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Hay que aprovechar los 24 años de la captura de Guzmán para recordar que un buen golpe de inteligencia es mucho más eficaz que miles de desapariciones, ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, torturas y violaciones.

Pero no menos importante es recordar quién fue este nefasto personaje. Esto puede ayudar a que los jóvenes o que no tienen la menor idea de quién fue o que están pidiendo su amnistía bajen a tierra.

Guzmán fue un asesino. No hay ni un solo sector del país que no haya tenido víctimas producto del terrorismo. Él reconoce el feroz asesinato de más de 80 campesinos en la comunidad de Lucanamarca (Ayacucho, 1983). Se refiere a la posibilidad de un genocidio con total frialdad: “Al potenciarse la guerra popular tiene que darse necesariamente una elevación de la guerra contrasubversiva que va a tener como centro el genocidio y esto nos va a llevar en perspectiva al equilibrio estratégico…”.

La cita anterior proviene del panfleto que sus seguidores llamaron pomposamente “la Entrevista del Siglo”, la misma que resultó tan mediocre y aburrida que la broma fue que con razón Guzmán había decidido pasar a la clandestinidad.

En ella todo el tiempo se repetía el mismo pensamiento fundamentalista y trasnochado: “La ideología del proletariado, la gran creación de Marx, es la más alta concepción que ha visto y verá la Tierra; es la concepción, es la ideología científica que por vez primera dotó a los hombres, a la clase obrera principalmente y a los pueblos, de un instrumento teórico y práctico para transformar el mundo. Y todo lo que él previera hemos visto cómo se ha ido cumpliendo”. Mao ya había caído políticamente y estaba muerto, pero su nombre lo repite sin cesar.

Su visión del país era también alucinante: “Estamos hundiendo el capitalismo burocrático y hace tiempo socavando la base gamonal de las relaciones semifeudales que sostienen todo este armazón, al mismo tiempo golpeando al imperialismo”.

Un ególatra total. Se creía la cuarta espada después de Marx, Lenin y Mao. Este último le habría pasado la “antorcha” para que la revolución peruana fuera “faro de la revolución mundial”. “El pensamiento Gonzalo” –de él– era científico e infalible.

El Guzmán bailando “Zorba, el griego” (setiembre de 1989) habla de su mala entraña. Mientras que cientos de sus militantes mataban a miles de personas por orden suya, él se divertía.

Otro momento radiográfico de Guzmán es cuando este fue detenido sin necesidad de disparar un solo tiro, e inmediatamente mandó a acuñar la consigna “salvemos la vida del presidente Gonzalo”. A él, quien hizo que cientos de jóvenes murieran convencidos de que para ser un buen comunista “había que llevar la vida en la punta de los dedos”, ahora solo le importaba su vida. Por si fuera poco, al año de ser capturado, leyó sumisamente una carta a favor de Fujimori, pidiendo un acuerdo de paz.

Fuente: IDL

El crimen no es enriquecerse, el crimen es ser sorprendido y exhibido al hacerlo.

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Un congresista reelecto y secretario general de Fuerza Popular, inicialmente investigado por ser el propietario de dos departamentos de lujo comprados en Miami y valorizados en US$ 2’602,000.00, es parte de una investigación por lavado de activos, presuntamente producto del narcotráfico. Esto en Perú, en menos de una semana y en plena campaña electoral por la presidencia del país. Un repaso por el resto de América Latina arrojaría un listado de casos de corrupción inabarcable en los confines de esta columna.

El fantasma que recorre a nuestros países sudamericanos es tan antiguo como la especie humana, pero en los últimos años la corrupción parecería haber adquirido un carácter endémico. Presidentes que caen por el uso indebido de los recursos (Brasil o Guatemala); indagaciones contra figuras emblemáticas como Lula da Silva, Cristina Kirchner, Rafael Correa o Evo Morales; familiares exhibidos en casos flagrantes de tráfico de influencias (Peña Nieto, Michelle Bachelet).

No hay un día en que no nos enteremos de los excesos de un congresista, las extorsiones de un alcalde, la coima a un juez o fiscal, los abusos contra el presupuesto de un funcionario público o de un legislador. En Perú, las noticias sobre la corrupción siempre están a la par de las notas de inseguridad y violencia de las portadas de los diarios. Y no sólo en los periódicos. La corrupción está superado a la inseguridad o el deterioro económico (empleo o pobreza) como la principal preocupación de los ciudadanos en los sondeos de opinión. Una percepción que hace estragos en la de por sí escasa confianza de los ciudadanos en las instituciones.

No se trata solo de que aumentó la visibilidad de la corrupción gracias a la globalización, a las nuevas tecnologías de comunicación y a las redes sociales, entre otras razones. Todo indica que el número de casos y las cantidades implicadas han crecido. Algo extraño si consideramos que la impunidad no es mayor ahora que antes; por el contrario, justamente la exhibición pública de todos estos casos revela que hoy en día existe un riesgo real para todo aquel que amamanta a las finanzas públicas.

Y no obstante, pese a ese riesgo, la voracidad de los funcionarios para enriquecerse a costa del patrimonio público no ha hecho sino aumentar. A mi juicio, eso tiene que ver con un desmantelamiento de los valores vinculados a la honestidad, la sobriedad y la modestia. Son virtudes que lejos de premiarse en algunos círculos políticos y empresariales suelen ser asociadas con algo parecido al fracaso. Y, por el contrario, resulta obvia la idealización de una cultura del éxito y la riqueza sin importar la procedencia o los medios para obtenerla. La cultura basada en el consumo y el triunfo no sólo han hecho presa de la clase política sino también del electorado. Si bien es cierto que la opinión pública reprueba los actos de corrupción puntuales y la corrupción en general, una parte de ella termina por inclinarse ante celebridades como Berlusconi o Trump, antípodas de cualquier valor asociado a la integridad, la moderación o la honestidad. El cinismo y la ostentación del éxito como argumentos necesarios y suficientes para legitimar el derecho a liderar los destinos de todos.

Son fenómenos nuevos que reflejan una tendencia que desde hace tiempo hizo presa de las clases políticas. Sin importar el partido político o la ideología, han construido una narrativa que les lleva a normalizar el derecho a adquirir un patrimonio a partir de su acceso al erario público. Hacerse rico es uno de los atributos que entraña hacerse cargo de una responsabilidad destacada; a su juicio es una compensación razonable y necesaria para blindarse de las contingencias y las traiciones de la vida política. En todo caso, es algo que hacen todos. El crimen no es enriquecerse, el crimen es ser sorprendido y exhibido al hacerlo. Y desde luego, no van a dejar de hacerlo. Nos espera un interminable desfile de infamias antes de que comiencen a contenerse, aunque sea por temor o precaución.

Por Hugo Neira

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Es obvio que el presidente electo y Keiko se encuentren. Ya lo harán. Dialogar y encontrar puntos comunes, sin duda pocos.

Se avecinan tiempos difíciles. No veo una dualidad PPK y Keiko, sino un triángulo. Estado, Parlamento y sociedad. Y relaciones complejas. Ya no se trata de márketing electorero y mañoso, ya fue. Se trata de encontrar respuestas a los problemas de fondo y además en el corto plazo. Hay una primera problemática: la presidencia misma. Lo que voy a decir no concierne a la persona del presidente electo sino a la función política misma.

