, a diferencia de épocas pasadas, ha logrado instaurar un sistema casi perfecto de control ya no utilizando la violencia para reprimir los movimientos civiles que podían atentar contra su perpetuación sino, como un magistral judoca, ha logrado aprovechar la libertad (o la ilusión de libertad) y explotarla para usarla a su favor y encontrar una estabilidad difícilmente equiparable.

El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.

¿Hemos interiorizado ya los valores del capitalismo, del sueño americano de libertad, éxito, poder? Este sería el máximo triunfo del sistema capitalista: haber forjado ciudadanos que al defenderse a sí mismos, defienden al “emperador” (habiendo ya consumido e incorporado su programa a su personalidad). Byung-Chul Han explica lo ingenuo que resulta la narrativa o la creencia de que en realidad estamos enfrentándonos y afectando al “imperio” con nuestros actos (es la mejor actualización de la Matrix la que se alimenta de crear sus propios virus):

Es esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la realización.

Un ejemplo del modus operandi, de la varita mágica del mercado, es cómo durante la crisis financiera asiática la violencia en contra del Estado en Corea del Sur fue transformada en violencia en contra del propio individuo. Se creó una sociedad de individuos altamente productivos aunque miserables:

Después de la crisis asiática, Corea del Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito a los coreanos. Para ello, el gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con violencia contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del Sur. Al contrario, predomina un gran conformismo y consenso con depresiones y síndrome de Burnout. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. La agresión hacia el exterior que tendría como resultado una revolución cede ante la autoagresión.

Como es lógico, un pueblo deprimido y dividido no es materia revolucionaria. Y eso es lo que genera en gran medida la neo-libertad del capitalismo, individuos que logran comprar la libertad, pagando el alto precio que se requiere y la constante renovación de inversión (trabajar y consumir 24/7) y cuando la reciben ya están crónicamente cansados, venidos a menos y orillados a un aislamiento en el que es prácticamente imposible que puedan ejercer esa libertad y mucho menos usarla para cambiar el estado de las cosas.

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El nuevo flamante producto anticapitalista es el sharing economy, al menos en la versión optimista de algunas personas –y hay que decir que la filosofía en la tradición de Schopenhauer cumple un contrapeso pesimista de sano equilibrio y ojalá se equivoque y el mundo sea mejor (fitter, happier, less productive)–, pero… Se dice que el sharing es la sucesión de la propiedad y la posesión por el compartir (por experimentar en vez de tener). Pero, como muestra un temprano artículo de The Economist que celebra la llegada de este modelo, la base de esto es “Lo mío es tuyo, pero con una tarifa”. Esto está muy lejos del sueño de igualdad comunista o del postrero sueño hippie del amor libre y la comunidad que cuida del individuo (en la cual podemos descansar y abandonarnos). Más que confiar en la red social, más que confiar en nuestras relaciones es comprar nuestras relaciones, es comercializar todo trato social (las personas que tienen ranking más alto pueden rentar sus cosas más caras). Ya no es sólo “Todo está en venta”, ahora es “Todo está en renta” (recordemos que ganó Airbnb, no Couchsurfing… y, ¿en verdad se comparte algo si hay que pagar?

El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al “acceso” no nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un dispositivo de exclusión en el que los que no tienen dinero quedan excluidos. Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada. En una sociedad de recíproca valoración también se comercializa la amabilidad. Uno se hace amable para recibir mejores valoraciones. También en la economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello “compartir” nadie da nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como mercancía: esto es el fin de la revolución.

Evgeny Morozov, el lúcido crítico de la tecnología que algunos consideran neoludita, detecta esta misma tendencia en la economía colaborativa y adelanta cómo Verizon, con su Autoshare, pronto hará ubicua la posibilidad de compartir cualquier cosa (pagando, eso es).

Verizon se une a la nutrida lista de paladines del “consumo colaborativo”, al insistir en que “la gente de hoy en día está optando por una sociedad colaborativa, que le permite conseguir lo que quiere en cuanto lo quiere”. ¡Se acabaron las cargas del propietario!

Por el momento se trata sólo de un servicio para escanear autos con el teléfono y poder acceder a un vehículo de manera más rápida y sin intermediarios (esa es la otra, que en el futuro no necesitaremos ver a nadie para obtener las cosas que queremos: impresoras en 3D las producirán y drones las entregarán). Pero pronto podremos acceder a todo tipo de objetos compartidos que nos geolocalicen.

Ya no necesitamos visitar el típico bazar: el mercado nos encontrará en la comodidad del hogar, haciéndonos una oferta que no podremos rechazar. De ese modo, el rápido desarrollo del consumo colaborativo lo puede explicar una capacidad tecnológica recién descubierta por el capitalismo: la posibilidad de convertir cualquier producto que al comprarse se retiró del mercado en un objeto rentable que en realidad nunca deja ese mercado.

Esta es la verdadera deificación del capital, ligado al “internet de las cosas”; todo tendrá un precio, todo podrá ser comprado (o compartido, palabras que oscuramente parecen ser sinónimos) y cada parte del mercado estará en todas partes: ubicuo, omnisapiente (publicidad predictiva basada en big data y geolocalización) y etéreo (inalámbrico). Como bien había previsto Marx: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”.