Para comenzar, se han tenido tasas altas de crecimiento en el último decenio, mientras la autoridad presidencial se deterioraba. Es paradójico, qué duda cabe. ¿Milagro económico por decenios y profundidad del descontento? Segundo punto, se supone que nuestro régimen es presidencialista, como lo es América entera. ¿Realmente? Del sillón presidencial ha dejado de emanar un poder omnipotente. No me voy a detener en las causas, salvo que la mayor de todas es el caos regionalizado. Tercero, el actual presidente electo no cuenta con el soporte de un partido hegemónico. Y es probable que el país se haya habituado al laxismo tras cinco años con Humala. De ahí Cajamarca, Tía María. Y Santos o Arana para el 2021. De modo que cualquier gesto de autoridad va a pasar como autoritarismo.

Hay una segunda problemática, acaso más grave. Un texto riguroso de Waldo Mendoza, economista, académico y ex viceministro de Hacienda (2005-2006), nos revela que los ingresos de asalariados y no asalariados (el sector informal) no se han movido desde 1990 en relación con rentistas e ingresos corporativos que han montado en flecha. La desigualdad es manifiesta, real, riesgosa. Llevamos 26 años de brecha social. ¿Se entiende que voten cada 5 años contra el sistema? ¿Y nos envían ‘outsiders’? Ese gigantesco reto cae ahora sobre los hombros de PPK y de Keiko.

El intitulado es una frase del profesor Paulo Drinot en una entrevista. En Drinot, que se formó en Oxford, no hay una pizca de simpatía por el fujimorismo. Lo que resalto, al margen de su opción a la cual tiene todo el derecho, es esta reflexión: “No hemos hecho el esfuerzo de estudiarlo y es un gran error porque no hemos podido explicar el fenómeno de estas elecciones y en el transcurso de los últimos años”.

Coincido y a la vez discrepo de varias de sus afirmaciones, por ejemplo, que ese voto refleje una “estructura de clase racializada peruana”. Eso me parece una fantasía como cuando a Sendero Luminoso se le atribuía pujos indianistas. Pero esa pregunta ya la formulé en diarios limeños y en un congreso internacional acudí a una idea de Marisol de la Cadena, antropóloga, que frente a la actual comunidad campesina, la llama “una realidad sin teoría”. Lo mismo digo del keikismo.

Drinot vive en Londres. Por lo visto, desde Inglaterra las ciencias sociales ven más claro el Perú que nuestras universidades. ¿Entender y explicar? Profesor Drinot, eso es muy difícil de hacer en este país. Aquí se ha creado un clima intransigente y un puñado de gente determina qué es lo correcto. Practican el estigma. Las pasiones políticas han invadido a la ‘intelligentsia’. No es fácil pensar por cuenta propia, se lo aseguro.

Es obvio que el presidente electo y Keiko se encuentren. Ya lo harán. Dialogar y encontrar puntos comunes, sin duda pocos. Otra cosa es pactos corporativos. No pueden ni deben fusionarse. Eso sería un desastre. Nuestra gastronomía mezcla ingredientes. La política, en cambio “es la organización de las separaciones” (Manent). Hay mucha gente que tiembla ante un nuevo fantasma: la polarización. Mientras sea política, y no social, no la temo. En cuanto al diálogo, solo hago esta pregunta: ¿una negociación para un cambio o para mantener el statu quo? Si es esto último, vamos derecho al abismo.

He dejado para el párrafo final lo más urgente y difícil. La construcción del Estado. En Querétaro, México, en un coloquio, escuché dos ponencias. Una de Adam Przeworski, de la Universidad de Nueva York. Przeworski sostiene que la desigualdad –el gran mal social en todas las sociedades del planeta– es imposible de corregir, salvo si el Estado provee los servicios básicos. Esa idea no está en el programa gubernativo de PPK, siento decirlo.

La otra ponencia fue de mi colega, el sociólogo Sinesio López. Sobriamente, es decir, sin llevar agua a molino alguno, nos expuso un cuadro de la presencia del Estado en las regiones. Aterrador. No hay Estado. Ahí se inscribe la violencia social en espacios geográficos abandonados. Cajamarca. El sur. ¿Cuándo vamos a construir, pensadores y políticos, un sentido social que abandone el conformismo epistemológico?

En estos inicios del siglo XXI pasan cosas tremendas, Castells las ha llamado “informalización liberal”. Pasan cosas que no han pasado nunca. Y en consecuencia caben ideas y actitudes nuevas. El fujimorismo combina derechas e izquierdas, acaso sin desearlo. Y eso inquieta e irrita. Y pregunto: ¿cuesta tanto trabajo admitir que algo es emergente? Y en cuanto a la izquierda, está más cerca de Riva-Agüero que de Flores Galindo en lo que es teoría. Poco les importa, a la ‘praxis’, Verónika. Eso de entender no funcionó ante Sendero, la singularidad de Alejandro Toledo, el aprismo de Alan García, y creo, ante las intenciones de PPK y de Keiko. Deben tener un ‘telos’. Una finalidad. Ya la sabremos.

Fuente: El Tromercio

Hace 15 años, luego de una ilegal reelección (y después de haberse bajado al Tribunal Constitucional que le dijo abiertamente que su intentona de reelegirse era ilegal y anticonstitucional), Alberto Fujimori huyó del país, aprovechando una reunión de APEC para luego refugiarse en Japón, apelando a su segunda nacionalidad. Una vez allí, hace 15 años, él renunció enviando el siguiente fax, que debería estar en cualquier museo de la historia universal de la infamia.

Fax de la renuncia de Fujimori

(Agradezco de antemano a César Bedón, quien colocó primero esta imagen en su muro de Facebook)

El Congreso de la República no solamente rechazó la renuncia, sino que lo inhabilitó moral y políticamente como presidente. Intentaría, años después, regresar por Chile, donde sería finalmente capturado y luego entregado a las autoridades peruanas, mediante un proceso de extradición. Hoy en día cumple varias condenas simultáneas, entre ellas por homicidio calificado y secuestro agravado.

Video de Marco Sifuentes y Roy Palomino, vía Utero.PE

Fuente: El Morsa

EL MODELO ECONÓMICO ACTUAL HA LLEGADO A SU PERFECCIONAMIENTO, ASIMILANDO E INTEGRANDO A SU ENEMIGO Y COLOCANDO AL INDIVIUDO EN UNA AUTODIALÉCTICA, ENFRENTADO A SÍ MISMO Y DESCONECTADO FÍSICAMENTE DE LA COMUNIDAD. LA SUPUESTA AMENAZA DEL NEOLIBERALISMO QUE PRESENTA EL SHARING ECONOMY NO ES MÁS QUE LA MANIFESTACIÓN MÁS PERFECTA Y LOGRADA DEL CAPITALISMO: HABER ASIMILADO AL COMUNISMO COMO PARTE DEL MERCADO

En la cresta de la primera gran ola del “sharing economy”, algunas voces entusiastas se han dejado llevar por este prometedor modelo colaborativo y proclaman el fin del capitalismo –o el ingreso a una especie de economía comunitaria (un eco evolutivo del comunismo). Este subirse a la ola colaborativa tiene una promiscua emotividad que encuentra un sustento ético-filosófico en el empoderamiento responsable del individuo, que aparentemente conlleva el slogan: “Sharing is caring” (compartir es cuidarnos y cuidar al planeta y lo que harían los humanos 2.0 en la catapulta de la información libre de la red que nos une y demás fórmulas que, sobre todo, son la narrativa de las empresas y los emprendedores). Pero como ha ocurrido antes con los despuntes supuestamente revolucionarios que se oponen al capitalismo y parecen pintarle cara y amenazar su hegemonía, esta misma economía colaborativa es de origen parte del capitalismo, una forma en la cual el sistema omniabarcante, todocooptante se autorregula o, en otras palabras, usando la paradójica astucia popular del PRI mexicano, la llamada dictadura perfecta cambia para seguir igual.

El filósofo coreano Byung-Chul Han ha publicado un notable texto en El País en el que argumenta que la revolución hoy en día ya no es posible, justamente porque el comunismo finalmente ha sido incorporado –con zurcido invisible– al mercado (ya no es sólo la venta de t-shirts del Che Guevara o la rebeldía como metamensaje usado por Pepsi; literalmente se ha capitalizado el modelo de compartir hasta el punto de que nuestra principal socialización sea la adquisición de objetos y servicios). Byun-Chul Han en los últimos años se ha convertido en un gran divulgador de la filosofía, uno de los nuevos filósofos pop que han logrado disolver la barrera entre el pensamiento culto e inaccesible y un discurso que hace sentido a las masas y hace accesible conceptos que describen la cotidianidad política y social con un trasfondo histórico-filosófico. Entre otras cosas ha logrado detectar cómo la transparencia y las ideas de open.gov son usadas por el poder para justificar una versión moderna del totalitarismo, donde se pierde la privacidad en favor de una supuesta rendición de cuentas. En el caso del régimen neoliberal, a diferencia de épocas pasadas, ha logrado instaurar un sistema casi perfecto de control ya no utilizando la violencia para reprimir los movimientos civiles que podían atentar contra su perpetuación sino, como un magistral judoca, ha logrado aprovechar la libertad (o la ilusión de libertad) y explotarla para usarla a su favor y encontrar una estabilidad difícilmente equiparable.

El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.

¿Hemos interiorizado ya los valores del capitalismo, del sueño americano de libertad, éxito, poder? Este sería el máximo triunfo del sistema capitalista: haber forjado ciudadanos que al defenderse a sí mismos, defienden al “emperador” (habiendo ya consumido e incorporado su programa a su personalidad). Byung-Chul Han explica lo ingenuo que resulta la narrativa o la creencia de que en realidad estamos enfrentándonos y afectando al “imperio” con nuestros actos (es la mejor actualización de la Matrix la que se alimenta de crear sus propios virus):

Es esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la realización.

Un ejemplo del modus operandi, de la varita mágica del mercado, es cómo durante la crisis financiera asiática la violencia en contra del Estado en Corea del Sur fue transformada en violencia en contra del propio individuo. Se creó una sociedad de individuos altamente productivos aunque miserables:

Después de la crisis asiática, Corea del Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito a los coreanos. Para ello, el gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con violencia contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del Sur. Al contrario, predomina un gran conformismo y consenso con depresiones y síndrome de Burnout. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. La agresión hacia el exterior que tendría como resultado una revolución cede ante la autoagresión.

Como es lógico, un pueblo deprimido y dividido no es materia revolucionaria. Y eso es lo que genera en gran medida la neo-libertad del capitalismo, individuos que logran comprar la libertad, pagando el alto precio que se requiere y la constante renovación de inversión (trabajar y consumir 24/7) y cuando la reciben ya están crónicamente cansados, venidos a menos y orillados a un aislamiento en el que es prácticamente imposible que puedan ejercer esa libertad y mucho menos usarla para cambiar el estado de las cosas.

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El nuevo flamante producto anticapitalista es el sharing economy, al menos en la versión optimista de algunas personas –y hay que decir que la filosofía en la tradición de Schopenhauer cumple un contrapeso pesimista de sano equilibrio y ojalá se equivoque y el mundo sea mejor (fitter, happier, less productive)–, pero… Se dice que el sharing es la sucesión de la propiedad y la posesión por el compartir (por experimentar en vez de tener). Pero, como muestra un temprano artículo de The Economist que celebra la llegada de este modelo, la base de esto es “Lo mío es tuyo, pero con una tarifa”. Esto está muy lejos del sueño de igualdad comunista o del postrero sueño hippie del amor libre y la comunidad que cuida del individuo (en la cual podemos descansar y abandonarnos). Más que confiar en la red social, más que confiar en nuestras relaciones es comprar nuestras relaciones, es comercializar todo trato social (las personas que tienen ranking más alto pueden rentar sus cosas más caras). Ya no es sólo “Todo está en venta”, ahora es “Todo está en renta” (recordemos que ganó Airbnb, no Couchsurfing… y, ¿en verdad se comparte algo si hay que pagar?

El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al “acceso” no nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un dispositivo de exclusión en el que los que no tienen dinero quedan excluidos. Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada. En una sociedad de recíproca valoración también se comercializa la amabilidad. Uno se hace amable para recibir mejores valoraciones. También en la economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello “compartir” nadie da nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como mercancía: esto es el fin de la revolución.

Evgeny Morozov, el lúcido crítico de la tecnología que algunos consideran neoludita, detecta esta misma tendencia en la economía colaborativa y adelanta cómo Verizon, con su Autoshare, pronto hará ubicua la posibilidad de compartir cualquier cosa (pagando, eso es).

Verizon se une a la nutrida lista de paladines del “consumo colaborativo”, al insistir en que “la gente de hoy en día está optando por una sociedad colaborativa, que le permite conseguir lo que quiere en cuanto lo quiere”. ¡Se acabaron las cargas del propietario!

Por el momento se trata sólo de un servicio para escanear autos con el teléfono y poder acceder a un vehículo de manera más rápida y sin intermediarios (esa es la otra, que en el futuro no necesitaremos ver a nadie para obtener las cosas que queremos: impresoras en 3D las producirán y drones las entregarán). Pero pronto podremos acceder a todo tipo de objetos compartidos que nos geolocalicen.

Ya no necesitamos visitar el típico bazar: el mercado nos encontrará en la comodidad del hogar, haciéndonos una oferta que no podremos rechazar. De ese modo, el rápido desarrollo del consumo colaborativo lo puede explicar una capacidad tecnológica recién descubierta por el capitalismo: la posibilidad de convertir cualquier producto que al comprarse se retiró del mercado en un objeto rentable que en realidad nunca deja ese mercado.

Esta es la verdadera deificación del capital, ligado al “internet de las cosas”; todo tendrá un precio, todo podrá ser comprado (o compartido, palabras que oscuramente parecen ser sinónimos) y cada parte del mercado estará en todas partes: ubicuo, omnisapiente (publicidad predictiva basada en big data y geolocalización) y etéreo (inalámbrico). Como bien había previsto Marx: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”.

TODOS LOS DÍAS, LOS NORTEAMERICANOS CAMBIAN RETRATOS DE POLÍTICOS MUERTOS POR BIENES; PERO EL ARTISTA TRAVIS PURRINGTON LOS IMAGINÓ DE OTRA MANERA. AQUÍ SUS DISEÑOS

La idea de cambiar retratos de políticos muertos por productos es perversa, aunque no reparemos en ello por ser ya tan cotidiano. Los norteamericanos veneran hombres en el dinero; hombres blancos que fueron políticos o fundadores de sistemas políticos. Además, ninguno de los fundadores de la nación tuvo la intención de ser inmortalizado en billetes, ya que consideraban la práctica como “monárquica”. Con base en esto, el diseñador Travis Purrington ofrece una alternativa innovadora, simbólica y, cabe decir, bastante estética.

Como parte de su tesis de maestría en la Escuela de Diseño de Basel en Suiza, Purrington desarrolló nuevas versiones de los billetes norteamericanos, basados en virtudes e ideales de un Estados Unidos moderno. “Esto no es para disolver la honrada historia de Estados Unidos”, anotó Purrington. “Pero el Congreso original vio peligro en venerar hombres en dinero”.

Los diseños de Purrington incluyen a Bucky Fuller, avances neurocientíficos, exploraciones espaciales, al arquitecto del Guggenheim, la galaxia, el océano… Cada billete es de un tamaño distinto, parecido al sistema de euros, lo cual hace más fácil saber cuánto dinero tienes en la cartera. Su proyecto es sólo una tesis, pero por ahora, baste soñar.

BILLETE DE 5 DÓLARES

Virtud: habilidad.

Imagen principal: conexiones neuronales.

Frase en latín: “LITTERA OCCIDIT SPIRITUS UIUIFICAT” (“La letra mata, pero el espíritu da vida”).

Frase: “We the People” (“Nosotros, la gente”).

Otros: escultura por el artista Alexander Calder, plantíos, plaquetas de sangre.

BILLETE DE 10 DÓLARES

Virtud: estructura.

Imagen principal: nanotecnología.

Frase en latín: “DITAT SERVATA FIDES” (“La fidelidad enriquece”).

Frase: “Self Evident” (“Autoevidente”).

Otros: el Museo Guggenheim por Frank Lloyd Wright, la torre Willis, tarjeta de circuitos.

BILLETE DE 20 DÓLARES

Virtud: vida.

Imagen principal: cultura de la célula de sangre.

Frase en latín: “LIBRATA & REFULGET” (“El balance brilla”).

Frase: “In Pursuit of” (“En busca de”).

Otros: hélice de ADN, ola, galaxia.

BILLETE DE 50 DÓLARES

Virtud: innovación.

Imagen principal: placa de circuitos.

Frase en latín: “MEMOR ADVERSE” (Consciente de lo adverso).

Frase: “Home of the Braves” (Casa de los valientes).

Otros: el primer vuelo de los hermanos Wright, neuronas.

BILLETE DE 100 DÓLARES

Virtud: naturaleza.

Imagen principal: el universo.

Frase en latín: “REMEDIA IN ARDUO” (Remedio en la dificultad).

Frase: “Land of the Free” (Tierra de los libres).

Otros: el Sol, Parque Nacional de Grand Teton, Buckminsterfullerene.

Por Carlos León Moya

Publicado en Hildebrandt en sus Trece, 21/11/2014. Esta es una versión del autor sin editar.

En 1992, Heddy Honigmann estuvo en Lima para hacer un documental. El eje no era una ciudad que se caía a pedazos ni un acechante Sendero Luminoso, sino los taxistas. Son pequeños grandes personajes, a los que acertadamente Honigmann deja hablar. A través de sus confesiones, lamentos y peripecias, se aprecia la Lima de la época. “Metal y Melancolía” se estrenó en 1994 (se encuentra entero en el portal YouTube), y en 1995 el New York Times le dedicó una crítica amigable. Considerado “un retrato del Perú en taxi”, destacaron la actitud de “alegre resignación” que mostraban los taxistas nacionales, profesionales de clase media que sobrevivían en un país casi en bancarrota.

Hasta allí una parte de la historia. Hace 22 años que Honingmann grabó el documental, y muchas, muchísimas cosas han cambiado desde entonces: la captura de Abimael Guzmán era reciente –una taxista escucha por radio la noticia de su primera sentencia, en noviembre del 92–, y nadie podía imaginar entonces la bonanza a chorros que empezaría a inicios de los 2000.

Más allá de que “Metal y Melancolía” sea un documental bien hecho y con impactantes historias individuales, guarda todavía un gran valor histórico y social, acaso hoy más que antes. Especialmente porque se puede ver en qué hemos cambiado y en qué no.

Por una parte, se ve en sus imágenes una Lima que no existe más. Los autos desvencijados y antiguos, que eran los taxis de entonces, hoy son solo un recuerdo. Se ve a serenazgos de San Isidro con uniformes viejos recostados en un Lada, hay billetes de un nuevo sol, el Parque Kennedy aparece pálido y oscuro, la avenida San Felipe no tiene casi edificios, la entrada a la Vía Expresa genera pena. Vista con ojos de hoy, la Lima de inicios de los noventa no parece una ciudad sino un gran barrio, una aldea llena de buses y ambulantes. Se le ve vieja, a pedazos. Es el reflejo de un país que entonces parecía hundirse. Hay una frase que dos taxistas usan para momentos distintos: “en las últimas”. Mi carrito está en las últimas, mi gasolina está en las últimas. Era el Perú, en verdad, el que estaba en las últimas.

Acá podría venir un momento de regocijo y celebrar lo mucho que hemos mejorado, cómo hemos cambiado. Aquel era el Perú del siglo pasado, ahora somos distintos, tenemos plata y la gente es optimista.

Es cierto, ahora el optimismo es nuestra divisa. En “Metal y Melancolía” no hay optimismo sino resignación. El optimismo no es una forma de ver la vida, sino un salvavidas para no hundirse en la tristeza. Es pensar que las cosas van a mejorar porque no se puede estar peor. En una escena maravillosa, una taxista lleva a Honigmann a conocer la “otra” ciudad. “Esto también es Lima”, le dice, y la lleva a un cementerio. Allí, pide ver la fosa común: aparecen muertos destapados en un gran hueco en la tierra, es gente que nadie reclama. Es 1992. Hoy, a Honigmann la llevarían a comer cebiche.

Pero hay también muchísimas cosas que no han cambiado, y que vuelven al documental tan familiar. La informalidad, por ejemplo. Hoy el PBI es exactamente el triple que en 1992, pero más de la mitad del país continúa en la informalidad. Cambistas, vendedores de jugo, ambulantes, niños vendiendo dulces: son personajes que aparecen sutilmente en el documental, pero que son hoy personajes de la vida cotidiana. Los contrastes: el taxista que habla con seguridad y solvencia del mal manejo de la deuda externa por parte de Alan García, interrumpido por un niño que le pide limpiar la ventana del carro. Los taxistas mismos: han cambiado de auto, pero siguen siendo informales. Antes pegaban un letrero con saliva en su ventana, ahora cuelgan el letrero en el techo del auto.

La inseguridad también. Un taxista le saca la palanca de cambios a su auto para que no se lo roben nuevamente, otro se felicita por tener un auto tan viejo que es “inrobable”. Una taxista llora al recordar que su violento padre sigue sin aceptar que es madre soltera, a pesar de que ella mantiene sola a su hijo por la irresponsabilidad de su antigua pareja. Un taxista que se lamenta de un antiguo amor perdido, una italiana que se fue y a la que recuerda escuchando pasillos. Cuando le preguntan por qué no se fue con ella a Italia, la respuesta avienta 500 años de racismo: “el agua con el petróleo no se pueden juntar (…) ¿Qué diría su padre si me viese con ella?”. Para encontrar estas cosas en Lima, no hace falta volver a 1992.

Estos taxistas parecen ser muy distintos a los de ahora. Puede ser un problema de muestra, pero es inevitable mencionarlo. Son clasemedieros, algunos profesionales, que se vieron obligados a taxear debido a la crisis económica de los ochenta. A veces quieren dejar tímidamente en claro que eso “es temporal”. Gente que perdió su trabajo, pero también gente que lo cambió (un policía que se volvió taxista porque era “más rentable”) o que tiene varios, como un miembro de la Fuerza Aérea que, además de ser instructor y taxista, vendía habas en los colegios.

Es cierto, ahora los taxistas son distintos. Pero pensaba, ¿solo por origen social? Se ve en el documental el tráfico infernal y los buses enormes e inservibles (todo igual que hoy), pero me da la impresión de que la Lima de entonces no era tan caníbal. La Plaza Bolognesi luce ordenadísima en comparación a lo que uno puede encontrar hoy. Los taxistas parecen ser presas de una ciudad que los canibalizó, junto con toda una cadena: peatones, choferes, cobradores, policías, taxistas, pasajeros. Casi extrañé en el documental que alguien le metiese el carro a otro.

En suma, vista desde ahora, “Metal y Melancolía” tiene el valor de mostrar una Lima que se fue y una Lima que continúa. A diferencia de antes, la “Lima que se fue” no nos llenaría de orgullo sino de vergüenza. No es una arcadia colonial, sino una ciudad más pobre en medio de la más grande crisis de su historia. La Lima que continúa, en cambio, es usualmente escondida debajo del discurso ramplón de nuestro gran desarrollo. Es una Lima principalmente de informales, en medio de un tráfico infernal, a veces sin valores. Menos precaria que antes, pero precaria aún. Conservadora y machista, donde la mujer lleva siempre la peor parte. En donde también se pueden encontrar a gente que hace taxi porque no puede pagarle las medicinas a un familiar en un país cuyo sistema público de salud es un fantasma.

Por cierto, en una parte del documental, un niño ambulante insiste en venderle caramelos a Honigmann en el Parque Kennedy. Es vivo y ágil. Honigmann le pregunta cómo se llama. “Jorge”, responde, y continúa con orgullo: “Soy comerciante”.

Aquel es el primer ‘emprendedor’ de nuestra historia reciente.

 Fuente: Carlos León Moya FB Personal Page

Los desastres cometidos en nombre de la libertad de empresa, la libertad de circulación y la libertad de consumo.

LA AUTOCRACIA

Secuestro de los fines por los medios: el supermercado te compra, el televisor te ve, el automóvil te maneja. Los gigantes que fabrican automóviles y combustibles, negocios casi tan jugosos como las armas y las drogas, nos han convencido de que el motor es la única prolongación posible del cuerpo humano.

En nuestras ciudades, sometidas a la dictadura del automóvil, la gran mayoría de la gente no tiene más alternativa que pagar boleto para viajar, como sardinas en lata, en un transporte público destartalado y escaso. Las calles latinoamericanas nunca ofrecen espacio para la bicicleta, despreciado vehículo que es un símbolo de atraso cuando no se usa por pasatiempo o deporte.

La sociedad de consumo, octava maravilla del mundo, décima sinfonía de Beethoven, nos impone su simbología del poder y su mitología del ascenso social.

¿QUIÉN ES EL AMO?

El auto es tu mejor amigo, informa un anuncio. El vértigo sobre ruedas te hará feliz: ¡Viva una pasión!, ofrece otro anuncio. La publicidad te invita a entrar en la clase dominante mediante la mágica llavecita que enciende el motor:

¡Impóngase!, manda la voz que dicta las órdenes del mercado, y también: ¡Demuestre su personalidad! Y si pones un tigre en tu tanque, según los carteles que recuerdo desde mi infancia, serás más veloz y poderoso que nadie y aplastarás a quien obstruya tu camino hacia el éxito.

El lenguaje fabrica la realidad ilusoria que la publicidad necesita para vender. Pero en la realidad real ocurre que los instrumentos creados para multiplicar la libertad contribuyen a encarcelarnos. El automóvil, máquina de ganar tiempo, devora el tiempo humano. Nacido para servirnos, nos pone a su servicio: nos obliga a trabajar más y más horas para poder alimentarlo, nos roba el espacio y nos envenena el aire.

RESPIRAR ES UNA AVENTURA PELIGROSA

En nombre de la libertad de empresa, la libertad de circulación y la libertad de consumo, se ha hecho irrespirable el aire urbano. El automóvil no es el único culpable del cotidiano crimen del aire en el mundo, pero es el que más directamente ataca a los habitantes de las ciudades.

Las feroces descargas de plomo que se meten en la sangre y agreden los nervios, el hígado y los huesos, tienen efectos devastadores sobre todo en el sur del mundo, donde no son obligatorios los catalizadores ni la gasolina purificada. Pero en las ciudades de todo el planeta el automóvil genera la mayor parte de los gases que intoxican el aire, enferman los bronquios y los ojos y son sospechosos de cáncer. En Santiago de Chile, según han denunciado los ecologistas, cada niño que nace aspira el equivalente de siete cigarrillos diarios, y uno de cada cuatro niños sufre alguna forma de bronquitis.

LA VENTA DE ESPEJITOS

Un amigo brasileño vuela a la ciudad de Sao Paulo. En el avión conoce a una turista que viene de Singapur. Singapur es, como se sabe, uno de esos “tigres asiáticos” que la tecnocracia internacional nos vende como milagros producidos por la libertad del dinero y el ninguneo del Estado.

Mi amigo queda de boca abierta: esa turista es maestra de escuela pública en Singapur y gana quince veces más que una maestra brasileña, porque en Singapur el Estado no maltrata a la educación. En el aeropuerto, otra sorpresa, al contratar el viaje al centro de San Pablo: el taxi por una distancia equivalente cuesta, en Singapur, quince veces menos, porque en Singapur el Estado subsidia ampliamente al transporte público. Y cuando llegan al centro, las calles de San Pablo están taponadas por el tránsito y el aire es una cortina gris. En medio del estrépito enemigo de los oídos y del alma, mi amigo alcanza a escuchar la tercera sorpresa: en Singapur, el Estado limita la circulación de autos privados mediante altos impuestos y aranceles.

EVITE EL AIRE LIBRE

¿Qué es la ecología? ¿Un taxi pintado de verde? En la ciudad de México, los taxis pintados de verde se llaman “taxis ecológicos” y se llaman “parques ecológicos” los pocos árboles de color enfermo que sobreviven al acoso de los coches.

En una publicación oficial de fines del 2011, las autoridades de la capital mexicana han difundido unos consejos ecológicos que parecen inspirados por los más sombríos profetas del Apocalipsis. La Comisión Metropolitana para la Prevención y el Control de la Contaminación Ambiental recomienda textualmente a los habitantes de la ciudad que en los días de mucha contaminación, que son casi todos, permanezcan el menor tiempo posible al aire libre, mantengan cerradas las puertas, ventanas y ventilas y no practiquen ejercicios entre las 10 y las 16 horas.

Una convocatoria a través de las redes sociales atrae a una muchedumbre, pero luego falta organización

Euromaidan

Las protestas callejeras han vuelto a la palestra después de muchos años. De Bangkok a Caracas y de Madrid a Kiev, no pasa una semana sin que en alguna gran urbe del planeta una muchedumbre tome las calles para criticar al gobierno o para denunciar problemas más amplios, como la desigualdad o la corrupción. Con frecuencia las fotos aéreas de estas marchas impresionan por el intimidante mar de gente que exige cambios. Pero lo más sorprendente es que pocas veces logran su objetivo. Hay una gran desproporción entre la formidable energía política que vemos en las manifestaciones y sus pocos resultados prácticos.

Ciertamente, en Egipto, Túnez o Ucrania las protestas callejeras tuvieron un impacto enorme: derrocaron al Gobierno. Pero son las excepciones. Lo normal es que las grandes marchas no lleguen a nada. Quizás el mejor ejemplo es Ocuppy Wall Street. A principios del verano boreal de 2011, este movimiento llegó a estar en las principales calles y plazas de 2,600 ciudades del mundo. En todas, la organización era increíblemente parecida: los participantes no pertenecían a ningún grupo formal, no tenían una estructura jerárquica, ni líderes obvios. Sus formas de acampar, protestar, financiarse y actuar seguían un mismo patrón que se esparcía viralmente por las redes sociales. Y, en todas partes, el mensaje era el mismo: es inaceptable que una élite concentre el 1% de la riqueza mientras que el restante 99% sobrevive a duras penas.

Una iniciativa tan global, multitudinaria y bien organizada debería haber tenido mayor impacto. Pero no fue así. Si bien el tema de la desigualdad económica se debate ahora más que antes, en la práctica no se ha avanzado mucho para combatir el problema. Y el movimiento Ocuppy ha desaparecido de los titulares. De hecho, lo común es que las protestas generen solo reacciones retóricas de los gobiernos, pero no mayores cambios políticos. Dilma Rousseff, por ejemplo, reconoció como válidos los motivos de quienes tomaron las calles en Brasil y prometió que se pondría al frente de las reformas necesarias (que aún no se han dado). El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, reaccionó agresivamente a las protestas en su país. Acusó a los manifestantes de formar parte de una muy sofisticada conspiración en su contra y, aparte de intentar bloquear Twitter y YouTube, no son muchos los cambios que el Gobierno ha hecho para responder a las demandas ciudadanas. Algo parecido ha pasado con las marchas contra la violencia en la ciudad de México o contra la corrupción en Nueva Delhi.

¿Por qué? ¿A qué se debe que tanta gente, tan motivada, logre tan poco? Un experimento que llevó a cabo en 2009 el profesor Anders Colding-Jørgensen, de la Universidad de Copenhague, nos da una buena pista. El profesor creó un grupo en Facebook para protestar contra la demolición de la Plaza de la Cigüeña, en la capital danesa. En solo una semana, 10,000 personas lo apoyaron y, a las dos semanas, el grupo ya tenía 27,000 miembros. Y ese era el experimento: no había ningún plan para demoler la plaza y el profesor solo quería demostrar lo fácil que era crear un movimiento numeroso usando las redes sociales.

En el mundo de hoy, una convocatoria por Twitter, Facebook o mensajes de texto para protestar contra un abuso o algo que nos indigna atraerá seguramente una muchedumbre. El problema es lo que pasa después de la marcha. A veces termina en confrontaciones violentas con la policía y otras veces no. Pero en todo caso, lo más frecuente es que no exista una organización con la capacidad de dar seguimiento a las exigencias y llevar adelante el complejo, muy personal y más aburrido trabajo político, que es el que produce cambios en las decisiones gubernamentales. Sobre esto, el profesor Zeynep Tufekci ha escrito que “antes de Internet, el tedioso trabajo organizativo necesario para evadir la censura u organizar una protesta también ayudaba a crear la infraestructura que servía de apoyo a la toma de decisiones y a las estrategias para sostener los esfuerzos. Ahora, los movimientos pueden saltar esas etapas, lo cual con frecuencia los debilita”. Hay un poderoso motor político prendido en las calles de muchas ciudades. Gira a altas revoluciones y genera mucha energía. Pero ese motor no está conectado con las ruedas y por eso no hay movimiento. Para conectarlo hace falta más contacto humano directo y más organizaciones capaces de hacer trabajo político a la antigua. Es decir, cara a cara. Todos los días.

A Tasurinchi
porque él es nosotros
y todos nosotros somos él

Son tribus no contactadas por nuestra civilización, viven aisladas y no quieren contaminarse con nuestra forma de vida. Son el último vestigio del estado natural del hombre. Y lenta e inexorablemente, la codicia del hombre parece empeñada en exterminar a los pocos centenares de indígenas que aún no han tenido contacto con la civilización moderna.

Se calcula que en la Tierra existen aún alrededor de un centenar de pueblos indígenas que, aunque conozcamos su existencia, no tienen contacto con ninguna población fuera de su propio grupo. Se reparten entre Latinoamérica, la isla de Nueva Guinea (en el Océano Pacífico) y el archipiélago de Andamán (en el Océano Índico).

En la mayor parte de los casos, son ellos mismos los que, voluntariamente, no desean ser descubiertos. La razón habría que buscarla en la violencia brutal que sufrieron sus antepasados o la que siguen sufriendo sus vecinos contactados. Según demuestra la historia, el contacto con nuestra sociedad dominante ha supuesto para ellos, casi siempre, el desarraigo, la marginalidad, la prostitución y la desaparición.

«Sin estrés, sin hambre, sin mendigos, sin cárceles… y los llamamos primitivos».

La introducción de enfermedades es la principal causa de muerte entre los pueblos indígenas aislados. Ellos no han desarrollado inmunidad contra virus como la gripe, el sarampión, la varicela o el resfriado común. Por regla general, estos pueblos llevan viviendo en su tierra muchas generaciones y seguirán ahí si nosotros los dejamos. Tienen lenguas propias, son los herederos de sus bosques y los depositarios de formas de vida ya casi desconocidas para nosotros. Sus conocimientos sobre el entorno, sus modelos de adaptación al medio, sus formas de aprovechar los recursos naturales, su sabiduría sobre animales y plantas, su respeto y empatía con la naturaleza… suponen un auténtico tesoro para nuestra sociedad actual, tesoro que debería ser sin duda preservado.

Habitan, por lo general, en áreas de muy difícil acceso y ricas en recursos naturales –maderas preciosas, hidrocarburos y minerales, además de ecosistemas, fuentes acuíferas, flora y fauna– esenciales para su supervivencia, pero que, a su vez, excitan la codicia de los ‘pueblos civilizados’. Como dice la campaña antirracismo de Survival International, la ONG que lucha por los derechos de la población indígena del mundo: «Sin estrés, sin bombas, sin hambre, sin mendigos, sin cárceles, sin comida basura, sin contaminación, sin deuda externa… y los llamamos primitivos».

AMAZONÍA PERUANA

Al menos 15 poblaciones indígenas aisladas están ubicadas en la Amazonia peruana, según cálculos de Survival International. En 2012, Diego Cortijo (miembro de la Sociedad Geográfica Española) captó imágenes, sin necesidad de contacto, de una de estas tribus en peligro, los Mashco-piro, en el transcurso de una expedición para localizar antiguos yacimientos arqueológicos.

No se sabe mucho de este pueblo que vive en el sureste de la Amazonia peruana desde hace muchas generaciones. Gracias a que algunos han sido contactados, se sabe que hay varios grupos de entre 20 y 50 personas cada uno, la mayoría en el Parque Nacional del Manu (en Alto Purús), donde se crearon reservas para ellos.

Casi todos los indígenas aislados en la zona son nómadas y se desplazan por la selva, dependiendo de las estaciones, en pequeños grupos de familias extensa. Los huevos de tortuga son una fuente importante de proteína para ellos y son expertos en encontrarlos y desenterrarlos. Además, se alimentan de gran variedad de carnes y pescados, de plátanos macho, frutos secos, bayas, raíces y larvas. Entre los animales que cazan para abastecerse están el tapir, el pecarí, los monos y los venados.

Se sospecha que han llegado nuevos grupos a esta zona, desplazados por la presencia de madereros ilegales y compañías petroleras que los acosan en sus propios territorios. Survival Internacional ha lanzado una campaña, con más de 150,000 firmas recolectadas, para exigir al Gobierno de Ollanta Humala que asuma acciones firmes contra los madereros, que sobornan a autoridades locales para entrar. Los madereros van en busca de caoba, conocida como el oro rojo por el alto precio que alcanza en el mercado internacional. La selva peruana tiene parte de la última madera de caoba comercialmente viable que queda en el mundo. Otro peligro al que se enfrentan es al de los cultivadores de hoja de coca, que están apropiándose de territorios y hacen vuelos rasantes con helicópteros por la región.

Pero el peor de los desastres puede que esté por llegar. El Gobierno de Humala ha dado luz verde recientemente a la expansión del Proyecto Camisea, la ampliación del mayor gaseoducto de la Amazonia peruana, que se adentra en las tierras pertenecientes a indígenas aislados. Aquí se encuentra la Reserva Nahua-Nanti, dentro del Parque Nacional de Manu, una de las áreas teóricamente más protegidas del mundo, con una diversidad biológica superior a la de cualquier otro lugar de la Tierra.

Varios pueblos indígenas no contactados viven en esta reserva, especialmente creada para protegerlos. Entre ellos, los Nahua, los Nanti, los Matsigenka y los Mashco-piro. Todos ellos, como el resto de tribus aisladas, dependen de la selva para su supervivencia. El Proyecto Camisea implica llevar a cabo pruebas sísmicas en la selva, con la detonación de miles de cargas explosivas, la perforación de una veintena de pozos exploratorios y la entrada de cientos de trabajadores a la Reserva Nahua-Nanti, ubicada a solo 100 kilómetros de Machu Picchu.

Ya a comienzos de los años ochenta, la multinacional Shell realizó exploraciones petrolíferas en la zona que resultaron devastadoras para otro pueblo aislado, los Nahua. Se produjeron epidemias, neumonías y una tremenda escasez de alimentos. Se estima que casi un 60% del pueblo murió. «Muchas, muchas personas murieron. La gente moría por todas partes, como les ocurre a los peces después de envenenar el río. Dejaron que la gente se pudriera por las riberas del río, en la selva y en sus casas. ¡Esa terrible enfermedad!», recuerda Tomás, un hombre nahua. Lo mismo pasó con los Murunahua, a mediados de los noventa, tras ser contactados por la fuerza por madereros ilegales que buscaban caoba.

Unas veces se defienden con flechas y otras se ocultan en la selva.

El Gobierno peruano no está respetando el derecho internacional y tampoco lo hacen las empresas que invaden las tierras indígenas. La prospección petrolera es especialmente peligrosa para estas tribus, porque abre además zonas antes remotas a madereros y colonos.

BRASIL

En la Amazonía brasileña viven gran parte de los pueblos no contactados del mundo. En este aislamiento voluntario se ve la huella de desastrosos encuentros del pasado, pero también la actual invasión y destrucción de sus tierras. Unas veces se han defendido de los contactos con flechas; en otras ocasiones han huido, ocultándose en la profundidad de la selva.

Desde 1987, la FUNAI (Fundación Nacional del Indio) dispone de un departamento dedicado a los indígenas aislados. Su actividad trata de demarcar y proteger sus tierras de los invasores, con puestos de protección. Su política propugna no entrar nunca en contacto si no es en caso de que su supervivencia esté en peligro.

PISTOLAS CONTRA ARCOS Y FLECHAS

Los Awá son la tribu más amenazada de la Tierra y uno de los pocos pueblos indígenas de cazadores-recolectores nómadas que quedan en Brasil. Pueden construir una casa en unas horas y abandonarla después. Son aproximadamente unos 450 individuos, de los que un centenar rechazan el contacto con el mundo exterior. Más del 30% de su territorio ha sido destruido por madereros ilegales y ganaderos, y corren un serio peligro de extinción. Viven en las selvas devastadas de la Amazonia oriental. Actualmente se encuentran acorralados por gigantescos proyectos agroindustriales, ranchos de ganado, asentamientos de colonos y madereros ilegales, en una lucha desigual de pistolas contra arcos y flechas.

Después de una intensa campaña de Survival International para dar a conocer la desesperada situación de este pueblo (con la participación de personajes conocidos como los actores Colin Firth y Belén Rueda, o el fotógrafo brasileño Sebastião Salgado), el Gobierno de Brasil ha enviado a la zona, hace un mes, a soldados, trabajadores de FUNAI, agentes especiales del Ministerio de Medio Ambiente y agentes de Policía para notificar y expulsar del territorio indígena de los Awá a colonos, terratenientes ganaderos y madereros ilegales, muchos de ellos fuertemente armados. El director de Survival, Stephen Corry, declaró: «Esta es una ocasión potencial y crucial para salvar las vidas de los Awá. Sus miles de simpatizantes repartidos por todo el mundo pueden estar orgullosos del cambio al que han contribuido. Pero todas las miradas están puestas ahora en Brasil, para asegurarse de que completa la operación antes del comienzo de la Copa Mundial de la FIFA en junio y protege la tierra de los Awá de una vez por todas».

LA GENTE MARIPOSA

Otros pequeños grupos de no contactados viven sobre todo en los Estados de Rondonia, Mato Grosso, Marañón y Acre; estos últimos son, probablemente, los sobrevivientes de la fiebre del caucho del siglo XIX, que supuso el exterminio y la esclavización de miles de indígenas cuyos recuerdos pueden estar todavía muy vivos.

Los Piripkura (o gente mariposa, como los llaman sus vecinos por su manera constante de moverse por la selva) viven en Mato Grosso y también han sido masacrados por los blancos. Los Kawahiva del río Pardo, también en el Mato Grosso, eran un grupo de 50 individuos hace unos años, según la FUNAI, aunque hoy pueden ser muchos menos. Como su tierra aún no ha sido protegida, su supervivencia está en peligro. Se cree que han dejado de tener hijos y de cultivar, porque están constantemente huyendo de los madereros.

LOS CINCO ÚLTIMOS

Los Akuntsu son un pueblo que habita en el estado de Rondonia y del que solo quedan cinco individuos. Hoy ocupan una pequeña parcela de bosque reconocida por el Gobierno brasileño, rodeada de plantaciones de soja y haciendas de ganado. La construcción de una gran carretera en los años setenta, la BR-364, trajo consigo oleadas de ganaderos, madereros, especuladores de tierra y colonos que ocuparon el estado.

Los lingüistas trabajan ahora con los Akuntsu para registrar y entender su idioma, con la esperanza de que un día puedan contar su historia al resto del mundo. A menos que decidan unirse a algún otro grupo indígena, lo que parece poco probable, este pequeño pueblo desaparecerá de la Tierra para siempre en no mucho tiempo, y se completará así el genocidio de los Akuntsu.

PARAGUAY

Los Ayoreo-Ttoblegosode viven en el Chaco paraguayo. Son un pueblo nómada de cazadores-recolectores que habitó antaño una extensa región de bosque bajo y cuyo territorio ha ido siendo adquirido por terratenientes y especuladores para talar el bosque de madera valiosa y así poder introducir ganado. Un estudio de la Universidad de Maryland ha desvelado que el bosque del Chaco paraguayo, último refugio para los indígenas Ayoreo no contactados, registra la tasa más elevada de deforestación del mundo.

El Gobierno paraguayo ha otorgado dos licencias para deforestar su tierra –a pesar de estar dentro de una reserva de la biosfera de la UNESCO– a dos empresas, una brasileña (Yaguareté Pora S.A.) y otra española (Carlos Casado S.A.). Los Ayoreo han protegido su bosque durante miles de años y dependen de él para su supervivencia. Ahora viven en una huida constante de las excavadoras.

OCÉANO ÍNDICO

No se sabe cuántas tribus no contactadas puede haber en el oeste de la isla de Nueva Guinea, en Papúa (Indonesia). Se ha contactado con algunas en los últimos cuarenta años, pero otras muchas se mantienen voluntariamente aisladas en sus remotos bosques selváticos de difícil acceso. Tanto organizaciones pro derechos humanos como periodistas tienen el acceso prohibido a estas tierras, por lo que las posibilidades de investigación son escasas.

100,000 ASESINADOS

El oeste de la gran isla de Nueva Guinea pertenece a Indonesia desde el año 1963 y, lamentablemente, padece un racismo endémico hacia las tribus indígenas (sobre todo respecto a los que viven aislados). Desde la ocupación, se calcula que unos 100,000 indígenas han sido asesinados por el Ejército indonesio, profundamente racista, que piensa que los indígenas son primitivos y viven en la Edad de Piedra, sin valorar el conocimiento privilegiado que tienen de su entorno y, particularmente, de plantas y animales.

Se cree que las tribus de los Jarawa, los Onge, los Granandamaneses y los Sentineleses llevan viviendo en el océano Índico desde hace 55,000 años. Los Onge y los Grandamaneses fueron diezmados por la colonización británica en el siglo XIX y apenas quedan un centenar entre ambas tribus.

DIVIDIDOS EN DOS

Los Jarawa son recolectores cazadores y pescan con arcos y flechas en los arrecifes coralinos. Su situación se vuelve cada día más precaria, pues sus tierras están divididas en dos por una carretera que construyó la administración de las islas. Aunque siguen viviendo aislados, hay un flujo constante de autobuses de colonos, cazadores furtivos que entran en la selva tropical donde está su reserva y en muchas ocasiones tratan de abusar sexualmente de las mujeres y robar la caza que la tribu necesita para vivir. Además están los turistas, que los tratan como animales de safari.

Tras una larga batalla, el Tribunal Supremo de la India ordenó al Gobierno local cerrar la carretera, decretando que su construcción había sido ilegal y ponía en peligro la vida de los Jarawa. Pero el Gobierno de las islas ha desafiado al tribunal y mantiene la carretera abierta.

LOS MÁS AISLADOS (Y HOSTILES)

Los Sentineleses son el pueblo más aislado del planeta. Viven en una pequeña isla, Sentinel del Norte (en la India), y nunca han sido contactados, aunque sí fotografiados desde el mar y el aire. Se cree que descienden de los primeros pueblos que salieron de África y probablemente llevan viviendo en la islas Andamán desde hace unos 60,000 años. Incluso su lengua es diferente a la de los otros isleños de Andamán, por lo que se supone que han tenido poco contacto con otros pueblos por miles de años. Prácticamente todos los contactos que se han intentado han sido recibidos con grandes dosis de hostilidad por parte de los isleños.

La isla Sentinel del Norte no solo está defendida por sus guerreros, sino también por imponentes mares y un casi ininterrumpido anillo de traicioneros arrecifes de coral que la hacen inaccesible por mar durante gran parte del año. La isla estuvo en el trayecto índico del tsunami el 26 de diciembre de 2004. El epicentro estaba muy cerca, en Indonesia. Algunos arrecifes se hundieron y otros fueron elevados, cambiando la fisonomía de la isla, su ecosistema y los recursos de pesca. Tres días después del desastre, un helicóptero sobrevoló el terreno en busca de supervivientes. Fue recibido por los guerreros sentineleses con flechas y piedras. Los conocimientos ancestrales de estos isleños sobre los movimientos del océano pudieron salvarles la vida. Habían sobrevivido al desastre y solo querían que los dejaran en paz. Hasta hoy lo han conseguido.

EPÍLOGO

Quisiera finalizar este post reseñando las palabras que Mario Vargas Llosa puso en boca de Saúl “Mascarita” Zuratas, entrañable y disruptor personaje de la novela (¿de anticipación?) “El Hablador”:

«No, no soy un indigenista a la manera de esos de los años treinta. Ellos querían restablecer el Tahuantinsuyo y yo sé muy bien que para los descendientes de los Incas no hay vuelta atrás. A ellos sólo les queda integrarse. Que esa occidentalización, que se quedó a medias, se acelere, y cuanto más rápido acabe, mejor. Para ellos, ahora, es el mal menor.Ya ves, no soy un utópico. En la Amazonía, sin embargo, es distinto. No se ha producido todavía el gran trauma que convirtió a los Incas en un pueblo de sonámbulos y de vasallos. Los hemos golpeado mucho, pero no están vencidos. Ahora ya sabemos la atrocidad que significa eso de llevar el progreso, de querer modernizar a un pueblo primitivo. Simplemente, acaba con él. No cometamos ese crimen. Dejémoslos con sus flechas, plumas y taparrabos. Cuando te acercas a ellos y los observas, con respeto, con un poco de simpatía, te das cuenta que no es justo llamarlos bárbaros ni atrasados. Para el medio en que están, para las circunstancias en que viven, su cultura es suficiente. Y, además, tienen un conocimiento profundo y sutil de cosas que nosotros hemos olvidado. La relación del hombre y la naturaleza, por ejemplo. El hombre y el árbol, el hombre y el pájaro, el hombre y el río, el hombre y la tierra, el hombre y el cielo. El hombre y Dios, también. Esa armonía que existe entre ellos y esas cosas nosotros ni sabemos lo que es, pues la hemos roto para siempre».

Fuente: 20minutos